El fotógrafo Gary, conocido como mi amigo, llegó al restaurante buscando un pescadito frito con arroz blanco y salsa criolla. Para acompañar su comida pidió una jarrita de limonada. Al sentarse, me dio cuenta de lo que veía desde el extranjero: "María, por motivo de trabajo acabo de regresar al Perú desde el extranjero y lo primero que veo es que las mafias siguen disparando contra buses de transportes". Su experiencia reciente en España y otras partes de Europa contrasta drásticamente con la realidad local. Allí todo fluye como debe ser: el transporte, la limpieza de la ciudad, la seguridad pública y el orden son prioridades.
Aquí, sin embargo, las organizaciones criminales explotan sexualmente a chicas bajo amenaza de muerte, extorsionan bodeguitas o mototaxis, atacan a choferes de transporte, meten bombazos a boticas que no pagan cupos y asesinan a abogadas. Lima y algunas ciudades del interior se han convertido en un infierno, no solo por la existencia de grupos criminales peruanos y extranjeros, sino por el descontrol generalizado.
El tráfico es lo peor que puede haber. Uno se puede demorar hasta dos horas desde Carabayllo al Centro de Lima y tres si queremos ir a Chosica. Encima, las combis piratas se han apoderado de avenidas importantes como Javier Prado o Arequipa. Incluso tienen paradero en el cruce de Emancipación y el jirón de la Unión, a solo 400 metros de la Municipalidad de Lima. Descontrol y caos reinan.
Eso acaba de pasar hace poco con los transportistas. Ante la amenaza de paro, les exoneraron del pago de multas por infracciones de tránsito. O sea, les dieron carta libre para pasarse la luz roja, recoger gente en medio de la pista, atropellar personas y manejar sin brevete o ebrio.
El salvajismo reina en nuestras calles. Y no parece que esto vaya a cambiar muy pronto. Se necesita mano dura, decisión y mucha fuerza. Un Gobierno no se puede echar atrás cuando intenta poner disciplina y orden. El Estado debe ser fuerte para evitar el caos y el descontrol. Y para hacer cumplir la ley.
Las calles no pueden ser una jungla como está pasando, con transporte informal, comercio ambulatorio, basura en las esquinas, ruido infernal, contaminación e inseguridad. El peruano vive mal por todas estas cosas. Y solo se da cuenta cuando viaja a otro país". Me voy, cuídense.
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