Opinión
“No le reces a los muertos”, de Lenin SolanoLee la columna de Rodolfo Ybarra
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24 segundos agoon
30/08/2026By
Rodolfo Ybarra
Lenin Solano Ambía ha estudiado Literatura en San Marcos y también es magíster en Literatura por La Sorbona de Paris. Es autor de los libros de cuentos “Carta a una mujer ausente” (2008), “No les reces a los muertos” (2011) y de las novelas “Cada hombre tiene un sueño” (2012) y “Cementerio Père Lachaise” (2014) entre otros. Este último libro obtuvo el segundo puesto en el VI Concurso de novela de la Cámara Peruana del Libro. Asimismo, maneja el canal de viajes en Youtube Murmullos Inmortales con más de 100 mil subscriptores y radica en París desde el 2009.
No le reces a los muertos (NLRALM), su novela policial editada en 2011, ha alcanzado ocho ediciones y ha sido considerada varias veces como el libro más vendido en las últimas ferias de libros, incluida la FIL 2026.
Pero, dónde radica el éxito de esta novela en la que un serial killer solo busca a mujeres de baja estatura y de cabellos rizados para torturarlas y darles fin sin mayores miramientos. De hecho, hay el planteamiento de una trama clásica y aristotélica con un inicio, un medio y un final. Un asesino enigmático va en busca de sus presas y se vale de la oscuridad, no solo el color de sus ropas negras, sus lentes negros y sus protectores de dedos para evitar ser identificado. Sino una historia familiar que lo persigue y que de cierta manera lo obliga a hacer cosas viles e insanas.
En el sentido formal NLRALM tiene la vena y la resonancia magnética de Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Rubem Fonseca, Ricardo Piglia, Leonardo Padura y otros más. Pero el acierto de Solano está en la conciencia que mueve la trama. Los pasajes de la infancia tortuosa con una madrastra que golpea al personaje y un padre amoral que también lo abandona a su suerte cuando debía darle protección es lo que va a pesar en toda la novela.
Es decir, el sostén de esta novela policial no son precisamente los crímenes, sino eso que está detrás y que mueve los hilos de un momento actual. Así los tiempos alternados de ese mundo de horror infantil van a resultar en un presente donde el asesino va a vengar los maltratos de su madrastra, pero en otros cuerpos, otras identidades; y para eso, después de tantas penurias, se volverá un profesional y usará todos los medios que su entorno le provee para cumplir con su cometido.
La novela se puede leer de un tirón y arranca con un crimen la mañana de un 25 de diciembre a las espaldas del Coliseo Amauta cuando es encontrado el cuerpo de una mujer con el rostro desfigurado y dos puñaladas en el vientre. Las únicas pistas (que se van a repetir en otros asesinatos) es una bolsa o snack de papitas y que siempre es una mujer de baja estatura. La policía intentará por todos los medios de desentrañar este y los otros casos y para eso nombrarán al más reconocido oficial Rodolfo Chavarría sin saber que este es justamente la pieza clave que moverá todo el discurso de la novela y que el lector tendrá que desentrañar página a página.
Hay que destacar el cinismo del personaje principal encubierto en un alto rango y las citas filosóficas o literarias que se van dejando como las hogazas de pan en Hansel y Gretel macabro y que van a ir avisando al lector de lo que se viene o lo que está a punto de suceder. Por ejemplo: Nietzsche: “A la mujer le gusta creer que el amor puede lograr cualquier cosa; es su superstición peculiar”. Eurípides: “¡A quienes Dios quiere destruir, primero los enloquece!” Voltaire: “Si Dios no existe, habría que inventarlo”, etc.
De esta manera, Lenin Solano Ambía nos entrega un fresco policiaco, un mundo de perseguidos y perseguidores, pero donde el caos psicológico y los traumas de la infancia parecen tener la sartén por el mango. De hecho, el autor dice sobre este libro: “Fue mi primera novela policial, un experimento de imaginación, realidad y muerte. Jamás pensé que esta novela daría inicio a mi carrera como escritor de novela policiaca”.
Comentarios Related Topics:Lein SolanoNo le reces a los muertos Don't MissSuperar la pobreza, no administrarla: libertad económica y autonomía individual en el Perú
Rodolfo Ybarra
Rodolfo Ybarra. Ha estudiado matemática pura, física, electrónica y comunicaciones. Ha publicado una veintena de textos entre novelas, cuentos, poemarios y ensayos. Ha dirigido un programa de televisión de contracultura y política, y editado revistas y fanzines. Se expresa también vía el vídeo y la música. Desde el 2007 maneja el blog www.rodolfoybarra.blogspot.com.
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Opinión
Superar la pobreza, no administrarla: libertad económica y autonomía individual en el PerúLee la columna de Raúl Allain
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16 horas agoon
30/08/2026By
Raúl Allain
Hay una pregunta que deberíamos hacernos con más frecuencia cuando hablamos de pobreza: ¿queremos que los pobres reciban ayuda indefinidamente o queremos que puedan dejar de ser pobres?
