Opinión
Keiko y el blindaje de Beingolea en el MinculEsto recién empieza y ya vemos más de lo mismo, con cero reformas, cuestionamientos y un Alberto Beingolea protegido por la presidenta naranja.
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26 segundos agoon
31/08/2026By
Luis Felipe Alpaca
El caso del ministro de Cultura, Alberto Beingolea, es una señal que no debería pasar desapercibida. Durante la semana se daba por hecho que su permanencia pendía de un hilo. Sin embargo, según nuestras fuentes en el último Consejo de Ministros se habló de su respaldo presidencial. Al día siguiente, la presidenta Keiko Fujimori confirmó públicamente que Beingolea continuaría en el cargo y sostuvo que el ministro ya le había explicado las contrataciones realizadas en el Ministerio y que, según esa explicación, no se incurrió en ilegalidades.
Ahí está el problema. Cuando un gobierno recién instalado enfrenta su primer escándalo, la respuesta no debería ser cerrar filas automáticamente, sino demostrar que existe voluntad real de investigar y corregir. Fujimori, en cambio, optó por respaldar a su ministro y con ello termina asumiendo el costo político de las decisiones de Beingolea.
La comparación con Dina Boluarte resulta inevitable. Aquel mandato también defendió a ministros cuestionados, entre ellos Morgan Quero y Juan José Santivañez. Y ahora el gobierno fujimorista repite la misma fórmula de proteger al ‘burbujito’ antes que despejar cualquier duda.
Primero llegó Abraham Alex Rivas Lombardi como secretario general en el Mincul. No era un desconocido para Beingolea; ambos trabajaron juntos cuando este era congresista. Después apareció Iván Pereyra Villanueva en la Jefatura del Gabinete de Asesores. Sobre él pesan cuestionamientos vinculados a los llamados «Chats Calientes», observaciones relacionadas con su paso por SENCICO y la Defensoría del Pueblo, además de su cercanía con el entorno de Dina Boluarte.
Lo más preocupante es que ninguno de estos funcionarios exhibe una trayectoria reconocida en gestión cultural.
Y mientras el Gobierno habla de transparencia, la Segunda Fiscalía Anticorrupción realizó diligencias en el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional del Perú para recabar documentos sobre la contratación de Lourdes Morales Morote y el nombramiento de su hija, Sofía Aguayo Morales, durante la gestión del comentarista deportivo.
Este es apenas el primer mes presidencial; y si esto es el comienzo, cuesta imaginar qué vendrá después con cero reformas, reciclaje de personajes cuestionados y un ministro blindado desde Palacio. Keiko Fujimori prometió un nuevo gobierno, pero por ahora, lo que vemos es un Ejecutivo que ya parece viejo antes de tiempo.
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Luis Felipe Alpaca
Luis Felipe Alpaca es egresado de la carrera de Derecho y Ciencias Políticas y estudió Periodismo en la Universidad Jaime Bausate y Meza; asimismo estudió en la Escuela de Escritura Creativa del CCPUCP, y tiene un Diplomado de Especialista en Derecho Comercial por la Escuela Superior de Negocios. Ha sido Editor de Cultura del Diario 16, y actualmente es Editor General del Grupo Editorial Lima Gris, y es conductor del programa radial Lima Gris Radio por La estación Planicie 91.5 de la FM. Como gestor cultural ha organizado y curado exposiciones de arte y eventos ligados a los derechos culturales. Asimismo es corrector de estilo, y ha escrito más de 400 artículos relacionados a cultura, actualidad y política. Como activista social ha sido miembro de la Red del Patrimonio Cultural con el afán de defender patrimonios inmateriales y materiales como el desaparecido Palais Concert, y el Complejo Arqueológico Puruchuco. Actualmente es miembro del Colectivo Antropoceno Identidad, y ha recorrido distintas regiones del país para brindar apoyo, encuentros y conferencias en universidades con temas relacionados al arte ancestral y la cultura originaria.
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Opinión
Samaniego, mi maestroLee la columna de Edwin Sarmiento
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2 horas agoon
31/08/2026By
Redacción Lima Gris
Escribe: Edwin Sarmiento (*)
Hay hombres cuya presencia no termina con la muerte. Permanece en los libros que escribieron, en las aulas donde enseñaron, pero, sobre todo, en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de escucharlos. Y yo fui uno de los afortunados en conocer y escuchar al escritor y poeta Antenor Samaniego. Fui su alumno en la universidad nacional donde estudié. Ahora sé, con más exactitud que él perteneció a esa estirpe de maestros que hicieron de la palabra una herramienta de conocimiento y de la enseñanza una manera de servir.
Hoy, domingo 30 de agosto, mi maestro habría cumplido 107 años. Ya no está con nosotros hace 43 años, pero vive en nuestra memoria, en los libros que dejó, en las enseñanzas que nos dio, en el apego a nuestras raíces andinas que nos supo inculcar a quienes tuvimos la suerte de compartir sus clases en aula, sus charlas en un café que ya no existe en la esquina de Tacna con Colmena, en Lima, en fin, de cuyos encuentros me ocuparé en algunas pequeñas crónicas que vendrán.
