A las 9:15 p. m., cuando Ricky Martin apareció en el escenario de Costa 21, la llovizna ya caía sobre Lima. Nadie se movió ni buscó refugio. Bastó un “¡Hola, Lima!” y los primeros acordes de “Pégate” para que el frío dejara de importar.
La segunda canción fue “María” y ahí se acabó cualquier intento de guardar compostura. El público cantó, bailó y gritó como si el tema acabara de estrenarse. Ricky recorría el escenario con la misma seguridad con la que lo hizo durante décadas, sonriendo, provocando, midiendo cada reacción. Y funcionaba.
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Porque basta que Ricky Martin aparezca sobre un escenario para que algo extraño ocurra con el tiempo. Una vuelve a las canciones que bailó sin pudor, a los amores que creyó eternos, y “Vuelve” parecía escrita exactamente para ese corazón que alguien había dejado roto.
Esa noche, además, Lima puso lo suyo. Miles de personas cantaban una canción sobre pedirle a alguien que regrese. Algunas abrazaban a quien tenían al lado. Otras levantaban el celular. Y quizá más de una recordó a alguien que ya no iba a volver.
‘El Rey del pop latino’ sonrió. Bailó. Movió las caderas como si las décadas fueran apenas un dato en el calendario. Y una entendió que tampoco había venido únicamente a cantar. Había venido a recordarnos todo eso.

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