El dramaturgo César Vega (Arequipa, 1936) cuenta que el crítico Alfonso La Torre quería “encajonar” a “Ipacankure” dentro del teatro del absurdo. A Vega no le gusta la etiqueta porque ni era su intención ni había leído entonces “Esperando a Godot” (1952), con la que su obra guarda algunas similitudes, sobre todo lo que Martin Esslin, autor del fundamental “The Theatre Of The Absurd”, señala como una acción que parece “representar un mundo onírico de pesadillas o acontecimientos reales”.

Sin embargo, a partir de allí “Ipacankure” se aleja de ese canon. Los personajes (Uno y Dos/Raúl) tienen cierta individualidad, no cambian su naturaleza por completo a “mitad de la acción”, las “leyes de la probabilidad” o de la física tampoco se suspenden, y los diálogos no se salen de control ni se estancan en “repeticiones infinitas”. Lo que ocurre parece estar motivado por lo irracional y absurdo, pero no por lo inexplicable. A diferencia de Beckett, Ionesco o Adamov, las experiencias que Vega muestra son propias de un país cuya normalidad es estar de cabeza.

“Ipacankure”, mención honrosa del Premio Casa de las Américas 1969, es una obra que se potencia desde el límite, desde lo que parece absurdo: por la necesidad de un techo y de compañía, Dos/Raúl comparte cama y pijama con Uno, mientras que durante el día vende chucherías en las calles. Hay algo de biográfico y de ficción porque esto le sucedió al mismo autor en La Victoria y Raúl fue un amigo querido, pero jamás hubo alguien que, así como Uno, gritara que ya llega Ipacankure.

Hoy la obra se monta en la Asociación de Artistas Aficionados. La dirige Alberto Ísola, quien cambia de posición la cama y equilibra lo que bien podría ser una amistad profunda y contradictoria, un vínculo de amor del que notamos rastros y frases con segundas intenciones que se destacan en la puesta en escena o en la misma carta que deja Uno. Ísola agrega una escena final que sintetiza su mirada sobre la obra de Vega. Coincido con ella en que “Ipacankure” se trata de las esperanzas de los migrantes, de los sueños del autor arequipeño de que sí es posible hacerse de un lugar en Lima. A ello se suma el trabajo de Alaín Salinas y Herbert Corimanya, precisos al dar vida a dos mercachifles tocados por una ciudad que los relega a los márgenes. Buenos fraseos, excelente ritmo. Es imposible no aplaudir que le saquen brillo a un libreto muy bien escrito.

¿Por qué nos olvidamos de Vega, autoproclamado pionero en mostrar la reforma agraria sobre las tablas, y de sus obras ganadoras del Premio Tirso de Molina de España (1976), Premio Nacional de Dramaturgia (1987) y de Teatro (1989)? ¿Cómo se explica que hoy se le redescubra sin la bulla que sus galardones ameritan? Al limeño solo parece interesarle ver un espejo sobre las tablas, pero no parece estar dispuesto –en términos del argentino Pompeyo Audivert– a tirarle un piedrazo a ese espejo. Eso es lo que logra “Ipacankure”: que dudemos, incluso de nosotros mismos.

TE PUEDE INTERESAR

Leer artículo completo en elcomercio.pe →