“Memorias de una limeña” no solo es una novela muy entretenida, sino también un canto de amor a Lima y sus contrastes. Su autor, Alonso Cueto, la explora en uno de sus periodos de mayor esplendor cultural.
Alonso Cueto. Foto: Carlos Félix.
Gabriel Ruiz OrtegaEscucharResumenCompartirLa República conversó con Alonso Cueto sobre su última novela, Memorias de una limeña (Random House). En este proyecto, el reconocido escritor explora las décadas de la primera mitad del siglo XX que definieron a Lima como una ciudad signada por los contrastes, la efervescencia cultural y las crisis políticas. Cueto relata esta historia desde el punto de vista de una mujer que halla en la escritura sobre su vida el camino a la redención personal, un proceso donde la cultura peruana fue un factor fundamental.
-Memorias de una limeña es tu última novela. Hasta el momento, es la novela peruana del año más vendida. Imagino que no te molesta que te digan que eres un escritor entretenido.
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-Me gusta que digas eso. Una novela debe ser una exploración en la identidad de los personajes, debe hacer una serie de preguntas sobre la naturaleza, las situaciones y debe tener un tono reflexivo y cuestionador, pero también debe ser entretenida y el entretenimiento es una cualidad poco valorada hoy en día porque se considera que es superficial. Bueno, en realidad no hay nada más difícil que ser entretenido. Ser entretenido supone manejar el suspenso, manejar la expectativa, dosificar, enfatizar, ocultar; es decir, se supone una modulación de la trama de una manera tal que la historia pueda tener alas; así como tiene que tener raíces, una historia tiene que tener alas y puede así ir avanzando.
-Lo que dices se asocia con la novela del XIX.
-El XIX es el gran siglo de la novela. En el XIX no se concebía una novela que no fuera entretenimiento. Lo que pasa es que en el siglo XX el aburrimiento empezó a ganar prestigio con Joyce, con todo lo extraordinario que es Joyce como escritor; los seguidores de Joyce empezaron a considerar que la trama no era necesaria, que el argumento no era necesario, y eso llevó a esta idea de que el aburrimiento es una virtud. Pero yo creo que no hay nada más difícil que contar una historia. Y que en ese contar la historia, el manejo de la expectativa y de la intriga y de la acción es algo fundamental para un escritor.
-Estas primeras impresiones que te he formulado son básicas, pero creo que necesarias para poder tener una aproximación a los miles de lectores que tienes, a los que no les importa, por ejemplo, la valoración crítica para leerte. Memorias de una limeña no es una novela feliz, pero es muy divertida. Para ti, como autor, ¿qué viene primero: la historia o el tono?
-Primero viene la historia. Y una vez que viene la historia, creo yo, por lo menos la premisa, uno busca un tono que sea el más adecuado para contarla. Pero el tono es algo que se logra con mucha dificultad, con mucho ensayo y error. Detrás del tono hay mucha práctica. Los lectores buscan leer historias. Y yo cuento historias en base a una de mis obsesiones, que es el pasado. Mis historias tienen que ver con la memoria porque me parece que nuestra identidad está compuesta por lo que recordamos, pensando en el recuerdo como una operación que involucra todo nuestro ser, toda nuestra naturaleza. La palabra recuerdo, bajo la idea de Jorge Manrique cuando dice “Recuerda el alma dormida, viva el seso y despierte, contemplando cómo se pasa la vida, cómo se suena la muerte tan callando”, es hacer cuerdo, o sea, hacer claro, hacer lúcido lo que ha ocurrido. Pero la palabra acorde también tiene que ver con el corazón; es la palabra que indica el corazón. Recordar es hacer volver a pasar algo por el corazón, hacer que algo regrese a través del corazón. Entonces, tanto la inteligencia como las emociones están involucradas en el recuerdo.
