Hay algo profundamente revelador en la manera en que una persona cambia cuando pasa de ser un ciudadano común a ocupar una función pública. De pronto, quien ayer era un desconocido comienza a ser llamado “autoridad”. Se abren puertas, aparecen saludos, fotografías, invitaciones y personas que buscan su cercanía. Y es precisamente allí donde comienza una de las pruebas más difíciles del ser humano: recordar quién era antes de tener poder.

Un cargo público no transforma a una persona en alguien superior. Le entrega, temporalmente, una responsabilidad que pertenece a la sociedad. El poder no es propiedad de quien lo ejerce; es un encargo. La autoridad no debería alimentar el ego, sino aumentar el sentido de responsabilidad.

Sin embargo, con demasiada frecuencia ocurre lo contrario. La persona empieza a confundirse con el cargo. El “yo” termina ocupando el lugar del “servicio”. La autoridad deja de ser una herramienta para resolver problemas de otros y comienza a convertirse en una fuente de reconocimiento personal. Y así aparece, casi imperceptiblemente, la arrogancia: esa necesidad innecesaria de demostrar que se tiene poder, de marcar distancias y de sentirse importante porque otros deben obedecer.

Pero hay una verdad que el poder nunca debería permitirnos olvidar: todo cargo público tiene fecha de vencimiento.

Los despachos cambian de ocupante. Las fotografías oficiales quedan en los archivos. Los títulos desaparecen de las tarjetas personales. Las llamadas disminuyen y las puertas que alguna vez se abrían con facilidad vuelven a ser puertas comunes. Entonces queda la persona.

La humildad en la función pública no es debilidad. Requiere fortaleza interior: escuchar cuando todos alrededor dicen que uno tiene la razón; tratar con respeto a quien no puede ofrecer nada a cambio; y comprender que el cargo puede conferir autoridad institucional, pero jamás superioridad humana.

Quizá una de las preguntas que toda persona que asume una responsabilidad pública debería hacerse sea: “¿Quién seré cuando ya no tenga este cargo?” La respuesta debería acompañarla durante todo el tiempo que permanezca en él.

Porque la verdadera vocación de servicio no se demuestra cuando uno tiene poder sobre los demás, sino cuando, teniendo poder, decide no sentirse superior a ellos.

Los cargos pasan. Las autoridades cambian. Los gobiernos terminan. Pero la manera en que tratamos a las personas mientras tuvimos la posibilidad de hacerlo permanece. El poder es temporal; la dignidad con la que lo ejercemos puede ser permanente.

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