Parece una diferencia de palabras, pero en realidad es una diferencia de concepción sobre la sociedad. Durante décadas, buena parte de la izquierda latinoamericana ha construido su discurso alrededor de la expansión de programas sociales, subsidios y transferencias estatales. Muchos de ellos cumplen una función legítima y necesaria frente a situaciones de extrema vulnerabilidad. El problema aparece cuando una herramienta excepcional termina convirtiéndose en una forma permanente de relación entre el ciudadano y el Estado.
Ahí comienza el asistencialismo.
Y con él aparece una peligrosa confusión: creer que combatir la pobreza consiste principalmente en repartir recursos, en lugar de crear las condiciones para que una persona pueda generar sus propios ingresos, adquirir patrimonio y construir una vida autónoma.
Desde mi perspectiva como periodista y sociólogo, la verdadera superación de la pobreza debería tener como horizonte la independencia económica del ciudadano. No quiero un país de personas eternamente inscritas en una lista de beneficiarios. Quiero un país de trabajadores, emprendedores, propietarios y profesionales capaces de sostenerse con su propio esfuerzo.
No es una cuestión de despreciar la ayuda estatal. Es exactamente lo contrario: se trata de preguntarnos cómo hacer que esa ayuda sea realmente una escalera y no una silla permanente.
Los datos obligan a mirar la realidad sin consignas. El Banco Mundial señala que la pobreza monetaria peruana cayó de 29 % en 2023 a 27,6 % en 2024, pero todavía alcanzaba a casi diez millones de personas y permanecía muy por encima del 20,2 % registrado en 2019. Además, el 71 % de los trabajadores se encontraba en la informalidad en 2024.
Eso significa que el problema peruano no se resuelve únicamente aumentando transferencias. Necesitamos productividad, inversión, empleo formal y oportunidades.
Y aquí aparece una verdad que a veces incomoda: el mejor programa social de largo plazo es una economía capaz de generar empleos productivos.
La izquierda suele responder que el mercado abandona a los pobres. Yo plantearía la pregunta al revés: ¿qué ocurre cuando el Estado ocupa demasiado espacio y termina dificultando precisamente la creación de empleos?
Un pequeño empresario que debe enfrentar trámites interminables, costos elevados, incertidumbre tributaria y regulaciones difíciles puede decidir no contratar. Una persona que pretende formalizar su negocio puede descubrir que permanecer informal resulta más sencillo. El resultado es conocido: millones de ciudadanos trabajan, producen y sobreviven, pero sin seguridad social, sin acceso adecuado al crédito y con escasas posibilidades de acumular patrimonio.
El Banco Mundial ha señalado precisamente que la informalidad y la limitada protección social dejaron a millones de trabajadores peruanos particularmente expuestos durante la crisis de la COVID-19.
Esto debería enseñarnos algo. La protección no puede consistir únicamente en colocar una red debajo de la persona cuando cae. También debemos construir una escalera para que pueda subir.
Esa escalera comienza con la educación y la capacitación técnica.
Si un joven de un barrio popular recibe una transferencia mensual, puede resolver una necesidad inmediata. Pero si además aprende electricidad, programación, soldadura, gastronomía, mecánica, logística, reparación de equipos o cualquier otra especialidad demandada por el mercado, adquiere una herramienta que puede acompañarlo durante años.
Ahí está el cambio de paradigma.
No se trata de eliminar automáticamente los programas sociales. Se trata de transformarlos progresivamente en instrumentos de autonomía. Una transferencia puede estar vinculada a capacitación, certificación de competencias, búsqueda de empleo, formalización o emprendimiento. El objetivo debe ser que el beneficiario necesite cada vez menos al Estado.
Y esto no es una fantasía. El Banco Mundial informa que los programas de inclusión económica que combinan transferencias de dinero con capacitación, capital productivo, acompañamiento y acceso a mercados han mostrado impactos positivos y constituyen una vía para construir una salida de la pobreza.
América Latina tiene experiencias que deberían estudiarse sin prejuicios. Los programas de transferencias condicionadas contribuyeron en distintos países a mejorar asistencia escolar, nutrición y otros indicadores. El propio Banco Mundial reconoce resultados importantes en experiencias de Colombia, Honduras y República Dominicana.
Por tanto, la discusión seria no debería ser “programas sociales sí o no”. La pregunta correcta es: ¿qué programas consiguen que una familia avance hacia la autonomía y cuáles simplemente administran su dependencia?
Aquí entra el problema del clientelismo.
Cuando un gobierno puede presentarse como el proveedor permanente de dinero, alimentos, bonos o beneficios, existe el riesgo de que la relación entre ciudadano y Estado deje de ser institucional y se convierta en una relación de dependencia política. El ciudadano deja de verse como sujeto de derechos y empieza a ser tratado como beneficiario de turno.
Eso es peligroso para una democracia.
Una democracia saludable no debería decirle al ciudadano: “dependes de mí para vivir”. Debería garantizarle derechos, seguridad jurídica, educación, infraestructura y condiciones para que pueda construir su propio proyecto de vida.
La diferencia es enorme.
La autonomía económica también es autonomía política. Una persona que tiene empleo, ingresos propios, vivienda, ahorros o un negocio posee mayores herramientas para tomar decisiones sin depender de favores. Y una sociedad formada por ciudadanos económicamente más independientes es, en principio, menos vulnerable al clientelismo.
