Se cumple el primer mes de gobierno de Keiko Fujimori y, aunque resulta todavía prematuro emitir un veredicto objetivo sobre una gestión que recién comienza, este es un momento oportuno para evaluar las señales, las prioridades y, sobre todo, la dirección que empieza a tomar el país.
La presidenta asumió el cargo en medio de enormes expectativas. Prometió recuperar el orden, enfrentar con firmeza la criminalidad, acercar el Estado a las regiones, prepararnos frente a los embates del Fenómeno de El Niño y promover una reconciliación nacional después de años de enfrentamientos políticos. Son objetivos ambiciosos, pero también corresponden a la dimensión de los problemas que hoy enfrenta el Perú.
El problema es que los resultados recién se verán el próximo año, tal como lo dejó entrever la mandataria. Y creemos que así será. Sin embargo, en un país donde las expectativas de los peruanos eran altas, este panorama genera desilusión y desazón. Y escuchar a Keiko quejarse porque ha “recibido un país con cifras terribles” es peor.
Un gobierno puede pedir comprensión frente a problemas heredados, pero no puede convertir la herencia recibida en una explicación permanente. Quien postula a la Presidencia sabe perfectamente que recibirá un Estado con deficiencias, instituciones debilitadas y problemas acumulados. Gobernar significa precisamente asumir esa realidad y transformarla.
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