Dice Juan Manuel de Prada que un signo claro de la crisis de nuestro tiempo es la carencia de políticos prudentes. Casi han desaparecido. En efecto, a la civilización relativista le fascina el liderazgo de los que atacan sin cesar, de los payasos que derraman sus pasiones, de los matones que amenazan constantemente y proclaman gigantescas maldiciones profetizando el advenimiento de un mundo feliz, una sociedad utópica en la que todos nuestros problemas se resuelvan de una vez por todas, gracias a medidas cuasi-mágicas. Sí, a la sociedad relativista le gusta la imagen por encima del gobierno, la solución inmediata y fácil, el gesto para la tribuna antes que la política de Estado.

Prudencia es lo que necesitamos ante los problemas que enfrenta el gobierno. Lo primero que resalta, por supuesto, es el odio que anima a los autores de las críticas. Los mismos que se rasgan las vestiduras son los que han promovido y avalado la ineficiencia del Estado durante veinte años, al endiosar candidatos y presidentes que nos han destrozado miserablemente. Los mismos que exigen soluciones inmediatas son los que han fracasado en la conducción de la cosa pública, los que nos han endeudado, los que llenaron el gobierno de consultores, los que encarcelaron a la oposición y politizaron la justicia. Aceptar sus consejos es caminar hacia el patíbulo. Solo buscan nuestra perdición.

Sin embargo, si es prudente rectificar el error cuando el error es evidente. Y siempre hay errores evidentes. El que rectifica es prudente, el temerario cede a la soberbia y se mantiene en el error. Creo sinceramente que este gobierno se funda en el examen de conciencia de su propia historia. Por eso, abrigo la certeza de que cualquier fallo será rectificado con prudencia y celeridad.

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