Por eso la libertad económica no es simplemente una doctrina para economistas. Tiene una dimensión profundamente humana.
Cuando una madre logra abrir una pequeña bodega, no solamente está vendiendo productos. Está creando una fuente de ingresos para su familia. Cuando un joven aprende un oficio y consigue un empleo formal, está ampliando sus posibilidades. Cuando una familia compra una vivienda, adquiere patrimonio y seguridad. Cuando un emprendedor contrata a su primer trabajador, comienza a generar oportunidades para otra persona.
Eso es movilidad social.
Y aquí conviene desmontar otra idea muy arraigada en la izquierda: que el empresario y el trabajador necesariamente pertenecen a bandos enfrentados.
No.
Una empresa puede ser el lugar donde un trabajador consigue su primer empleo formal. Puede darle capacitación, experiencia, ingresos y posibilidades de crecimiento. Una pequeña empresa puede convertirse en mediana; una mediana puede competir internacionalmente. El ascenso social también puede producirse dentro de una economía privada dinámica.
El Perú necesita muchas más empresas capaces de crecer.
Para conseguirlo necesitamos menos obstáculos, no más.
La reducción de impuestos, cuando está diseñada responsablemente y acompañada por disciplina fiscal, puede dejar mayores recursos para invertir y contratar. La simplificación tributaria puede hacer más atractiva la formalización. La eliminación de regulaciones innecesarias puede permitir que pequeños negocios crezcan. La seguridad jurídica puede atraer capital y generar empleo.
No estoy proponiendo un Estado ausente. Sería una simplificación absurda.
Necesitamos un Estado fuerte donde realmente importa: justicia, seguridad, infraestructura, educación, salud, competencia y protección de derechos. Pero un Estado fuerte no es necesariamente un Estado que interviene en todo. Muchas veces ocurre exactamente lo contrario.
Un Estado fuerte es aquel que hace bien lo esencial y permite que la sociedad haga el resto.
La economía peruana ya ha demostrado que el crecimiento puede transformar la vida de millones. El problema es que ese crecimiento no ha sido suficientemente inclusivo ni sostenido. Hoy seguimos enfrentando una enorme informalidad y niveles de pobreza superiores a los anteriores a la pandemia. El Banco Mundial estima que la economía peruana creció 3,4 % en 2025 y proyecta 2,7 % para 2026, pero advierte que la baja productividad y la debilidad de los servicios públicos continúan limitando la creación de empleo y la reducción de la pobreza.
Entonces, ¿qué necesitamos?
Más crecimiento productivo. Más inversión privada. Más capacitación. Más empleo formal. Más emprendimiento.
Y menos dependencia.
No debemos sentir vergüenza de defender estas ideas desde una perspectiva de derecha democrática. Durante demasiado tiempo la izquierda ha pretendido monopolizar el lenguaje de la justicia social. Ha presentado la redistribución como sinónimo de solidaridad y al mercado como sinónimo de indiferencia.
Hay que discutir esa narrativa.
La verdadera solidaridad no consiste en mantener indefinidamente a una persona en condición de dependencia. Consiste en ayudarla a recuperar su autonomía.
Una transferencia puede alimentar a una familia durante un mes. Una capacitación puede proporcionarle una herramienta durante años. Un empleo formal puede darle ingresos, seguridad social y experiencia. Una vivienda puede convertirse en patrimonio. Un negocio exitoso puede generar ingresos para varias generaciones.
Ahí está la diferencia entre administrar la pobreza y derrotarla.
No todos parten desde el mismo lugar. Eso es evidente. Hay niños que nacen en hogares con enormes desventajas y familias que enfrentan situaciones que no pueden resolver por sí solas. El Estado debe intervenir cuando sea necesario. Pero intervenir no significa sustituir indefinidamente la capacidad de las personas.
Significa abrir oportunidades.
Por eso creo que el Perú necesita una política social distinta: menos centrada en la permanencia del subsidio y más orientada a la transición hacia la autonomía. Transferencias donde sean indispensables, sí; pero acompañadas de capacitación técnica, educación, salud, inclusión financiera, formalización y conexión real con empleadores.
La meta debería estar clara desde el principio: que el beneficiario deje de necesitar el beneficio.
Ese criterio cambiaría buena parte de nuestra discusión pública.
América Latina se encuentra en un momento en el que ya no puede conformarse con reducir estadísticamente la pobreza durante algunos años para volver a aumentarla después de cada crisis. Necesita construir sociedades capaces de resistir los golpes económicos sin devolver a millones de ciudadanos a la vulnerabilidad.
La respuesta no está en una nueva guerra ideológica.
Está en recuperar la confianza en el ciudadano.
Confianza en su capacidad para aprender. Para trabajar. Para emprender. Para ahorrar. Para adquirir propiedad. Para contratar. Para crecer.
La derecha democrática tiene aquí una oportunidad histórica: demostrar que defender la libertad económica no significa abandonar al pobre, sino confiar en su capacidad de dejar de serlo.
El verdadero objetivo no debería ser tener más beneficiarios.
Debería ser tener menos personas necesitadas de asistencia permanente y más ciudadanos capaces de vivir de su propio esfuerzo.