-Como se indica en el título, tenemos las memorias de una mujer, la de Adriana Verón Taipe, que tiene casi 70 años. La novela abarca varias etapas de nuestra historia hasta los sesenta. Una de ellas es el fervor de Lima a inicios del siglo XX. Era una Lima muy cultural y con movimiento.
-Había optimismo y entusiasmo. Es una época en la que hay un gran culto por la elegancia, por la distinción, por la amistad y al mismo tiempo por el arte, cuando aparecen figuras como Valdelomar, quien pensaba que el arte tenía que ser un bien social, que debía haber una educación del espíritu a través del arte que se propagara por todos los rincones. Esto después se convirtió en una serie de propuestas políticas, porque en cierto modo, Mariátegui sigue a Valdelomar. Mariátegui toma de él esta idea y la convierte en una utopía ya no artística, sino social y política.

"Memorias de una limeña" (Random House). Precio: S/. 79. Imagen: Difusión.
-¿Había una esperanza?
-Lo que yo extraño de estos años, en los que ocurre la novela, es que había una fe en el futuro. Por ejemplo, Magda Portal me contó, cuando la conocí en Estados Unidos, que ella era poeta, pero que un día Haya de la Torre le dijo que no es el momento de la poesía, es el momento de la acción política. Entonces, ella fue al río Rímac y tiró todos sus versos al agua.
-Por ejemplo, Mariátegui, en su casa, adoctrinaba a sus discípulos, como si los estuviera preparando para los grandes cambios sociales.
-Dos muchachos que llegaron a hablar con él salieron con la convicción de que el capitalismo se iba a terminar. Se fueron al Parque de la Reserva y ahí había una confitería y se gastaron todo el dinero que tenían porque, como el capitalismo se iba a acabar, el dinero no iba a ser necesario. Se tenía, pues, una convicción en el futuro. Pero esta fe se acaba en los 30 cuando llegan los militares.
-A esta Lima cultural e intelectual, habría que sumarle la dependencia de la imitación. ¿Es un aspecto que nunca va a cambiar?
-Una de las características que, tradicionalmente, ha tenido Lima y el Perú ha sido la imitación de lo extranjero, y se puede ver en la imitación de lo que es foráneo en la arquitectura, en las modas. En esos años se bailaba foxtrot, charleston y peabody, que eran ritmos que venían de otros lados. Y aparece Felipe Pinglo Alva, pero su música no es valorada por la clase alta. De hecho, cuando Pinglo muere, hay muy poca repercusión en la prensa. Pero tiene que venir, en los años 50, una persona de la clase alta, que es Chabuca Granda, a decir esta es una gran música. Y Lima es una gran ciudad. Chabuca Granda lo dice: “Déjame que te cuente, limeño”, y después agrega, “déjame que te diga la gloria del ensueño que evoca la memoria”. Chabuca Granda y Raúl Porras fueron figuras importantísimas para la música criolla. Porras empieza a escribir y enseñar sobre personajes peruanos y la historia peruana. Es así que empieza a valorarse a Pinglo, la música criolla y a escritores como Pedro Espinel.
-Pasaba también con la comida, ¿no?
-En los años de la República Aristocrática, cuando alguien te invitaba a cenar, te mandaban una invitación con el menú. Pero el menú no era lomo saltado o ají de gallina. Era comida francesa. La comida criolla, la comida peruana, no era valorada. Tuvo que venir otra vez un personaje de la clase alta, como Gastón Acurio, a decir que esto es una comida de lujo, de primer nivel en cualquier parte del mundo.
-Adriana sufre una caída y su vida cambia radicalmente. Aquí la cultura es clave.
-Adriana se recupera a través de una empresa que es una empresa de tejidos, porque ella empieza a buscar en el Cusco unos tintes que no hay en ninguna parte del mundo y que son los que ofrece después cuando ella viaja al extranjero. Ella busca en las raíces del Perú estos elementos que son distintivos. Lo mismo que podría decirse de la música y de la gastronomía, se puede decir de los tejidos. Gracias a esa conexión con el mundo andino, ella se autodescubre, consigue una redención.