Ayer conocí a sus hijas Silvia y Doris Samaniego, pilares del grupo cultural y literario Asonansas, creado para mantener viva la memoria de su padre. Fue una gratísima experiencia. Valió para recordar, hasta caer la tarde, algunas de las anécdotas del escritor, conocer su biblioteca levantada en el sótano de la casa, llena de libros subrayados, empastados, gastados, en pelea desigual con el tiempo que no perdona eternidades. Allí vimos también sus óleos, sus cuadros de costumbres y paisajes andinos, porque, sabrá usted, que Samaniego nació en Sicaya, tierra de las Tunantadas, la patasca y el “yacu chupe” o sopa verde.

Antenor Samaniego llegó a convertirse en uno de los hombres de letras más laboriosos de su generación. Poeta, narrador, ensayista, crítico literario, dramaturgo y pedagogo, desarrolló una obra extensa y diversa. Dedicó alrededor de cuarenta años de su vida a la docencia. Enseñó en diversos colegios, entre ellos el José María Eguren, la Gran Unidad Escolar Bartolomé Herrera y el Colegio Militar Leoncio Prado. En este último tuvo entre sus alumnos a quien con el tiempo, habría de recibir el Premio Nobel de Literatura: Mario Vargas Llosa, tremendo honor.
Pero su vocación docente no terminó en la enseñanza secundaria. Samaniego también ejerció en instituciones de educación superior y desarrolló una importante carrera universitaria. Enseñó en San Marcos, en la Pontificia Universidad Católica del Perú y en la Universidad Nacional Federico Villarreal, donde fue catedrático principal del Departamento de Lengua y Literatura y desempeñó responsabilidades académicas y administrativas. Es cuando yo lo tuve al frente, a tres metros de distancia, por primera vez, como uno de sus alumnos deslumbrados.
En la universidad enseñó literatura, teoría literaria y otras materias relacionadas con las humanidades. Entendí que, para él, enseñar literatura no consistía simplemente en transmitir nombres, fechas y argumentos de obras. La literatura debía ayudar al estudiante a comprender al hombre, su sociedad, su historia y sus propios conflictos. Por eso, quizás, su labor de maestro estaba íntimamente ligada a su condición de escritor.

Una de las mayores contribuciones de Samaniego fue la elaboración de textos escolares de Lengua, Literatura y Castellano. Durante décadas, generaciones de estudiantes peruanos conocieron a los grandes escritores a través de sus libros y antologías. Entre sus trabajos pedagógicos estuvieron Lengua y Literatura, Historia y Literatura, Lecturas Literarias y otros textos destinados a la formación escolar. Muchos de ustedes, seguramente, los de mi generación, se formaron en algún colegio del país con los libros de Lenguaje o Literatura peruana en sus manos. En mi caso, esta experiencia comenzó a mis 12 años cuando tuve entre mis manos el libro de Lenguaje, en el colegio nacional Manuel Prado de Puquio a cientos de kilómetros al sur del país, en tierras ayacuchanas.
El maestro Samaniego no fue un escritor encerrado en una torre de marfil. Su literatura miró al Perú. Miró al hombre andino, a la Lima tradicional, al paisaje, a las costumbres, a los héroes nacionales, a la vida cotidiana y a las desigualdades sociales. En su poesía aparecen tanto el paisaje serrano como las antiguas tradiciones limeñas; en su obra se advierte también una preocupación por el destino colectivo del país. En ese sentido, su literatura y su pedagogía marcharon por un mismo camino: conocer el Perú para comprender al peruano, de cuyo valor me seguiré ocupando en otro momento
(*) Periodista, cronista.
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El silencio de Susana MatuteLee la columna de Edwin Cavello
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7 horas agoon
31/08/2026By
Edwin Cavello Limas
Hay silencios que son prudencia. Otros, en cambio, terminan pareciendo complicidad. Y cuando quien guarda silencio ocupa una posición de poder, conoce profundamente el sector cuestionado y, además, preside la comisión parlamentaria encargada de fiscalizarlo, la pregunta resulta inevitable: ¿qué está haciendo la senadora Susana Matute de la bancada del Buen Gobierno?
La senadora conoce el Ministerio de Cultura desde dentro. Ha trabajado allí durante años y actualmente se encuentra de licencia para ejercer funciones en el Congreso. No es, por tanto, una parlamentaria ajena a los problemas, procedimientos, funcionarios y relaciones que atraviesan el Mincul. Por eso resulta difícil entender su silencio frente a los hechos que vienen ocurriendo desde la llegada de Alberto Beingolea al Ministerio de Cultura.
