PARA ESCUCHARNOS TODOS. El sociólogo y exdirector del Lugar de la Memoria, Guillermo Nugent, encabezó una visita guiada por este complejo el fin de semana. Este es un resumen de su reflexión de por qué es necesario un espacio como este y de lo urgente que es la reconciliación entre todos los actores del conflicto.

Así es el ingreso al Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social —el LUM, un museo que guarda las memorias de la época del terror. No hay torniquetes, ni detector de metales; el único filtro es un guardia que te guía para acercarte al módulo de recepción y entregar tu DNI. Hace dos días, este lugar superó su aforo con 29 grados de sensación térmica en los pasillos de la exposición permanente. Centenares de personas acudieron a la visita guiada por Guillermo Nugent, sociólogo y exdirector del propio LUM, una cita promovida por la diputada Rossana Alayza en sus redes sociales.

Nadie parecía haber calculado que tanta gente quisiera pasar una mañana de domingo escuchando hablar de Sendero Luminoso, del MRTA y de las Fuerzas Armadas en un edificio de concreto que este año cumple once de funcionamiento. Nugent se desplaza por el LUM como quien camina por una casa que conoce de toda la vida: sabe dónde detenerse para llamar a la reflexión y señalar adónde el público debe mirar mientras explica lo que hay detrás de cada fotografía expuesta.

Empieza diciendo que recordar exige respeto. Y el primer objeto ante el que se detiene es una réplica del ánfora de Chuschi que integrantes de Sendero Luminoso quemaron en ese distrito de Ayacucho el 17 de mayo de 1980, en el inicio de sus acciones terroristas. “Contarlo así -dice- es correr el riesgo de sonar a dato de manual escolar”. Luego explica que esas elecciones fueron las primeras universales del país: no hubo restricciones de género ni de grado de instrucción para votar, y el propio Jurado Nacional de Elecciones de la época tuvo que sacar una convocatoria especial para registrar a la población analfabeta que, hasta entonces, jamás había podido sufragar. Este es un resumen de su reflexión de por qué es necesario un espacio como este y de lo urgente que es la reconciliación entre todos los actores del conflicto.

Sendero intentó quemar eso. No un local de votación cualquiera, sino el símbolo físico de un país que, tras la dictadura militar, había decidido, precariamente, ensayar el voto secreto.

Nugent vuelve a hacer una pausa que no esperaba nadie y comienza a reflexionar sobre el lenguaje cotidiano. Dice que el peruano tiene una especie de tic inconsciente al hablar por teléfono: “Oye, escúchame”. Ese tic no es casualidad; los peruanos —afirma— hablamos todo el tiempo, sostenemos conversaciones constantes, pero no nos escuchamos.

De ahí, el recorrido da un giro que no está en ningún folleto: la reconciliación como una carrera contra el tiempo. Nugent habla del “tiempo que no perdona” y explica que los protagonistas de aquellos años —militares, senderistas, familiares de ambos bandos— están envejeciendo y que con sus muertes se va la posibilidad de que se encuentren mientras todavía puedan hablar.

Para explicar cómo se llegó a una época tan sombría, como la que empezó tras los hechos de Chuschi, Nugent se sitúa en la Universidad de Huamanga, en Ayacucho. Allí, Abimael Guzmán fue docente antes de fundar Sendero Luminoso. El Estado, dice, se desentendió durante años de las universidades públicas y ese abandono terminó por estigmatizar espacios enteros de formación.

Reconoce, sin embargo, lo difícil que resulta imaginar esa escena. Poner juntos a los deudos de los grupos subversivos con los deudos de las Fuerzas Armadas —reflexiona— exige que cada uno acepte que el dolor del otro también es real y eso, 30 años después, sigue siendo casi imposible de pedir.

Aun así, insiste en que ese elemento de encuentro es justamente lo que el museo tiene la obligación de fortalecer, más allá de las exhibiciones fijas. Para él, el LUM debería ser un espacio de reconciliación físico: un lugar donde las víctimas del Estado y las víctimas civiles puedan sentarse a compartir memoria y recuerdos, no en abstracto, sino en la misma sala, al mismo tiempo.

Cerca del final, Nugent aborda la captura de Abimael Guzmán en 1992. Para él, este evento no fue simplemente un golpe de inteligencia policial, sino una catástrofe emocional para la cúpula senderista, un colapso cuya magnitud real todavía no ha sido estudiado a fondo. Ese quiebre explicaría, en parte, por qué Sendero Luminoso nunca logró recomponerse orgánicamente después, ni siquiera a través de organizaciones que reivindican su legado como el Movadef. El ánfora que ardió en 1980 y el líder que cayó rendido en 1992 funcionan, en el recorrido de Nugent, como los dos extremos de una misma historia: el inicio y la fractura de un proyecto que intentó destruir, entre otras cosas, el derecho a votar.

Un espacio descuidado, insiste, puede convertirse en cantera de discursos que prometen destruirlo todo para empezar de cero: la idea de un cambio total y efectivo, radical, que era exactamente lo que Sendero vendía. “La ley, ante todo, es una letra, y una letra necesita gente que sepa leerla y crea en ella”, afirma Nugent. “Un país con una escuela precaria va a ser un país donde la letra de la ley no va a ser tomada en serio”. La clave entonces, para aprender del pasado es simple: educación, memoria y reconciliación; para que no se repita.

Luego el recorrido cambia y el silencio se extiende por todos los pasillos. Nugent explica que hablar solo de “violencia” durante esos años es quedarse corto, porque hay otro espectro: la crueldad. La violencia, sostiene, puede explicarse como estrategia de guerra; la crueldad es otra cosa, son actos que buscaban deliberadamente el sufrimiento del otro, más allá de cualquier objetivo militar. Y esa crueldad, subraya, no fue exclusiva de Sendero Luminoso: la ejercieron todos los que portaban armas en ese periodo, incluidas las Fuerzas Armadas. Es una distinción incómoda, dice, que no le conviene a nadie que busque una historia de buenos y malos sin matices.

Habla también de los desaparecidos, bajando la voz más que en cualquier otro momento. Para ser más didáctico, el sociólogo cuenta la experiencia de un deudo: un día antes de casarse, recibió la noticia de que habían encontrado los restos de su esposa desaparecida hace 14 años. Esa revelación hizo que la boda se suspendiera. Desde allí, la comisión encargada de dar con el paradero de los desaparecidos tuvo que diseñar un protocolo entero solo para informar a las familias, porque no existía un procedimiento humano para decir que habían encontrado a un ser querido tanto tiempo después.

Con los desaparecidos no hay ese cierre: ni cuerpo, ni fecha, ni ceremonia. Cuando alguien muere, sostiene, existe el velorio, el entierro, un ritual que permite cerrar un ciclo. Por eso, insiste, no se viene al LUM únicamente a informarse. Se viene, sobre todo, a sensibilizarse. Lo que está alojado en esas salas no es una serie de números ni una lista de atentados: son "catástrofes emocionales que siguen abiertas".

"En su momento el 10% de las visitas al LUM eran de grupos escolares, y buena parte del resto llegaba por decisión propia, por curiosidad, por el boca a boca, no por obligación. Si el museo fuera lo que dicen sus detractores, un centro de propaganda senderista, ya no tendría visitantes voluntarios después de diez años", agrega y cierra su recorrido.

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