Después de quince años de manejo mediocre, institucionalidad rota, una pseudoizquierda manipulada por intereses subalternos y una derecha sometida, esperábamos un golpe de claridad y distancia frente a esa historia. Todavía no llega.
Puestos en la balanza Ricardo Belmont, Rafael López Aliaga y Roberto Sánchez, Keiko Fujimori no era la mejor opción: era la única. El país votó y acertó.
Un mes después, la presidenta exhibe cercanía, disciplina y un buen manejo de imagen en redes sociales que ya quisieran otros. Tiene oficio para lo grande, así que no debería descuidar lo pequeño: esas tres tuercas flojas del gabinete.
Rafael Belaúnde aterrizó en Defensa sin experiencia en el sector. En su primer acto, realizado en Trujillo, terminó explicando un operativo policial —algo ajeno a sus funciones— y dejando en evidencia su incapacidad. Hizo el ridículo anunciando capturas y cubriendo la ausencia del ministro del Interior. Defensa exige conocimiento, mando, criterio y silencio oportuno. Belaúnde ha demostrado no tener ninguno. Mal augurio.
La segunda tuerca es Carlos Espá. No ser diplomático de carrera no es un problema. El problema es que Espá no tiene una trayectoria que explique su nombramiento: quince años como empleado administrativo de la Embajada de Estados Unidos —algo que le resta idoneidad— y un paso fugaz por el periodismo no bastan para tamaña responsabilidad.
Es sabido que no sale de su oficina sin maquillarse, pero eso es lo de menos. Lo grave sería comenzar la gestión maquillando las prioridades del país. Para muestra, dos botones: la curiosa ruptura con Irán y la noticia, que Espá no desmiente, de que estaría promoviendo a su amigo Álvaro Vargas como embajador en Estados Unidos.
Vargas es un antifujimorista acérrimo, defensor de Humala, de PPK y del delincuente de Vizcarra. Incluso justificó la disolución del Congreso, dizque “para preservar la República”. Ya en 2021 calificó a Keiko como “el mal menor”. Hoy, avizorando la decadencia de sus amigos de izquierda, a quienes apoyó sin vergüenza, aparece el caradura amigo del canciller, mágicamente convertido y santificado.
La tercera tuerca es Alberto Beingolea: abogado, profesor y conocido periodista deportivo. Todo ello, en su rubro, respetable. Pero entre conducir Goles en Acción y dirigir la cultura del país hay más distancia que entre la tribuna norte y la sur.
La cultura no se administra narrando el patrimonio como si fuera un partido de fútbol. El arte, la arqueología y la historia exigen méritos reconocidos para poder administrarlos. Beingolea no los tiene.
No imaginamos a “Tigrillo” Navarro dirigiendo el hospital Almenara como tampoco imaginábamos a otro buen comentarista deportivo al frente del inmenso patrimonio cultural del Perú. Y aquí estamos.
Keiko Fujimori tiene capacidad y tiempo de sobra. Ojalá use ambas cosas para apretar esas tres tuercas antes de que terminen soltando algo más que tornillos.
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