¿Por qué pegó tanto la banda Los Prisioneros en Perú? Esta es la inquietud que ha llevado al experimentado periodista chileno Alejandro Tapia a escribir "No necesitamos banderas". Sin duda, más de uno se sentirá identificado con esta historia.
1991. Año de la consolidación. Concierto en el colegio San Agustín, en la gira Corazones. Foto: Archivo LR.
Gabriel Ruiz OrtegaEscucharResumenCompartirEl periodista chileno Alejandro Tapia estuvo en Lima y presentó No necesitamos banderas. Los prisioneros en Perú (Borrador). Un libro como este despierta emociones. La música de Jorge González, Miguel Tapia y Claudio Narea ingresó a Perú en una época identificada con el desaliento de una generación. Luego, consolidó su referencialidad en los 90 al sumar un nuevo público. Los Prisioneros es de esos grupos con los que cada persona tiene una historia muy personal. La República conversó con Alejandro Tapia.
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-Si bien No necesitamos banderas aborda la presencia de Los Prisioneros en Perú, hay que subrayar que el libro destaca la música como tal de la banda.
-Absolutamente. Algo especial que explica parte importante de su éxito y fenómeno es que ellos tienen una música que es absolutamente bailable y, por otro lado, sus letras son no solamente contestatarias y reflexivas, rebeldes, sino que también apelan a sentimientos más vivenciales y profundos, más sentimentales, si se quiere decir. Todo esto es una bomba nuclear, dinamita.
-Los Prisioneros hicieron varias visitas a Perú. Su concierto en Acho en 1987 fue histórico, pero ¿es la visita de 1991 la que hizo que terminara conectando con el público peruano?
-Sí, coincido con esa percepción. No olvidemos que Perú fue el único país que Los Prisioneros visitaron en todas sus etapas, incluida la etapa de Los Dioses del 98, el conjunto que tenían Jorge González y Miguel Tapia. Solo visitaron Perú con Los Dioses, y en el resto de las visitas con Pateando Piedras, Corazones y el reencuentro. No hay ningún otro país de América Latina que ellos hayan visitado en todas las etapas del grupo. Cuando vinieron por primera vez a Lima, “El baile de los que sobran” estaba en el número uno del ranking radial de Lima Airplay. Pero la consagración vino con la gira de Corazones del año 91. Ese año viajaron en dos ocasiones a Perú, en junio y en noviembre, pero su visita no solo se acota a Lima; también van a Arequipa y Tacna. Fue un fenómeno más a nivel país que solo Lima.
-A diferencia de la primera visita, ya no eran tan subtes, ¿no?
-Para el 91 la audiencia de Los Prisioneros había aumentado considerablemente; por ejemplo, había más escolares que seguían al grupo. Eran estudiantes de secundaria. Fuera del hotel donde se hospedaron, hubo mucho fervor. Parecían los Beatles visitando Estados Unidos. Otra virtud del grupo es que iban sumando generaciones. Es, pues, una banda multigeneracional.

Alejandro Tapia es periodista y docente. Cuenta con más de 20 años de experiencia cubriendo temas de política internacional. Foto: Difusión.
-Aparte de lo bailable, sus letras suscitaban resonancias.
-En Chile se apropiaron de sus letras y le dieron una interpretación más bien política, social, ligada al momento que vivía Chile, que era la dictadura de Pinochet. Y en Perú, las letras, sobre todo las de Pateando Piedras, también los jóvenes le dieron su propia interpretación, que no tenía, obviamente, que ver con Pinochet, sino que las asociaban al momento político-social que vivía Perú en ese momento. Alto desempleo, inflación y el terrorismo de Sendero Luminoso. Por eso yo planteo que las letras de Jorge González no remiten a la realidad chilena, sino a la realidad latinoamericana e incluso tienen un carácter universal. Sus letras tenían mucho sentido para un joven chileno y también para un joven peruano. “Muevan las industrias” en medio de la paralización de la economía peruana tiene mucho sentido.
-O “El baile de los que sobran”.
-Así es. Es la canción del desencanto, del desempleo.
-Los Prisioneros la rompieron, pero no en todos los mercados. Cuando aparecieron, había igualmente otras bandas que la estaban rompiendo. ¿Crees que hubo una conspiración para que no tengan un alcance más continental?
