Durante años, “Jhonsson Pulpo” convirtió la fuga en un oficio: cambió de identidad, cruzó fronteras, alteró su apariencia y hasta fingió su muerte. Pero el 1 de septiembre, en un departamento de La Paz, dejó de mirar las salidas. Cuando tocaron la puerta y dijeron ser Migraciones, entendió que venían por él. No opuso resistencia. Detrás de esa escena había meses de seguimiento silencioso: familiares, desplazamientos, hospedajes, un colaborador y pequeñas señales que terminaron formando una ruta hasta Bolivia. La inteligencia policial había llenado el vaso gota a gota.
La escena final duró apenas unos minutos. Jhonsson Smit Cruz Torres, alias “Jhonsson Pulpo”, estaba en un departamento de La Paz cuando tocaron la puerta. Le dijeron que eran de Migraciones. No lo eran. Eran los policías que habían cerrado el círculo.
El fugitivo entendió que habían llegado por él. Esta vez no hubo carrera ni resistencia. Tampoco pudo poner en práctica una de las reglas que, según los investigadores, había seguido durante años: revisar las salidas y calcular los riesgos.
Su propia explicación fue breve: exceso de confianza. Había cometido, finalmente, un error elemental: dejó de mirar. La captura del 1 de septiembre puso fin a una persecución que atravesó fronteras.
Bolivia lo expulsó y lo entregó a la Policía peruana en Desaguadero. Sobre él pesaba una recompensa de S/500 mil. La operación fue coordinada entre autoridades peruanas y bolivianas. Pero la fotografía del detenido no cuenta la historia completa. La verdadera historia está en lo que ocurrió antes.
LA GOTA QUE LLENÓ EL VASO
En el equipo que siguió al “Pulpo” repiten una idea: no hubo “champazo”. La investigación avanzó acumulando piezas que, tomadas por separado, parecían pequeñas. Juntas, comenzaron a dibujar una ruta.
Una de las piezas fue Gabriel Alexander Mendocilla Gómez. Su nombre apareció asociado a desplazamientos que llamaron la atención de los investigadores. Viajaba con frecuencia hacia Juliaca y, según fuentes policiales, solicitaba hospedaje para dos personas en distintos establecimientos.
Solo durante 2026, la Policía contabilizó más de una decena de alojamientos vinculados a esos movimientos. Cada viaje podía ser contrastado con otros desplazamientos. Cada reserva adquiría un nuevo significado cuando aparecía junto a otra. El trabajo consistió en comparar.
Esa palabra aparece en la explicación del coronel Edy Benites Sandoval, jefe del EESCCOTT. La inteligencia, sostiene, empieza a ser útil cuando las piezas se cruzan y permiten entender qué hay detrás de cada dato. El vaso no se llenó de golpe. Fue una gota detrás de otra. Había, además, una debilidad que los investigadores observaron con especial atención: la familia.
Según fuentes policiales, Jhonsson habría ingresado al Perú a mediados de agosto para participar de la celebración por el cumpleaños de su madre en Arequipa. Parte de su familia se habría desplazado desde Trujillo hacia esa ciudad durante varios días. Para un hombre que llevaba años huyendo, la familia podía ser refugio y riesgo.
“Un hombre puede cambiar de nombre, ciudad o incluso rostro, pero resulta más difícil desaparecer de las personas con las que mantiene una relación permanente”, señala Benites.
Diez hospedajes en Juliaca ayudaron a seguir los movimientos del entorno familiar ya.
Por eso el entorno familiar adquirió importancia en el seguimiento. La ironía es evidente: “Jhonsson había dedicado años a borrar sus huellas, pero terminó dejando una de las más importantes a través de aquello que nunca quiso abandonar. Su familia”, precisa.
EL ALIAS Y SUS CAMBIOS
Después de su captura, Jhonsson entregó información que sorprendió a los investigadores. Él contó que había culminado sus estudios secundarios de manera virtual y, mientras permanecía en la clandestinidad, había seguido cursos vinculados con psicología forense. Además, la oficial que estuvo detrás de meses de seguimiento narró que también habló de su padre.
Jhon Cruz Arce, uno de los fundadores de “Los Pulpos”, permaneció recluido en Ancón I. Desde allí, según el relato recogido por los investigadores, lo llamaba para intentar ponerlo en orden y evitar que terminara involucrado en el mundo delincuencial. Años más tarde, esa relación cambió cuando su padre fue trasladado a Challapalca. Jhonsson, hijo de uno de los fundadores de “Los Pulpos”, terminó ocupando un lugar central en la organización. Años después, convertido en uno de los hombres más buscados del país, su vida transcurría entre identidades, desplazamientos y comunicaciones cuidadosamente escogidas. Hasta que la inteligencia encontró una grieta.
27 policías integran Scott, seleccionados con entrevistas y polígrafo en EE.UU. ahora.