Porque la dignidad no consiste solamente en recibir.
También consiste en poder decir: esto lo construí yo.
Y una sociedad que multiplica esa posibilidad es una sociedad que no solamente reduce la pobreza. También amplía la libertad.
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Una década de vuelosLee la columna de Julio Barco
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20 horas agoon
29/08/2026By
Julio Barco
Diez años es tiempo suficiente para atisbar el desarrollo de una obra poética. En la poesía latinoamericana, hay muchos autores que, en una década, consolidaron una voz determinada. En “Un volantín yéndose paila” (2025, Astronómica), Nicolás López Pérez –poeta, traductor y profesor universitario– realiza una selección de diez años de sus publicaciones, tanto editadas como inéditas; para ello, asegura que muchos de sus poemas son como “volantines” (palabra chilena que designa a las famosas cometas: esos aeroplanos de papel celofán y caña; aunque también los hay de plástico).
La idea de asemejar la creación de poemas con objetos que los niños lanzan al viento va de la mano con el hecho de que, como reflexiona NLP en el prólogo, la poesía es el ritual de preparar las palabras, hacerlas volar y prolongar su estadía en el aire. Así, entramos a “Geografía de las geografías” (2015-2018), con su poética lúcida, que repasa, observa, define y borra los significados de la ciudad para encontrar en el verso una crítica al presente (“las ciudades están desamparadas/ sus barrios son ilusiones”). Más adelante, en “De la naturaleza afectiva de la forma” (2017-2020) prosigue la búsqueda del autor por un lenguaje auténtico; este trabajo ya lo analicé en un texto publicado en la web Metaliteratura, entonces reflexioné acerca de la influencia verasteguiana: “se desata el yo como hacker que, en su itinerario mental-lírico, busca reformarse, resetear los sentidos y alcanzar lo epifánico (…) También hay que observar otro guiño (…) las rosas y el saber poético.” En cierto modo, ahora que regreso a estos versos, corroboro lo dicho, y añado que, en estos poemas, ya se abre la siguiente búsqueda que lo conducirá a proyectos más arriesgados como “Metaliteratura & Co” (2018-2021). Aquí ya no hay reflexiones sobre la ciudad ni la búsqueda de una voz, sino el diálogo con lo literario: “Le pregunté a HH/ qué es un haiku/ no dijo nada”.
En total, la selección cubre once poemarios, más algunas traducciones y una suerte de obra performance. Estamos ante un poeta latinoamericano que irrumpe por el nuevo cielo como un volantín de lenguaje. Que su verso viaje en el viento.
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Autogoles en AcciónLee la columna de Edwin Cavello
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3 días agoon
28/08/2026By
Edwin Cavello Limas
Desde la sede central del Ministerio de Cultura, después de acomodarse en su despacho del octavo piso, uno de los primeros mensajes del cuestionado ministro Alberto Beingolea fue decir que el Mincul estaba “ideologizado” y que había sido “capturado por la izquierda”.
Lo que no nos contó fue que, desde el inicio de su gestión, el ministerio podía terminar copado por personajes vinculados al Partido Popular Cristiano (PPC). El caso de Lourdes Morales Morote y su hija, Sofía Aguayo Morales, apenas sería la punta de un iceberg que empieza a emerger.
La investigación de Lima Gris destapó uno de los primeros escándalos que golpean al gobierno de Keiko Fujimori. La intervención de la Fiscalía Anticorrupción al Ministerio de Cultura y a la Biblioteca Nacional del Perú coloca nuevamente sobre la mesa el fantasma del caso Richard Swing y las órdenes de servicio que estremecieron al gobierno de Martín Vizcarra.
Beingolea ya venía siendo cuestionado por sus movimientos y contrataciones en el IRTP. Ahora, el caso de Cultura amenaza con convertirse en un problema político para Palacio de Gobierno.
Es lamentable que algunos políticos sigan mirando al Estado como botín. No importa si existen profesionales con trayectoria, experiencia y méritos. Para ellos, la ética, la idoneidad y la meritocracia parecen convertirse en incómodos obstáculos. No llegan para servir. Llegan para servirse del Estado.
Y mientras la Fiscalía revisa documentos, en los pasillos del Mincul crece el silencio. Fuentes de la sede central informaron a esta columna que, después de la intervención fiscal, se realizó una reunión de urgencia en la que se habría amenazado y coaccionado a personal administrativo para evitar filtraciones de información.
Si esto ocurrió, la gravedad sería mayor. Una institución pública no puede responder a una investigación fiscal con miedo, presiones o silencios. Mucho menos cuando lo que está en juego es la transparencia de la gestión. ¿Qué más intenta escondernos el ministro Alberto Beingolea?
La presidenta Keiko Fujimori debería preguntarse si este es el ministro que quiere tener al frente de Cultura. Porque los autogoles de Beingolea no siempre se marcan frente a las cámaras. A veces se firma en una oficina, se sella en un despacho y termina golpeando directamente a Palacio de Gobierno.
