“Hasta ahora pienso que estoy soñando”, dice. Cumplir 90 años lo sorprende más de lo que lo asusta. “Es increíble. Creo que mi mente me da fuerza para seguir viviendo. Trato de no estresarme, porque la preocupación envejece y, al final, preocuparse no soluciona nada”.
Primero, músico
Mucho antes de que el mundo lo conociera como Melcochita, estuvo Pablo, un niño que creció entre el trabajo y la música. A los seis años ya cantaba con un pequeño conjunto en la Plaza de Armas. Aprendió temprano a ganarse la vida y encontró en la música una vocación que ya no lo abandonaría.
“Mi papá era sastre y mi mamá vendía en el mercado. Éramos pobres, pero felices recuerda. Su primer instrumento fue el güiro. Después llegaron la guitarra, que aprendió a tocar con su madre, la tumba, la percusión y la batería.
Nombre propio
La popularidad apareció mucho después. Tenía 37 años cuando Augusto Ferrando descubrió que aquel músico poseía también una facilidad natural para hacer reír. Así comenzó una segunda carrera y nació, además, el apodo que terminaría desplazando a su verdadero nombre.
“Empecé de veterano. Era como un talento escondido”, cuenta. Fue Augusto Ferrando quien lo bautizó como Melcochita después de verlo “endulzar” al público en una de sus primeras apariciones televisivas. “La melcocha es dulce. Me quedé con esa chapa y Pablo Villanueva ya no existe. Solo algunos amigos del barrio todavía me dicen Pablo”, aclara.
Volver a empezar
Cuando viajó a Estados Unidos descubrió que la fama no siempre cruza fronteras. En el Perú ya era conocido; allá, en cambio, encontró puertas cerradas y tuvo que empezar de nuevo.
“Era popular, pero local. Allá no. A veces dormía en la estación del tren”, recuerda. Su hermana Lita Branda lo llevó a Estados Unidos por un trabajo, pero él tuvo que buscar una oportunidad desde abajo. “Rogaba para cantar. Hasta que uno falló y entré a cantar con el cubano Roberto Torres. Desde ahí empecé a hacer coros a los grandes soneros. Una vez, José Mangual me dijo: ‘Tu voz está buena para sonero’”. Y, desde entonces, todo cambió”.
Comenzó a compartir escenario con quienes antes habían sido sus referentes musicales. Uno de ellos fue Willie Colón. Alguna vez le preguntó si realmente tenía condiciones para la salsa y el músico le respondió con una frase que todavía recuerda: “Eso no se estudia ni en la universidad. Con eso se nace”.

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