Jhonsson había aprendido que una identidad podía ser reemplazada por otra. Perú, Chile, Argentina y Bolivia aparecieron en distintos momentos asociados a su clandestinidad. En 2020 llegó incluso a fingir su muerte mediante un acta de defunción falsa. También recurrió a modificaciones en su apariencia. Las autoridades bolivianas informaron que presentaba cambios visibles en el rostro, las orejas, los pómulos y las cejas.
Una identidad falsa, sin embargo, no borra las conexiones. Un rostro diferente tampoco elimina una red de contactos. Y cambiar de país no significa desaparecer de los sistemas de información que las policías pueden compartir. Esa es precisamente la lógica que EESSCCOTT busca explotar.
SCOTT Y SUS CAPTURAS
El Equipo Especial Sensitivo contra el Crimen Organizado Transnacional —EESCCOTT, conocido operativamente como “Scott”— está al mando del coronel Edy Benites Sandoval. No es una unidad del FBI (Oficina Federal de Investigación). Es una unidad de la Policía peruana que trabaja directamente con esa agencia estadounidense y recibe cooperación en inteligencia, tecnología y formación. Está conformado por 27 policías seleccionados mediante entrevistas y pruebas de polígrafo realizadas con especialistas estadounidenses. La mayoría procede de unidades que ya habían trabajado investigaciones de crimen organizado. La apuesta es seguir las conexiones que permiten anticipar dónde está un objetivo y qué red lo sostiene. El FBI aporta información e inteligencia; el trabajo peruano consiste en procesarla, contrastarla, identificar patrones y convertirla en investigación.
Antes del “Pulpo”, estuvieron “Chacal”, “Nairobi” y “R15”. “Chacal”, vinculado al “Tren de Aragua”, fue ubicado en Cieneguilla después de que información obtenida de un teléfono incautado ayudara a cruzar datos sobre su identidad y ubicación. “Nairobi” mostró otra vulnerabilidad: la frontera.
Jhonsson entendió que venían por él al oír que eran Migraciones. No opuso resistencia.
La investigación siguió el rastro hasta Colombia. “R15”, requerido por autoridades chilenas, también habría intentado esconderse detrás de una identidad falsa. El intercambio de información terminó exponiendo esa fachada.
Con Jhonsson ocurrió algo distinto. No fue solamente una identidad, un teléfono o una frontera. Fue la combinación de movimientos, personas y comunicaciones. Cuatro casos. Cuatro grietas. Y una misma conclusión: el crimen organizado puede cruzar fronteras, pero también deja huellas en cada territorio por el que pasa.
LA NUEVA GEOGRAFÍA DEL CRIMEN
Ese es el desafío que ahora observa EESCCOTT. El “Tren de Aragua”, “Los Pulpos”, “Los Lobos”, “Los Choneros” y otras redes criminales ya no pueden ser analizadas exclusivamente desde una ciudad o un país.
Según la evaluación entregada por Benites, algunos mandos del “Tren de Aragua” en la región estarían recibiendo instrucciones para desplazarse hacia otros lugares con el objetivo de evitar ser capturados. En esa lectura aparece Giovanni Vicente Mosquera Serrano, alias “El Viejo”, como una de las figuras que concentra peso dentro de la reorganización del “Tren de Aragua” después de la caída del “Niño Guerrero”. Fuentes internacionales lo han señalado como uno de los posibles sucesores del fallecido líder.
Una captura puede sacar a un hombre del tablero. La inteligencia intenta saber quién mueve las piezas después.
Jhonsson cayó. Pero la historia de “Los Pulpos” no terminó en La Paz. El siguiente nombre que aparece en el radar policial es Jolín Bazán Valderrama, alias “Jolín”. Según fuentes policiales, Bazán habría sido durante un periodo cercano a Jhonsson, hasta que las diferencias por el reparto de cobros y rescates provocaron el distanciamiento.
Cualquier versión sobre una supuesta entrega de información por parte de Bazán debe ser tratada como tal y no como un hecho judicial probado. Lo que sí está documentado es que Bazán fue condenado a cadena perpetua por el secuestro agravado y asesinato del empresario Manuel Rodríguez Cruzado, ocurrido en 2022.
El Ministerio Público confirmó la condena contra Bazán y otros implicados. Permanece prófugo. Y ahora, mientras Jhonsson enfrenta los procesos que tiene pendientes en el Perú, Scott mira hacia el siguiente objetivo. No se trata solamente de capturar nombres.
La apuesta es seguir las relaciones: quién se desplaza, quién financia, quién protege y quién reemplaza al que cae. Una reserva. Un viaje. Un familiar. Una comunicación. Un nombre que aparece otra vez. Una frontera. La inteligencia fue juntando las piezas hasta que el mapa dejó de ser una colección de puntos.
En La Paz, el mapa terminó señalando una puerta. Jhonsson abrió. Y esta vez, al otro lado, estaba la Policía. “El Pulpo” dejó de moverse. La red, en cambio, sigue viva. (Edgar Mandujano).
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