Cuando Matute asumió la presidencia de la comisión vinculada al sector, recibió información, documentos y denuncias sobre los cuestionamientos que rodean la gestión ministerial. Se le pidió, incluso, mediante mensajes vía WhatsApp que convocara al ministro para responder por estos hechos. Lamentablemente, no hubo respuesta.



Pero hay algo todavía más revelador. El miércoles 26 de agosto, durante la Semana de Representación, Matute publicó fotografías de una reunión con Beingolea. En su mensaje habló de patrimonio, políticas culturales sostenibles, Direcciones Desconcentradas de Cultura, prevención ante el fenómeno de El Niño y posibles movimientos telúricos. También mencionó las políticas nacionales para el pueblo afroperuano y los pueblos indígenas, además de la Biblioteca Nacional y el Gran Teatro Nacional.
Una agenda extensa. Pero hay una ausencia que resulta imposible ignorar: ni una palabra sobre la depredación y amenaza que enfrentan las Líneas y Geoglifos de Nasca y Palpa. Tampoco aparece una referencia pública a los cuestionamientos que han provocado investigaciones fiscales en el propio Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional.

Entonces, la pregunta ya no es solamente por qué Matute guarda silencio. La pregunta es si puede ejercer una verdadera función de fiscalización cuando mantiene vínculos laborales y relaciones construidas durante años con el sector que ahora debe supervisar.
La comisión que preside no puede convertirse en una sala de espera donde los problemas del Ministerio de Cultura se archiven mientras sus responsables continúan administrando el patrimonio nacional. Matute tiene una oportunidad: demostrar que su lealtad está con el país y no con sus antiguos compañeros.
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“No le reces a los muertos”, de Lenin SolanoLee la columna de Rodolfo Ybarra
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18 horas agoon
30/08/2026By
Rodolfo Ybarra
Lenin Solano Ambía ha estudiado Literatura en San Marcos y también es magíster en Literatura por La Sorbona de Paris. Es autor de los libros de cuentos “Carta a una mujer ausente” (2008), “No les reces a los muertos” (2011) y de las novelas “Cada hombre tiene un sueño” (2012) y “Cementerio Père Lachaise” (2014) entre otros. Este último libro obtuvo el segundo puesto en el VI Concurso de novela de la Cámara Peruana del Libro. Asimismo, maneja el canal de viajes en Youtube Murmullos Inmortales con más de 100 mil subscriptores y radica en París desde el 2009.
No le reces a los muertos (NLRALM), su novela policial editada en 2011, ha alcanzado ocho ediciones y ha sido considerada varias veces como el libro más vendido en las últimas ferias de libros, incluida la FIL 2026.
Pero, dónde radica el éxito de esta novela en la que un serial killer solo busca a mujeres de baja estatura y de cabellos rizados para torturarlas y darles fin sin mayores miramientos. De hecho, hay el planteamiento de una trama clásica y aristotélica con un inicio, un medio y un final. Un asesino enigmático va en busca de sus presas y se vale de la oscuridad, no solo el color de sus ropas negras, sus lentes negros y sus protectores de dedos para evitar ser identificado. Sino una historia familiar que lo persigue y que de cierta manera lo obliga a hacer cosas viles e insanas.
En el sentido formal NLRALM tiene la vena y la resonancia magnética de Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Rubem Fonseca, Ricardo Piglia, Leonardo Padura y otros más. Pero el acierto de Solano está en la conciencia que mueve la trama. Los pasajes de la infancia tortuosa con una madrastra que golpea al personaje y un padre amoral que también lo abandona a su suerte cuando debía darle protección es lo que va a pesar en toda la novela.
Es decir, el sostén de esta novela policial no son precisamente los crímenes, sino eso que está detrás y que mueve los hilos de un momento actual. Así los tiempos alternados de ese mundo de horror infantil van a resultar en un presente donde el asesino va a vengar los maltratos de su madrastra, pero en otros cuerpos, otras identidades; y para eso, después de tantas penurias, se volverá un profesional y usará todos los medios que su entorno le provee para cumplir con su cometido.
La novela se puede leer de un tirón y arranca con un crimen la mañana de un 25 de diciembre a las espaldas del Coliseo Amauta cuando es encontrado el cuerpo de una mujer con el rostro desfigurado y dos puñaladas en el vientre. Las únicas pistas (que se van a repetir en otros asesinatos) es una bolsa o snack de papitas y que siempre es una mujer de baja estatura. La policía intentará por todos los medios de desentrañar este y los otros casos y para eso nombrarán al más reconocido oficial Rodolfo Chavarría sin saber que este es justamente la pieza clave que moverá todo el discurso de la novela y que el lector tendrá que desentrañar página a página.
Hay que destacar el cinismo del personaje principal encubierto en un alto rango y las citas filosóficas o literarias que se van dejando como las hogazas de pan en Hansel y Gretel macabro y que van a ir avisando al lector de lo que se viene o lo que está a punto de suceder. Por ejemplo: Nietzsche: “A la mujer le gusta creer que el amor puede lograr cualquier cosa; es su superstición peculiar”. Eurípides: “¡A quienes Dios quiere destruir, primero los enloquece!” Voltaire: “Si Dios no existe, habría que inventarlo”, etc.
