La sala cuatro del museo Pedro de Osma parece un pequeño templo. En medio de un silencio reverencial, se observan pinturas dedicadas a la vida espiritual de Rosa de Lima: su cercanía con la figura del Niño Jesús, como en un bello óleo anónimo del siglo XVIII (en nuestra portada), sus milagros, sus recorridos por la ciudad virreinal y su preocupación por el cuidado de los enfermos o su defensa de la fe católica.
Entre estos cuadros, también sobresale una peculiar obra de Ignacio Merino, quien representa a la santa de mayor edad –ella murió a los 31 años–, quizá como una forma de afirmar su presencia en el imaginario colectivo.
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