Durante casi 100 millones de años, una gota de resina permaneció convertida en una pequeña cápsula del tiempo. Dentro quedaron atrapados unos animales de apenas unos milímetros. Se trata de los ricinúlidos, un grupo extraño de arácnidos que hoy sobrevive en ambientes tropicales, escondido entre la hojarasca y el suelo.

Ahora, cinco de esos fósiles están obligando a los científicos a mirar de otra manera la historia evolutiva del grupo.

Mario Gamarra-Cuba, del Museo de Historia Natural de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos junto con Paul Selden de la Universidad de Kansas y Xavier Delclòs de la Universidad de Barcelona, estudió cinco ejemplares conservados en ámbar de Kachin, Myanmar. La resina tiene unos 99 millones de años y preservó los cuerpos en tres dimensiones, algo especialmente valioso para estudiar animales tan pequeños.

Desenmarañando el misterio 

Los investigadores encontraron tres larvas, una ninfa y una hembra adulta. A primera vista, podían parecer simplemente diferentes edades de un mismo animal. Ese fue uno de los problemas que el estudio intentó resolver. 

Los ricinúlidos cambian bastante durante su desarrollo. Sus patas adquieren más segmentos, el abdomen se alarga y algunas estructuras de los apéndices se modifican. Para distinguir crecimiento de diferencias entre especies, los investigadores compararon los fósiles con ejemplares actuales y midieron distintas partes de sus cuerpos.

Una de las medidas fue el tamaño relativo de los pequeños tubérculos que cubren el caparazón. Estos son como diminutas protuberancias que funcionan como una textura microscópica del cuerpo. También analizaron la forma de la tibia de los pedipalpos, unos apéndices situados delante de las patas que participan en la alimentación, y contaron los pequeños dentículos presentes en sus extremos.

Los resultados sugieren que las diferencias entre los fósiles no pueden explicarse simplemente porque unos fueran jóvenes y otros adultos. El análisis estadístico encontró diferencias entre la mayoría de los ejemplares. Algunas larvas, además, tenían características particulares en sus patas que no aparecían en las otras.

Protoricinus

El estudio, publicado en Palaeoentomology propone por ello un nuevo género, llamado Protoricinus, y describe una nueva especie, Protoricinus solorzanoae en honor a la paleontóloga mexicana Mónica Solórzano-Kraemer.

Pero quizá el cambio más importante está en un animal que ya era conocido. Los investigadores sostienen que Poliochera cretacea, descrito en 2012, fue colocado en el género equivocado. Proponen trasladarlo a Protoricinus. Eso restringiría Poliochera a fósiles mucho más antiguos, del Carbonífero.

La revisión también revela algo inesperado sobre estos animales. Los ricinúlidos actuales carecen de ojos, pero Protoricinus tenía dos pares de ojos bien desarrollados. Su anatomía lo coloca en una posición temprana dentro de la historia del grupo.

El ámbar aporta además pistas sobre cómo vivían. Los fósiles y los organismos atrapados junto a ellos sugieren que estos ricinúlidos podían ocupar microhábitats relacionados con los troncos de los árboles. No estaban necesariamente limitados al suelo y la hojarasca, como ocurre con muchas especies actuales.

Durante mucho tiempo, los ricinúlidos fueron imaginados como animales discretos del suelo del bosque. Estos fósiles sugieren que sus antepasados ocupaban un escenario mucho más amplio. Se movían entre distintos niveles del bosque tropical y convivían con otras especies de su grupo. La evolución no había producido todavía el estilo de vida reservado que caracteriza a muchos de sus descendientes actuales. 

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