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El arte de la pelotaLee la columna de Julio Aguilar
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3 días agoon
27/08/2026By
Redacción Lima Gris
Por Julio Aguilar
Una chalaca, un sombrero o una guachita son términos que remiten a objetos comunes; pero, al mismo tiempo, a una peruanidad más futbolera: metáforas exactas que representan las virguerías del balompié.
Ante la moda que impone el fútbol moderno de elaborar tácticas que convierten cada partido en un espectáculo mediocre, me reconforta oír palabras como las de el poeta del fútbol cuando celebra «las malicias de la calle frente a la fiesta de la mediocridad». Al igual que a muchos, me devuelve la vida esa picardía popular cuando nos vestimos de corto: esas trampas sabrosas nacidas en el vecindario.
La pared no se trata de una fantasía ni mucho menos. De niños, cuando jugábamos en la pista a falta de una cancha por estar cerrada, nos apoyábamos a menudo dando uno o dos toques para esquivar al rival. Ya en la losa de cemento o en el pasto, cuando la contienda se disputaba por una botella de gaseosa, la pared devenía en alegoría: era el amigo, el compinche que mejor sabe acariciarla. Es simple: el que entrega el esférico propone; el otro adivina y devuelve el favor. Las hay largas, de contragolpe; y cortas, como un murmullo. Estas acciones solo se pueden contrarrestar con un leve choque a quien la proyecta para interrumpir su marcha: una solución mañosa ausente en cualquier manual y a la que ya nadie presta atención (ni los propios árbitros), aunque muchas veces se prive al hincha del deleite de ver a dos maestros tejiendo magia.
Magos que son escasos en nuestros días: como Xavi e Iniesta, quienes en sus años mozos tiraban paredes que emocionaban a propios y extraños, resultado de una sintonía emocional pura. Se vio también a Messi hacer paredes con los propios rivales para sacárselos de encima, anulando su capacidad de reacción: un trazo de genio que solo está al alcance de unos pocos.
Y luego asoma la guachita, esa treta que consiste en deslizar el cuero por debajo de las piernas del adversario. «Ponte la sotana, cura» o el estruendoso «¡uhhh, de guachita te la hicieron!» retumbaban cuando el caño resultaba un éxito. Solo para hacer énfasis en su efecto: la guachita deja pasmado al oponente, envolviéndolo en una carga difícil de olvidar. Es una ocupación astuta del espacio que el rival involuntariamente ofrece y al que hay que saber sacarle provecho. El autor obtendrá esa misteriosa sensación de orgullo que la grada sabrá respaldar con un desesperado grito de ovación y efusivos aplausos. Se le crecerá el pecho un ratito, siempre y cuando no la falle ni la intente en su propia área: sinceramente, contemplar un túnel bien ejecutado es sencillamente hermoso.
Paso seguido irrumpe la chalaca, esa ejecución acrobática en la que el jugador se eleva, se arquea en el aire y, enseguida, engatilla de volea para mandar la pelota al fondo de la red. Esta maniobra legendaria acumula más de cien años de historia; aun hoy persiste un reclamo constante en el clamor popular por saber quién es el autor intelectual de semejante prodigio. Acorde a los relatos orales de antaño, la jugada nació en el puerto del Callao cuando los mulatos se reunían por invitación de los marines británicos e irlandeses, quienes anclaban sus embarcaciones en la costa y organizaban encuentros recreativos. Realizarla es complejo: se necesita tenacidad, precisión quirúrgica y una pizca de suerte. Quien la lograba a la perfección se ganaba el mote de maestro y el respeto de sus compañeros.
Pero esta obra de arte tenía otro obstáculo: una cancha apta. En el césped sintético o natural es vistosa; no obstante, es un suicidio intentarlo en la losa, porque quien lo hace puede llevarse un trallazo de padre santo cuyo dolor le durará siquiera una semana y, de yapa, algunas costillas quebradas. En el recuerdo que uno guarda permanece indeleble el gol de chalaca de Gareth Bale al Liverpool en la final de la Champions League del 2018: una auténtica oda al deporte rey.
Lo siguiente exige más finura. Para mandarse un sombrero se necesita que la pelota navegue en el aire y le saque la lengua al marcador cuando pasa por encima de su cabeza, dejándolo descolocado y buscando oxígeno. Si la pared o la guachita admiten cierto grado de cálculo, el sombrero nace de la pura intuición: es una iluminación repentina. Un lujo de otra época que hoy escasea, pues la suspensión del balón y su posterior caída requieren un margen de tiempo y espacio que la rigidez actual frena. Sin embargo, por pura estampa, ejecutarlo es ponerse una insignia de crack. Apenas el cuero vuelve al chimpún, toca seguir la marcha con elegancia, como si la genialidad no fuera más que un detalle de rutina.
Finalmente, la finta se trata de hacer un regate para eludir al rival con la pelota. Es otro recurso artístico que se utiliza en la cancha; este movimiento sí o sí requiere de un talento innato, pues pocos son los que rozan la perfección con este gesto. Messi hizo de esta jugada la prueba más fehaciente de la existencia de Dios en aquella semifinal de Champions en la que el destino, siempre caprichoso, quiso que la víctima fuese Boateng: sus piernas fueron dos ramas que se movieron al son de la brisa del encanto del argentino, cual flautista de Hamelín, para finalizar pinchándola por encima de Neuer, haciendo de la pelota su pincel y del gol su Capilla Sixtina.