De esta manera, Lenin Solano Ambía nos entrega un fresco policiaco, un mundo de perseguidos y perseguidores, pero donde el caos psicológico y los traumas de la infancia parecen tener la sartén por el mango. De hecho, el autor dice sobre este libro: “Fue mi primera novela policial, un experimento de imaginación, realidad y muerte. Jamás pensé que esta novela daría inicio a mi carrera como escritor de novela policiaca”.
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Superar la pobreza, no administrarla: libertad económica y autonomía individual en el PerúLee la columna de Raúl Allain
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1 día agoon
30/08/2026By
Raúl Allain
Hay una pregunta que deberíamos hacernos con más frecuencia cuando hablamos de pobreza: ¿queremos que los pobres reciban ayuda indefinidamente o queremos que puedan dejar de ser pobres?
Parece una diferencia de palabras, pero en realidad es una diferencia de concepción sobre la sociedad. Durante décadas, buena parte de la izquierda latinoamericana ha construido su discurso alrededor de la expansión de programas sociales, subsidios y transferencias estatales. Muchos de ellos cumplen una función legítima y necesaria frente a situaciones de extrema vulnerabilidad. El problema aparece cuando una herramienta excepcional termina convirtiéndose en una forma permanente de relación entre el ciudadano y el Estado.
Ahí comienza el asistencialismo.
Y con él aparece una peligrosa confusión: creer que combatir la pobreza consiste principalmente en repartir recursos, en lugar de crear las condiciones para que una persona pueda generar sus propios ingresos, adquirir patrimonio y construir una vida autónoma.
Desde mi perspectiva como periodista y sociólogo, la verdadera superación de la pobreza debería tener como horizonte la independencia económica del ciudadano. No quiero un país de personas eternamente inscritas en una lista de beneficiarios. Quiero un país de trabajadores, emprendedores, propietarios y profesionales capaces de sostenerse con su propio esfuerzo.
No es una cuestión de despreciar la ayuda estatal. Es exactamente lo contrario: se trata de preguntarnos cómo hacer que esa ayuda sea realmente una escalera y no una silla permanente.
Los datos obligan a mirar la realidad sin consignas. El Banco Mundial señala que la pobreza monetaria peruana cayó de 29 % en 2023 a 27,6 % en 2024, pero todavía alcanzaba a casi diez millones de personas y permanecía muy por encima del 20,2 % registrado en 2019. Además, el 71 % de los trabajadores se encontraba en la informalidad en 2024.
Eso significa que el problema peruano no se resuelve únicamente aumentando transferencias. Necesitamos productividad, inversión, empleo formal y oportunidades.
Y aquí aparece una verdad que a veces incomoda: el mejor programa social de largo plazo es una economía capaz de generar empleos productivos.
La izquierda suele responder que el mercado abandona a los pobres. Yo plantearía la pregunta al revés: ¿qué ocurre cuando el Estado ocupa demasiado espacio y termina dificultando precisamente la creación de empleos?
Un pequeño empresario que debe enfrentar trámites interminables, costos elevados, incertidumbre tributaria y regulaciones difíciles puede decidir no contratar. Una persona que pretende formalizar su negocio puede descubrir que permanecer informal resulta más sencillo. El resultado es conocido: millones de ciudadanos trabajan, producen y sobreviven, pero sin seguridad social, sin acceso adecuado al crédito y con escasas posibilidades de acumular patrimonio.
El Banco Mundial ha señalado precisamente que la informalidad y la limitada protección social dejaron a millones de trabajadores peruanos particularmente expuestos durante la crisis de la COVID-19.
Esto debería enseñarnos algo. La protección no puede consistir únicamente en colocar una red debajo de la persona cuando cae. También debemos construir una escalera para que pueda subir.
Esa escalera comienza con la educación y la capacitación técnica.
Si un joven de un barrio popular recibe una transferencia mensual, puede resolver una necesidad inmediata. Pero si además aprende electricidad, programación, soldadura, gastronomía, mecánica, logística, reparación de equipos o cualquier otra especialidad demandada por el mercado, adquiere una herramienta que puede acompañarlo durante años.
Ahí está el cambio de paradigma.
No se trata de eliminar automáticamente los programas sociales. Se trata de transformarlos progresivamente en instrumentos de autonomía. Una transferencia puede estar vinculada a capacitación, certificación de competencias, búsqueda de empleo, formalización o emprendimiento. El objetivo debe ser que el beneficiario necesite cada vez menos al Estado.
Y esto no es una fantasía. El Banco Mundial informa que los programas de inclusión económica que combinan transferencias de dinero con capacitación, capital productivo, acompañamiento y acceso a mercados han mostrado impactos positivos y constituyen una vía para construir una salida de la pobreza.
