El Perú ha roto relaciones diplomáticas con Irán cuando podía expresar una condena firme sin cerrar los canales de diálogo. Es una medida excesiva, además de selectiva. La Unión Europea, aun imponiendo sanciones a Teherán, mantiene abiertos los canales diplomáticos. El Perú ha escogido una respuesta extrema que no forma parte de una posición occidental ni latinoamericana común. Si la escalada bélica y la violación del derecho internacional justifican una ruptura, el mismo criterio tendría que aplicarse a Rusia por Ucrania, a Israel por Gaza y a Estados Unidos por sus acciones militares contra Irán. Condenar no significa romper. La diplomacia existe para conservar la interlocución durante los conflictos, buscar salidas negociadas y evitar que las crisis se extiendan. Al romper relaciones, el Perú no detendrá la violencia ni contribuirá a la paz; solo reducirá su capacidad de interlocución y abandonará su neutralidad. La decisión afecta la autonomía de América Latina. Frente a la rivalidad entre Estados Unidos y China y a las guerras que amenazan con extenderse, nuestros países deben concertar posiciones comunes en este mundo de bloques. No necesitamos elegir aisladamente entre intereses ajenos. Debemos fortalecer la integración regional para defender nuestros propios intereses y hablar con una sola voz para ser escuchada. El Gobierno todavía puede corregir los rumbos. Declarar que condena toda escalada de violencia, independientemente de quién la promueve; convocar una consulta latinoamericana orientada al cese de hostilidades; y trabajar por una posición regional fundada en la paz, el derecho internacional y la negociación. Romper unilateralmente no fortalece al Perú. Lo separa de una respuesta regional y proyecta un alineamiento selectivo que debilita su independencia. La política exterior exige prudencia, proporcionalidad y coherencia. América Latina no debe sumarse a ninguna guerra: necesita su autonomía para detenerse.

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