-En Chile, por supuesto que sí. En Perú, no lo tengo muy claro. Yo diría que no. En ese momento, en Chile se privilegiaba a los grupos argentinos. Era la etapa de Pateando piedras. La gente amaba a Los Prisioneros, pero no sonaban en las radios, no salían en la televisión, tampoco en las tapas de las revistas y los periódicos. Había un veto invisible, no explícito. Eso explica la tensión, lo que los propios Prisioneros decían de GIT y Soda Stereo. Después, el veto fue más explícito cuando ellos publican a finales de 1987 La cultura de la basura. Al año siguiente, el régimen de Pinochet les cierra, digamos, las puertas de los gimnasios y los estadios para que ellos no se puedan presentar. Todo esto se da en el año de nuestro plebiscito contra Pinochet. Yo creo que Los Prisioneros siempre navegaron en aguas muy agitadas. Si esto fuera un partido de fútbol, Los Prisioneros es el equipo que mete gol en el minuto 90 del partido.

"No necesitamos banderas. Los Prisioneros en Perú" (Borrador Editores). Imagen: Difusión.
-No deja de ser meritorio.
-Ellos siempre tuvieron una propuesta de sonido, una propuesta muy original. Además, tenían pocos recursos si lo comparamos con las bandas brasileñas, españolas y argentinas. Cuando fueron a Acho, usaron teclados recién comprados; los trajeron en las mismas cajas de las marcas, que eran las más baratas, y no en estuches para teclados. Bajo esa condición precaria, hicieron una música muy original.
-Dijiste hace un rato que la banda es multigeneracional. En este sentido, ¿cuán importante fue el álbum Corazones?
-Corazones, es muy relevante. Es un álbum emotivo, vivencial, con canciones como “Tren al sur”, “Amiga mía” y “Estrechez de corazón”. Sus canciones reflejaban los problemas cotidianos que tiene cualquier persona. No todo era protesta o desempleo en sus letras; en ellas también había lugar para los problemas amorosos y de pareja. Ese es un álbum muy importante para la generación de los peruanos de los 90.
-La banda era polémica, pero nunca fue posera.
-La mejor muestra es la entrevista en televisión con Jaime Bayly en noviembre de 1991. Ellos eran honestos y transparentes. Nunca tuvieron pelos en la lengua y siempre dijeron lo que quisieron decir. Al final del día, el público premia al artista que no tenga poses. En la entrevista con Bayly fueron más irónicos, más ácidos.
-Pero también se mostraron introvertidos en esa dinámica.
-Es que eran introvertidos, pero decían lo que pensaban. En esa entrevista, uno de los asistentes les colocó unas pastillas para adelgazar en la cerveza y eso hizo que se desmadrara la cosa. Se nota que no están mintiendo; hasta le toman el pelo a Bayly. Yo creo que tras esa entrevista muchos adolescentes peruanos se identificaron con Los prisioneros. Vieron a personas genuinas.
-Jorge González y Claudio Narea tuvieron un serio problema. Narea salió de la banda en 1990 y luego tuvieron un reencuentro en 2001. ¿Qué lleva a que dos personas vuelvan a trabajar tras una pelea irreconciliable?
-La necesidad de hacer música. Ellos siempre quisieron hacer álbumes que sonaran diferentes, no querían repetirse; era el hambre que tenían de comerse al mundo; esa ambición superaba con creces cualquier crisis interna. Por ejemplo, ellos usaron computadores y sintetizadores: no hay registro de alguna banda sudamericana que haya usado computadores. Era una banda en la que se mezclaban muchos géneros; había synth pop, new wave, punk rock y rock pop. Era una banda de protesta, pero es su música la que hace que sigan teniendo actualidad. Claro, ellos vivieron los excesos de la fama, pero siempre tuvieron los pies en la tierra y, como dice la canción, nunca les importó quedar mal con nadie. Arrasaron con lo que debían arrasar. En Perú, Los Prisioneros fueron un tsunami.
…
Dato:
El libro. La publicación estuvo a cargo de Borrador Editores. Disponible en librerías y plataformas. Precio: S/ 95.
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