América Latina tiene experiencias que deberían estudiarse sin prejuicios. Los programas de transferencias condicionadas contribuyeron en distintos países a mejorar asistencia escolar, nutrición y otros indicadores. El propio Banco Mundial reconoce resultados importantes en experiencias de Colombia, Honduras y República Dominicana.
Por tanto, la discusión seria no debería ser “programas sociales sí o no”. La pregunta correcta es: ¿qué programas consiguen que una familia avance hacia la autonomía y cuáles simplemente administran su dependencia?
Aquí entra el problema del clientelismo.
Cuando un gobierno puede presentarse como el proveedor permanente de dinero, alimentos, bonos o beneficios, existe el riesgo de que la relación entre ciudadano y Estado deje de ser institucional y se convierta en una relación de dependencia política. El ciudadano deja de verse como sujeto de derechos y empieza a ser tratado como beneficiario de turno.
Eso es peligroso para una democracia.
Una democracia saludable no debería decirle al ciudadano: “dependes de mí para vivir”. Debería garantizarle derechos, seguridad jurídica, educación, infraestructura y condiciones para que pueda construir su propio proyecto de vida.
La diferencia es enorme.
La autonomía económica también es autonomía política. Una persona que tiene empleo, ingresos propios, vivienda, ahorros o un negocio posee mayores herramientas para tomar decisiones sin depender de favores. Y una sociedad formada por ciudadanos económicamente más independientes es, en principio, menos vulnerable al clientelismo.
Por eso la libertad económica no es simplemente una doctrina para economistas. Tiene una dimensión profundamente humana.
Cuando una madre logra abrir una pequeña bodega, no solamente está vendiendo productos. Está creando una fuente de ingresos para su familia. Cuando un joven aprende un oficio y consigue un empleo formal, está ampliando sus posibilidades. Cuando una familia compra una vivienda, adquiere patrimonio y seguridad. Cuando un emprendedor contrata a su primer trabajador, comienza a generar oportunidades para otra persona.
Eso es movilidad social.
Y aquí conviene desmontar otra idea muy arraigada en la izquierda: que el empresario y el trabajador necesariamente pertenecen a bandos enfrentados.
No.
Una empresa puede ser el lugar donde un trabajador consigue su primer empleo formal. Puede darle capacitación, experiencia, ingresos y posibilidades de crecimiento. Una pequeña empresa puede convertirse en mediana; una mediana puede competir internacionalmente. El ascenso social también puede producirse dentro de una economía privada dinámica.
El Perú necesita muchas más empresas capaces de crecer.
Para conseguirlo necesitamos menos obstáculos, no más.
La reducción de impuestos, cuando está diseñada responsablemente y acompañada por disciplina fiscal, puede dejar mayores recursos para invertir y contratar. La simplificación tributaria puede hacer más atractiva la formalización. La eliminación de regulaciones innecesarias puede permitir que pequeños negocios crezcan. La seguridad jurídica puede atraer capital y generar empleo.
No estoy proponiendo un Estado ausente. Sería una simplificación absurda.
Necesitamos un Estado fuerte donde realmente importa: justicia, seguridad, infraestructura, educación, salud, competencia y protección de derechos. Pero un Estado fuerte no es necesariamente un Estado que interviene en todo. Muchas veces ocurre exactamente lo contrario.
Un Estado fuerte es aquel que hace bien lo esencial y permite que la sociedad haga el resto.
La economía peruana ya ha demostrado que el crecimiento puede transformar la vida de millones. El problema es que ese crecimiento no ha sido suficientemente inclusivo ni sostenido. Hoy seguimos enfrentando una enorme informalidad y niveles de pobreza superiores a los anteriores a la pandemia. El Banco Mundial estima que la economía peruana creció 3,4 % en 2025 y proyecta 2,7 % para 2026, pero advierte que la baja productividad y la debilidad de los servicios públicos continúan limitando la creación de empleo y la reducción de la pobreza.
Entonces, ¿qué necesitamos?
Más crecimiento productivo. Más inversión privada. Más capacitación. Más empleo formal. Más emprendimiento.
Y menos dependencia.
No debemos sentir vergüenza de defender estas ideas desde una perspectiva de derecha democrática. Durante demasiado tiempo la izquierda ha pretendido monopolizar el lenguaje de la justicia social. Ha presentado la redistribución como sinónimo de solidaridad y al mercado como sinónimo de indiferencia.
Hay que discutir esa narrativa.
La verdadera solidaridad no consiste en mantener indefinidamente a una persona en condición de dependencia. Consiste en ayudarla a recuperar su autonomía.
Una transferencia puede alimentar a una familia durante un mes. Una capacitación puede proporcionarle una herramienta durante años. Un empleo formal puede darle ingresos, seguridad social y experiencia. Una vivienda puede convertirse en patrimonio. Un negocio exitoso puede generar ingresos para varias generaciones.