Alonso Cueto: "Los lectores buscan leer historias. Y yo cuento historias en base a una de mis obsesiones, que es el pasado". Foto: Carlos Félix.
-Volviendo a lo de la imitación, como que ella ha contribuido a lo huachafo.
—Vargas Llosa dijo que la gran contribución del Perú a la cultura universal era la huachafada. Hay varias versiones de su procedencia, pero yo creo que la que tiene razón es Martha Hildebrandt, quien descubre que huachafo es una palabra colombiana que se refería a las fiestas. Varios amigos colombianos me han dicho que sus abuelos usaban esa palabra para referirse a las fiestas. Además, la historia que circula es que llegaron unas colombianas costeñas al centro de Lima e hicieron unas fiestas que se llamaban huachafas, donde tocaban porro, vallenato y cumbia. Para la sociedad más tradicional de Lima, esas mujeres les parecían excesivas, exageradas, muy pintorescas. Esa palabra huachafa se convirtió después en sinónimo de cursi, excesivo. Sin embargo, yo creo que, de acuerdo a lo que dice Martín Adán también en su estudio De lo barroco en el Perú, el Perú es un país barroco. O sea, Vargas Llosa tenía razón, Perú es un país huachafo. El Perú es un país abigarrado, pintoresco, lleno de colores, que es una suma de contrarios, y en esa suma de contrarios se mueven ciudades como Lima.
-Tienes varios libros sobre Lima. Se ve que esta es una novela para la que te has preparado “sin prepararte”. Uno de los puntos que sostienen la narración es la voz de la mujer. La voz de Adriana y de las otras mujeres es muy verosímil. Recuerdo que dejaste una buena impresión con tu novela El susurro de la mujer ballena. ¿Cuán difícil es escribir desde la voz de la mujer?
-Es muy difícil. Uno tiene que meterse en lo más difícil que uno pueda meterse. Y para mí una de las cosas más difíciles es asumir una identidad de lo más distinta a la que yo tengo. Y entonces pensé en escribir, después de La hora azul, una novela con una voz femenina, que fue esta que mencionas, que es El susurro de la mujer ballena, que fue la primera vez que hice eso.
-Cuando los escritores escriben desde la voz femenina, suelen fracasar.
-Yo tuve ayuda de mi esposa y de mi madre. Cuando tenía dudas, les preguntaba. Lo que me atrae del mundo de la mujer es tener la libertad de hablar de las relaciones en sus estados más intensos. Es decir, creo que las mujeres son capaces de establecer vínculos muy intensos, muy productivos con los demás. Asumir el papel femenino me permite desplegar la red de relaciones que puede tener alguien de una manera más densa y más extensa. Y como las novelas tienen que ver con las relaciones entre la gente y no solo con la gente encerrada, a menudo olvido el género de los personajes por ese motivo. Por otro lado, la mujer es un tema interesante porque muchas veces ha sido muy reprimida por sus padres o sus maridos, y ha guardado mucho dentro, y todo eso que ahí también hace que su conciencia sea un espacio de exploración más interesante porque hay tantas cosas reprimidas, pero que están circulando en su interior.
-Adriana es una mujer intensa.
-Es muy intensa.
-¿Lima es una ciudad femenina?
—Lima no es una ciudad identificada con lo masculino. Lima es femenina como ciudad. En Lima se han destruido muchas calles, casas, pero aún quedan algunos espacios. Lo que sí siento es que ahora hay una valoración de lo peruano para los peruanos después de todas estas épocas de imitación de lo foráneo. Yo pienso que, por un lado, está la percepción de una ciudad caótica, imposible, colapsada, y que por otro tiene dos lujos que son el océano Pacífico y la gastronomía. Puedes agregar un lujo más, que son las montañas que también están muy cerca y que nos rodean.
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