Hacer gala de estos trucos es la expresión de ese fútbol que de verdad farmea aura.
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Estados generales, de Mauricio Freire (2025)Lee la columna de Mario Castro Cobos
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4 días agoon
27/08/2026By
Mario Castro Cobos
¿Entre el objeto puramente bello (la belleza es impune y lleva a la ética) y el arma arrojadiza (bendita y justa por supuesto)? Esta película toca dos extremos que, siendo claros y obvios -el erótico y el tanático- no desarrolla ni profundiza (por lo menos, lo mínimo suficiente) como para que lleguen a tocarse o a unirse de manera relevante entre sí, para producir una unidad mayor. Así la película debilita su estado general, su solidez, su coherencia -e incluso su credibilidad-. Esto queda aún más claro al final, donde lo abierto no lo es por la riqueza o por la ambigüedad, sino porque hay una falta, algo que debió estar ahí pero no está.
Tras una incitante apertura, una pequeña escena erótica que parecía renovar y superar el planteamiento aburrido habitual de una película ‘conceptual’, ‘abstracta’, o ‘pensada para galerías de arte’; de una película perteneciente a una raza jocosa llamada ‘vanguardia académica’; de una película antipáticamente fría ‘sin carne ni sangre’: me refiero a la escena de una pareja dándose un beso, en el Jardín Botánico de Madrid, en consonancia con la belleza y vitalidad de la naturaleza que rodea a los amantes, es decir con la vida misma -naturaleza (reino vegetal más que nada) que nos es insistente e incluso admirablemente mostrada a lo largo de toda la película-.
La línea abiertamente erótica (humana) mostraba de manera inmejorable la fuerza de la naturaleza precisamente ‘en’ o ‘de’ lo humano. Y no hubo más de eso. El erotismo humano abría la apetecible -irrenunciable- posibilidad de mostrar su contraparte, el necrocapitalismo, en su claro horror (que viva el contraste para entender la realidad) ya documentado de manera incipiente en la segunda parte, filmada en el Valle de Chincha, en Perú (incluso como amago de ‘película de denuncia’) así que mientras más lejos se fuera de cada lado… al fin se lograría una unidad superior. Fuerzas de la vida y fuerzas de la muerte. Pero no.
Afirmo y no niego la belleza y pertinencia de muchas de las imágenes de Estados generales. Como decía el poeta Martí: “La naturaleza habla mejor que el hombre”. Y sí, reí encontrarme entre la delicia erótica y la pesquisa forense. El conocimiento científico estimulante pero en un punto burocrático e insuficiente. Hay que ver las semillas vivas. En sentido literal pero a la vez social.
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El Jardín 42 de Miraflores cumplirá 63 años: Colegio vitrinaLee la columna de Marisol Verónica Giordano Silva
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4 días agoon
26/08/2026By
Redacción Lima Gris
Por Dra. Marisol Verónica Giordano Silva
Cumplir 63 años de actividad ininterrumpida, máxime si están dedicados a la educación, es motivo de orgullo y compromiso. Efectivamente, el próximo 16 de octubre del 2026, el Jardín 42 cumplirá más de seis décadas de servicio desde aquel lejano año de 1952.
No obstante, la celebración se realiza tradicionalmente a finales del mes de agosto, cuando el personal directivo, docente, los alumnos y padres de familia realizan una serie de actividades en la sede institucional ubicada en la Urbanización Aurora, del distrito de Miraflores, terreno mediante el cual el Ministerio de Educación afectó más de 4,581 metros cuadrados con la Resolución Suprema Nº 39-H, y ahí se construyó un jardín de la Infancia, a cargo del Rotary Club de Miraflores, presidido entonces por el General de Div. EP Romero Pardo.
Recordemos que en julio del año 1956 se dio inicio a la construcción del Jardín 42 y en dicho acto estuvo presente para poner la primera piedra la destacada pedagoga Emilia Barcia Boniffatti, fundadora de los Jardines de Infancia en el Perú, siendo precisamente que el Jardín de la Autora fue el número 42 de los creaos por ella, y cuyas actividades pedagógicas quedaron formalizadas el 1 de Abril de 1963, mediante Resolución Ministerial Nº 1101.
Tengamos presente que dicha institución educativa miraflorina es una de las más grandes en extensión e infraestructura de las creadas en América Latina por el Rotary Club y entregado al Gobierno Peruano para su funcionamiento, que en sus inicios tuvo con 01 directora, 04 profesoras de aula, 01 auxiliar de educación y 01 plaza de portero. Pero el Jardín creció y con el paso de los años en este 2026 cuenta con 01 plaza de directora, a cargo de la Mg. Mercedes Escobar Vásquez; 02 plazas de subdirectora, a cargo actualmente de la Lic. Olga Rosa Delgado y la Lic. Cristina Tolentino.

De otro lado cuenta con 22 plazas de profesoras de aula, 01 plaza de Psicóloga, 16 plazas de auxiliares de educación, 04 plazas de personal administrativo de servicio y 02 plazas de personal administrativo de oficina.