Ahí está la diferencia entre administrar la pobreza y derrotarla.
No todos parten desde el mismo lugar. Eso es evidente. Hay niños que nacen en hogares con enormes desventajas y familias que enfrentan situaciones que no pueden resolver por sí solas. El Estado debe intervenir cuando sea necesario. Pero intervenir no significa sustituir indefinidamente la capacidad de las personas.
Significa abrir oportunidades.
Por eso creo que el Perú necesita una política social distinta: menos centrada en la permanencia del subsidio y más orientada a la transición hacia la autonomía. Transferencias donde sean indispensables, sí; pero acompañadas de capacitación técnica, educación, salud, inclusión financiera, formalización y conexión real con empleadores.
La meta debería estar clara desde el principio: que el beneficiario deje de necesitar el beneficio.
Ese criterio cambiaría buena parte de nuestra discusión pública.
América Latina se encuentra en un momento en el que ya no puede conformarse con reducir estadísticamente la pobreza durante algunos años para volver a aumentarla después de cada crisis. Necesita construir sociedades capaces de resistir los golpes económicos sin devolver a millones de ciudadanos a la vulnerabilidad.
La respuesta no está en una nueva guerra ideológica.
Está en recuperar la confianza en el ciudadano.
Confianza en su capacidad para aprender. Para trabajar. Para emprender. Para ahorrar. Para adquirir propiedad. Para contratar. Para crecer.
La derecha democrática tiene aquí una oportunidad histórica: demostrar que defender la libertad económica no significa abandonar al pobre, sino confiar en su capacidad de dejar de serlo.
El verdadero objetivo no debería ser tener más beneficiarios.
Debería ser tener menos personas necesitadas de asistencia permanente y más ciudadanos capaces de vivir de su propio esfuerzo.
Porque la dignidad no consiste solamente en recibir.
También consiste en poder decir: esto lo construí yo.
Y una sociedad que multiplica esa posibilidad es una sociedad que no solamente reduce la pobreza. También amplía la libertad.
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Una década de vuelosLee la columna de Julio Barco
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2 días agoon
29/08/2026By
Julio Barco
Diez años es tiempo suficiente para atisbar el desarrollo de una obra poética. En la poesía latinoamericana, hay muchos autores que, en una década, consolidaron una voz determinada. En “Un volantín yéndose paila” (2025, Astronómica), Nicolás López Pérez –poeta, traductor y profesor universitario– realiza una selección de diez años de sus publicaciones, tanto editadas como inéditas; para ello, asegura que muchos de sus poemas son como “volantines” (palabra chilena que designa a las famosas cometas: esos aeroplanos de papel celofán y caña; aunque también los hay de plástico).
La idea de asemejar la creación de poemas con objetos que los niños lanzan al viento va de la mano con el hecho de que, como reflexiona NLP en el prólogo, la poesía es el ritual de preparar las palabras, hacerlas volar y prolongar su estadía en el aire. Así, entramos a “Geografía de las geografías” (2015-2018), con su poética lúcida, que repasa, observa, define y borra los significados de la ciudad para encontrar en el verso una crítica al presente (“las ciudades están desamparadas/ sus barrios son ilusiones”). Más adelante, en “De la naturaleza afectiva de la forma” (2017-2020) prosigue la búsqueda del autor por un lenguaje auténtico; este trabajo ya lo analicé en un texto publicado en la web Metaliteratura, entonces reflexioné acerca de la influencia verasteguiana: “se desata el yo como hacker que, en su itinerario mental-lírico, busca reformarse, resetear los sentidos y alcanzar lo epifánico (…) También hay que observar otro guiño (…) las rosas y el saber poético.” En cierto modo, ahora que regreso a estos versos, corroboro lo dicho, y añado que, en estos poemas, ya se abre la siguiente búsqueda que lo conducirá a proyectos más arriesgados como “Metaliteratura & Co” (2018-2021). Aquí ya no hay reflexiones sobre la ciudad ni la búsqueda de una voz, sino el diálogo con lo literario: “Le pregunté a HH/ qué es un haiku/ no dijo nada”.
En total, la selección cubre once poemarios, más algunas traducciones y una suerte de obra performance. Estamos ante un poeta latinoamericano que irrumpe por el nuevo cielo como un volantín de lenguaje. Que su verso viaje en el viento.
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Autogoles en AcciónLee la columna de Edwin Cavello
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3 días agoon
28/08/2026By
Edwin Cavello Limas
Desde la sede central del Ministerio de Cultura, después de acomodarse en su despacho del octavo piso, uno de los primeros mensajes del cuestionado ministro Alberto Beingolea fue decir que el Mincul estaba “ideologizado” y que había sido “capturado por la izquierda”.
Lo que no nos contó fue que, desde el inicio de su gestión, el ministerio podía terminar copado por personajes vinculados al Partido Popular Cristiano (PPC). El caso de Lourdes Morales Morote y su hija, Sofía Aguayo Morales, apenas sería la punta de un iceberg que empieza a emerger.
