Lima crece bajo dos premisas erróneas: como si fuera una ciudad plana y como si el agua no existiera. Un desierto donde nunca llueve. Esa idea pudo haber funcionado en una ciudad más pequeña, menos asfaltada y menos poblada. Ahora es una premisa cómoda para reducir costos de infraestructura y se ha convertido en una vulnerabilidad estructural.
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