En este Jardín ejemplar y emblemático hay 580 escolares de 2, 3, 4 y 5 años de edad, distribuidos en dos turnos, 11 secciones en el turno mañana y 10 secciones en el turno tarde; y son infantes que provienen de los distritos de Miraflores y Surquillo principalmente.
En esta escuela se han desarrollado muchos proyectos ganadores de buenas prácticas Docentes (FONDEP) a nivel sectorial y nacional, contando también con nominaciones en concursos internacionales; siendo sus proyectos innovadores los siguientes: “Descubriendo la Magia de Cuenta Emilia”; “En el huerto de Emilia aprendo y soy feliz”; “Editorial Emilia Cartonera”; “El canal de Emilia”; “Con Cajas y cartones desarrollamos nuestros dones y Desarrollamos nuestros aprendizajes a través de nuestros sentidos”.
Hoy la escuela es conocida por las nuevas generaciones como la IEI N° 42 Elizabeth Espejo de Marroquín y su extenso terreno le permite contar con 11 aulas sumamente amplias y ventiladas, en óptimas condiciones y cada una de ellas con sus respectivos servicios higiénicos. Asimismo, cuenta con dos ambientes de psicomotricidad, un aula sensorial, un espacio de biohuerto, un espacio que es un estudio para nuestro canal de YouTube, dos patios amplios y un patio de juegos para recreación de nuestros niños, siendo reconocida como una “Ciudad para niños”, ya que cada aula refleja una casita, y cuenta con pasajes con nombres de calles y un circuito vial para familiarizarse precisamente con la educación Vial.
La IEI N° 42 está dentro de la jurisdicción de la UGEL 07 y ha obtenido importantes reconocimientos oficiales por sus propuestas de innovación y gestión ambiental. Por ejemplo, fue ganadora en el V Concurso Nacional de Buenas Prácticas Docentes (Ministerio de Educación – UGEL 07) del año 2017 con su reconocida práctica pedagógica y ambiental titulada «Cuidamos nuestro ambiente en el huerto de Emilia».
Podríamos profundizar más en estos aspectos y en los galardones recibidos, pero los límites estrechos de una columna nos comprometen para una futura entrega informativa sobre los mismos. No obstante, sea esta la oportunidad para extenderles a la comunidad educativa del tradicional Jardín 42, hoy IEI N° 42 Elizabeth Espejo de Marroquín, mi más sincera felicitación a mis colegas y a la inmensa comunidad de estudiantes y padres de familia que hacen posible que la excelente labor y el servicio de excelencia sean impartidos desde la Urbanización Aurora, de Miraflores, a las generaciones del presente y a las venideras promociones de educandos para tener en la sociedad hombres y mujeres de bien y con valores cristianos.
¡Feliz 63 Aniversario!
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La broma infinita: cupido requisitoriadoMi pecado fue amar a una mujer; mi error, meterme en su vida. Quince años después comprendes, Méndez, que nunca es tarde para exigir perdón y justicia.
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4 días agoon
26/08/2026By
Redacción Lima Gris
Por: Juan José Sandoval
A fines del año pasado estaba a punto de entrar a trabajar a una minera. Tenía todo listo: la aprobación de la gerenta, las entrevistas pasadas y un panorama favorable. Hasta que me mandaron a los exámenes médicos. No me volvieron a llamar y me dejaron de regalo un diagnóstico de hipertenso y diabético. Me dejaron sin chamba y enfermo. Ahora tomo cinco pastillas al día y mi orina cambió de color y olor para siempre.
Pensé que la prueba de sangre había mapeado mi esencia subterránea, pero el problema no era el doping; aguanté como el Diegote, pero igual me dejaron en visto cuando pregunté cuándo arrancábamos.
Lo descubrí meses después, en pleno verano, cuando envié mi postulación a los Estímulos Económicos del Ministerio de Cultura. Tenía un proyecto lindo para promover la literatura peruana en el extranjero; contaba con las cartas de invitación y los auspicios para cerrar el plan. Pero no pasé el primer filtro: me saltó un antecedente judicial que debía subsanar en cinco días hábiles.
Aunque tengo procesos en Fiscalía, todos estaban mapeados con mi abogado y respondían estrictamente a mi práctica periodística. Este caso no lo tenía en órbita; más bien me sacó de ella. Remontaba al 2011, época en que tuve una relación intensa con una guapa periodista de quien vivía enamorado desde el colegio. Fuimos compañeros desde chicos y la historia se concretó 32 años después.
Los trece meses de amor en pareja se vieron opacados por la desaprobación de su familia. La cúspide del conflicto reventó en la cocina de su casa, donde pudo haber una tragedia y la guapa comunicadora terminó al borde de ser la sucesora de Giulianna Llamoja o ser bautizada por la prensa chicha como «la loca del cuchillo». El incidente acabó en la comisaría de Surco, adonde los involucrados tuvimos que acudir reiteradas veces durante los dos años siguientes.
Recuerdo haber cumplido, por recomendación de mi abogado, cada indicación de la Policía y del Poder Judicial: asistí a terapia psicológica en condición de agresor por orden del juez y no volví a verlas nunca más, bajo juramento ante un cura.