La investigación de Lima Gris destapó uno de los primeros escándalos que golpean al gobierno de Keiko Fujimori. La intervención de la Fiscalía Anticorrupción al Ministerio de Cultura y a la Biblioteca Nacional del Perú coloca nuevamente sobre la mesa el fantasma del caso Richard Swing y las órdenes de servicio que estremecieron al gobierno de Martín Vizcarra.
Beingolea ya venía siendo cuestionado por sus movimientos y contrataciones en el IRTP. Ahora, el caso de Cultura amenaza con convertirse en un problema político para Palacio de Gobierno.
Es lamentable que algunos políticos sigan mirando al Estado como botín. No importa si existen profesionales con trayectoria, experiencia y méritos. Para ellos, la ética, la idoneidad y la meritocracia parecen convertirse en incómodos obstáculos. No llegan para servir. Llegan para servirse del Estado.
Y mientras la Fiscalía revisa documentos, en los pasillos del Mincul crece el silencio. Fuentes de la sede central informaron a esta columna que, después de la intervención fiscal, se realizó una reunión de urgencia en la que se habría amenazado y coaccionado a personal administrativo para evitar filtraciones de información.
Si esto ocurrió, la gravedad sería mayor. Una institución pública no puede responder a una investigación fiscal con miedo, presiones o silencios. Mucho menos cuando lo que está en juego es la transparencia de la gestión. ¿Qué más intenta escondernos el ministro Alberto Beingolea?
La presidenta Keiko Fujimori debería preguntarse si este es el ministro que quiere tener al frente de Cultura. Porque los autogoles de Beingolea no siempre se marcan frente a las cámaras. A veces se firma en una oficina, se sella en un despacho y termina golpeando directamente a Palacio de Gobierno.
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El arte de la pelotaLee la columna de Julio Aguilar
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4 días agoon
27/08/2026By
Redacción Lima Gris
Por Julio Aguilar
Una chalaca, un sombrero o una guachita son términos que remiten a objetos comunes; pero, al mismo tiempo, a una peruanidad más futbolera: metáforas exactas que representan las virguerías del balompié.
Ante la moda que impone el fútbol moderno de elaborar tácticas que convierten cada partido en un espectáculo mediocre, me reconforta oír palabras como las de el poeta del fútbol cuando celebra «las malicias de la calle frente a la fiesta de la mediocridad». Al igual que a muchos, me devuelve la vida esa picardía popular cuando nos vestimos de corto: esas trampas sabrosas nacidas en el vecindario.
La pared no se trata de una fantasía ni mucho menos. De niños, cuando jugábamos en la pista a falta de una cancha por estar cerrada, nos apoyábamos a menudo dando uno o dos toques para esquivar al rival. Ya en la losa de cemento o en el pasto, cuando la contienda se disputaba por una botella de gaseosa, la pared devenía en alegoría: era el amigo, el compinche que mejor sabe acariciarla. Es simple: el que entrega el esférico propone; el otro adivina y devuelve el favor. Las hay largas, de contragolpe; y cortas, como un murmullo. Estas acciones solo se pueden contrarrestar con un leve choque a quien la proyecta para interrumpir su marcha: una solución mañosa ausente en cualquier manual y a la que ya nadie presta atención (ni los propios árbitros), aunque muchas veces se prive al hincha del deleite de ver a dos maestros tejiendo magia.
Magos que son escasos en nuestros días: como Xavi e Iniesta, quienes en sus años mozos tiraban paredes que emocionaban a propios y extraños, resultado de una sintonía emocional pura. Se vio también a Messi hacer paredes con los propios rivales para sacárselos de encima, anulando su capacidad de reacción: un trazo de genio que solo está al alcance de unos pocos.
Y luego asoma la guachita, esa treta que consiste en deslizar el cuero por debajo de las piernas del adversario. «Ponte la sotana, cura» o el estruendoso «¡uhhh, de guachita te la hicieron!» retumbaban cuando el caño resultaba un éxito. Solo para hacer énfasis en su efecto: la guachita deja pasmado al oponente, envolviéndolo en una carga difícil de olvidar. Es una ocupación astuta del espacio que el rival involuntariamente ofrece y al que hay que saber sacarle provecho. El autor obtendrá esa misteriosa sensación de orgullo que la grada sabrá respaldar con un desesperado grito de ovación y efusivos aplausos. Se le crecerá el pecho un ratito, siempre y cuando no la falle ni la intente en su propia área: sinceramente, contemplar un túnel bien ejecutado es sencillamente hermoso.