Pero la descalificación del Ministerio de Cultura me devolvió de golpe a ese recuerdo infame. Tuve que peregrinar por las dependencias que me procesaron para averiguar por qué figuraba requisitoriado si había cumplido con todo lo que exigía la ley.
Hasta que di con el origen de la mancha que no me dejaba trabajar en la mina ni postular a los fondos públicos: todo venía del INPE. ¿El INPE? ¿Ahí donde registran a los reclusos sentenciados? Me di cuenta de que para el sistema yo era un sentenciado que no había cumplido su condena; en cualquier momento, en la calle o en un restaurante, me podían intervenir y mandar directo al calabozo.
Desde ese día me sentí un prófugo. Anduve con cautela, camuflado con lentes y gorrita. Descarté teñirme el cabello por la severa calvicie que gobierna mi azotea, pero me dejé el bigote.
Agarré valor y un día me acerqué al INPE. Temía que al digitar mi DNI saltara una alerta roja en la pantalla y me detuvieran al instante. Dejé la solicitud de revisión mientras buscaba la forma de insertarme en el mercado laboral aun con ese anticuchazo en mi registro.
A los dos meses me llegó una carta de la institución informándome que se habían equivocado y que procederían a actualizar su base de datos. Sin embargo, en los sistemas de Trabajo y Cultura seguiré figurando como un agresor que no asistió a sus terapias.
Lo trágico y cómico del caso es que en aquel incidente de la cocina fui yo quien impidió la tragedia.
En su momento le escribí una carta a mi exsuegra a manera de despedida, expresándole el afecto que le guardé durante esos trece meses en su domicilio. Como no me gusta desperdiciar nada de lo que escribo, la subí a mis redes y la gente empezó a meterle harto like. Pero al toque me la bajaron; siempre tuve presente que la señora trabajó años en el SIN de Montesinos.
Veo también que la guapa periodista asume cargos públicos celebrados por muchos, aunque pesan más las denuncias laborales en su contra por un bajísimo control de la ira.
Esto no me ha hecho claudicar en utilizar el amor como herramienta para buscar la felicidad, aunque hoy encuentro más placentero cobrar renta a través de pequeñas venganzas personales en nombre de la literatura peruana. Agúzate, Valdelomar, que llegó tu ocaso.
Opinión
«La Carretera», de Roberto de Olazábal WismannLee la columna de Rodolfo Ybarra
Published
4 días agoon
26/08/2026By
Rodolfo Ybarra
Un libro de poesía casi siempre es una casa o un camino a ella. Muchos escritores han hablado de esta senda-ruta-vereda desde el viaje de Ulises a Ítaca pasando por el On the road de Jack Kerouac o los dos caminos que plantea El Paraiso Perdido de Milton: el hades y la Tierra.
Pero Roberto de Olazábal Wismann, periodista, empresario, tutor de la minotáurica Librería Casatomada y editor del sello Barba Negra, nos quiere contar su propio camino en pasos trajinados: sus viajes, aventuras y desventuras, cuando no el desamor o la pérdida.
Entonces brillan con luz propia de semáforo esas Luciérnagas en Pichanaqui que titilan en el libro o la fogata en la oscuridad densa. Siempre con palabras que se entrecruzan y que dicen sin decir. Connotan, dan a entender bajo un manto protector de Eguren o Martín Adán y los maudits franceses: Mallarmé, Verlaine, Rimbaud y Baudelaire.
Y su propia voz que se esparce como hojas vivas o secas en Flores a la tumba: Tengo el andar congelado,/pero cómo no sonreír,/está tan feliz,/yo pesado, entumecido.//En la carretera,/Se detuvo tu reloj,/lejos de tu corazón/en la altura,/ la ambición entonces/ y la calumnia antes/castigó, mas no amargó/a la bella mujer que llegaste a ser/pasos, palabras, ideas/aún dormida/con la vista atenta,/aquella eternidad,/no te conocí,/te hubiera gustado cargarme/y envolverme entre tus sedas/tú tan suave y bella en la fotografía/sin pan bajo el brazo,/llegué con flores.
La Carretera es una ópera prima, pero madura como fruto caído del árbol. Quizás la mejor prueba sea ese último poema “Joaquín Rodrigo en Aranjuez” que nos obliga a adentrarnos en la música clásica: el Concierto de Aranjuez que trasunta un dolor extremo: la pérdida de un hijo, la mujer enferma, el fin de la Guerra Civil Española y la 2GM. Y ese diálogo de la guitarra como voz que le reprocha a Dios las tribulaciones: Ahora toca,/y que todos sientan tu dolor,/tu reproche, tu furia, tu miedo.//Que sepan al despertar/que ya nadie necesitará vivir tu pena/ni enfrentarse a Dios,/bastará cerrar los ojos, como tú,/ciego,/y oír lo que ocurrió en Aranjuez/para entender que la pérdida/también completa,/y el espíritu, al perder,/también gana.
Así, Roberto de Olazábal Wismann nos entrega esta carretera llena de paraderos simbólicos, extrañas nieblas como la de Feldrich, el cerro Baúl u otros espacios y seres como la Ardilla o la Mujer Tormenta. Y todo esto es Poesía.
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