Paso seguido irrumpe la chalaca, esa ejecución acrobática en la que el jugador se eleva, se arquea en el aire y, enseguida, engatilla de volea para mandar la pelota al fondo de la red. Esta maniobra legendaria acumula más de cien años de historia; aun hoy persiste un reclamo constante en el clamor popular por saber quién es el autor intelectual de semejante prodigio. Acorde a los relatos orales de antaño, la jugada nació en el puerto del Callao cuando los mulatos se reunían por invitación de los marines británicos e irlandeses, quienes anclaban sus embarcaciones en la costa y organizaban encuentros recreativos. Realizarla es complejo: se necesita tenacidad, precisión quirúrgica y una pizca de suerte. Quien la lograba a la perfección se ganaba el mote de maestro y el respeto de sus compañeros.
Pero esta obra de arte tenía otro obstáculo: una cancha apta. En el césped sintético o natural es vistosa; no obstante, es un suicidio intentarlo en la losa, porque quien lo hace puede llevarse un trallazo de padre santo cuyo dolor le durará siquiera una semana y, de yapa, algunas costillas quebradas. En el recuerdo que uno guarda permanece indeleble el gol de chalaca de Gareth Bale al Liverpool en la final de la Champions League del 2018: una auténtica oda al deporte rey.
Lo siguiente exige más finura. Para mandarse un sombrero se necesita que la pelota navegue en el aire y le saque la lengua al marcador cuando pasa por encima de su cabeza, dejándolo descolocado y buscando oxígeno. Si la pared o la guachita admiten cierto grado de cálculo, el sombrero nace de la pura intuición: es una iluminación repentina. Un lujo de otra época que hoy escasea, pues la suspensión del balón y su posterior caída requieren un margen de tiempo y espacio que la rigidez actual frena. Sin embargo, por pura estampa, ejecutarlo es ponerse una insignia de crack. Apenas el cuero vuelve al chimpún, toca seguir la marcha con elegancia, como si la genialidad no fuera más que un detalle de rutina.
Finalmente, la finta se trata de hacer un regate para eludir al rival con la pelota. Es otro recurso artístico que se utiliza en la cancha; este movimiento sí o sí requiere de un talento innato, pues pocos son los que rozan la perfección con este gesto. Messi hizo de esta jugada la prueba más fehaciente de la existencia de Dios en aquella semifinal de Champions en la que el destino, siempre caprichoso, quiso que la víctima fuese Boateng: sus piernas fueron dos ramas que se movieron al son de la brisa del encanto del argentino, cual flautista de Hamelín, para finalizar pinchándola por encima de Neuer, haciendo de la pelota su pincel y del gol su Capilla Sixtina.
Hacer gala de estos trucos es la expresión de ese fútbol que de verdad farmea aura.
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Estados generales, de Mauricio Freire (2025)Lee la columna de Mario Castro Cobos
Published
4 días agoon
27/08/2026By
Mario Castro Cobos
¿Entre el objeto puramente bello (la belleza es impune y lleva a la ética) y el arma arrojadiza (bendita y justa por supuesto)? Esta película toca dos extremos que, siendo claros y obvios -el erótico y el tanático- no desarrolla ni profundiza (por lo menos, lo mínimo suficiente) como para que lleguen a tocarse o a unirse de manera relevante entre sí, para producir una unidad mayor. Así la película debilita su estado general, su solidez, su coherencia -e incluso su credibilidad-. Esto queda aún más claro al final, donde lo abierto no lo es por la riqueza o por la ambigüedad, sino porque hay una falta, algo que debió estar ahí pero no está.
Tras una incitante apertura, una pequeña escena erótica que parecía renovar y superar el planteamiento aburrido habitual de una película ‘conceptual’, ‘abstracta’, o ‘pensada para galerías de arte’; de una película perteneciente a una raza jocosa llamada ‘vanguardia académica’; de una película antipáticamente fría ‘sin carne ni sangre’: me refiero a la escena de una pareja dándose un beso, en el Jardín Botánico de Madrid, en consonancia con la belleza y vitalidad de la naturaleza que rodea a los amantes, es decir con la vida misma -naturaleza (reino vegetal más que nada) que nos es insistente e incluso admirablemente mostrada a lo largo de toda la película-.
La línea abiertamente erótica (humana) mostraba de manera inmejorable la fuerza de la naturaleza precisamente ‘en’ o ‘de’ lo humano. Y no hubo más de eso. El erotismo humano abría la apetecible -irrenunciable- posibilidad de mostrar su contraparte, el necrocapitalismo, en su claro horror (que viva el contraste para entender la realidad) ya documentado de manera incipiente en la segunda parte, filmada en el Valle de Chincha, en Perú (incluso como amago de ‘película de denuncia’) así que mientras más lejos se fuera de cada lado… al fin se lograría una unidad superior. Fuerzas de la vida y fuerzas de la muerte. Pero no.
Afirmo y no niego la belleza y pertinencia de muchas de las imágenes de Estados generales. Como decía el poeta Martí: “La naturaleza habla mejor que el hombre”. Y sí, reí encontrarme entre la delicia erótica y la pesquisa forense. El conocimiento científico estimulante pero en un punto burocrático e insuficiente. Hay que ver las semillas vivas. En sentido literal pero a la vez social.
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