Opinión

A la avenida Tacna no voy solo por compromiso; voy a buscar memoria. Frente al pozo, viendo esas colas inacabables cada 30 de agosto a uno se le afloja el pecho, aunque en el mundo la celebran el 23 de agosto, pero el barrio bravo sabe que el verdadero luto pegó un 24 de agosto hace 409 años. De esa fecha ineludible nace el recuerdo imborrable de Isabel Flores de Oliva que siempre quedará en el corazón del pueblo tras cuatro siglos y nueve décadas de su desaparición física.

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Isabel Flores de Oliva —'Santa Rosa de Lima', la criolla más nuestra— vino al mundo el 30 de abril de 1586 en este piso limeño. Hija de Gaspar Flores, arcabucero de Baños de Montemayor, y María de Oliva y Herrera, costurera de Huánuco, fue la cuarta de doce hermanos, de los que recordamos a Gaspar, Hernando, Bernandina, Francisco, Juana, Antonio, Andrés, Jacinta y Francisco Matia. El cura Antonio Polanco la bautizó el 25 de mayo de 1586 en la Parroquia de San Sebastián del jirón Ica, apadrinada por Hernando de Baldés y María Osorio.

A los tres meses, una criada le vio el rostro hecho pétalos de flores y su madre la bautizó como Rosa. Inspirada en santa Catalina de Siena, la niña aprendió el ayuno y la penitencia junto a su hermano Hernando, su compinche de juegos. A los doce años la vida la llevó a Quives a 60 kilómetros de Lima, y mientras Toribio de Mogrovejo la confirmó, fue apadrinada por el cura Francisco González, y entre sus dolores de reuma forjó esa santidad silenciosa.

Consumida por la tuberculosis, pasó sus últimos tres meses donde Gonzalo de la Maza y María de Uzategui —hoy su Monasterio—. Rosa murió a los 31 años la madrugada del 24 de agosto de 1617, tal como profetizó al padre Leonardo Hansen. Aquel entierro paralizó al virrey, al Cabildo y al pueblo entero, que en su afán de tocarla le cambió el hábito tres veces. Antes de despedirla, el pintor italiano Angelino Medoro inmortalizó su rostro.

Canonizada por Clemente X en 1671, excelsa patrona del Nuevo Mundo, Filipinas, la Policía Nacional del Perú y los tuberculosos, hoy descansa en Santo Domingo. Rosa no es un mito lejano; es la primera santa de América y el alma entrañable de nuestra Lima.

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Luis Felipe Alpaca es egresado de la carrera de Derecho y Ciencias Políticas y estudió Periodismo en la Universidad Jaime Bausate y Meza; asimismo estudió en la Escuela de Escritura Creativa del CCPUCP, y tiene un Diplomado de Especialista en Derecho Comercial por la Escuela Superior de Negocios. Ha sido Editor de Cultura del Diario 16, y actualmente es Editor General del Grupo Editorial Lima Gris, y es conductor del programa radial Lima Gris Radio por La estación Planicie 91.5 de la FM.

Como gestor cultural ha organizado y curado exposiciones de arte y eventos ligados a los derechos culturales. Asimismo es corrector de estilo, y ha escrito más de 400 artículos relacionados a cultura, actualidad y política. Como activista social ha sido miembro de la Red del Patrimonio Cultural con el afán de defender patrimonios inmateriales y materiales como el desaparecido Palais Concert, y el Complejo Arqueológico Puruchuco.

Actualmente es miembro del Colectivo Antropoceno Identidad, y ha recorrido distintas regiones del país para brindar apoyo, encuentros y conferencias en universidades con temas relacionados al arte ancestral y la cultura originaria. Los masajes de Keiko

Por Márlet Ríos

La revelación de las reuniones de la presidenta Keiko Fujimori con el cuestionado empresario argentino Damián Valenzuela Mayer, en el Spa Tomyko, ubicado en La Victoria, ha abierto una nueva crisis política alrededor de Palacio de Gobierno. Esta información, difundida por el semanario Hildebrandt en sus trece, no solo provocó la reacción habitual de quienes defienden a la mandataria —minimizar el hecho, invocar la vida privada y matar al mensajero—, sino que también expone una falla estructural: la falta de transparencia.

Aquí no se discute un simple masaje. Se discute dónde y cómo se ejerce el poder cuando uno es presidenta electa. La respuesta a la opacidad no está en la naturaleza del servicio recibido, sino en el lugar escogido para reunirse. Si una presidenta electa decide encontrarse con un empresario cuestionado en un espacio privado, lejos de las cámaras y de los registros públicos, tiene que explicar por qué. Desde el momento en que se es presidenta electa, cada encuentro adquiere una dimensión política.

El problema real no es el Spa Tomyko. El problema es convertir un espacio privado en una oficina sin registro: un despacho paralelo donde nadie sabe quién entra, para qué entra ni qué se conversa. Keiko Fujimori tenía derecho a su privacidad, pero el poder también tiene obligaciones. Sarratea nos dejó una lección clara sobre esto: los lugares privados también pueden convertirse en escenarios públicos cuando allí se toman decisiones relacionadas con el poder.

Para entender la gravedad de esta situación, es inevitable mirar el antecedente político de Pedro Castillo y sus reuniones en una vivienda del jirón Sarratea, en Breña. El entonces presidente electo recibió allí a empresarios y políticos fuera de los espacios institucionales, sin los mecanismos habituales de registro y transparencia que deben acompañar el ejercicio del poder. Ahora comparemos las fechas: el 3 de julio, el Jurado Nacional de Elecciones declaró a Keiko Fujimori presidenta electa. Ocho días después, el 11 de julio, sostuvo una de sus reuniones con Valenzuela Mayer en un spa de La Victoria.

Por aquellos días, la vivienda de Fujimori Higuchi se había convertido en una especie de pasarela política. Cámaras, micrófonos, dirigentes, empresarios y visitantes registraban públicamente sus ingresos y salidas. La futura presidenta recibía a medio mundo y los medios estaban allí para contarlo. Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿por qué no vimos al empresario argentino Damián Valenzuela Mayer formando parte de aquella transparencia política?

Ahora tenemos los masajes de Keiko. Y la pregunta sigue siendo la misma: ¿Qué se negoció allí? La gestión pública pasa por la toma de decisiones en el momento preciso, y esto exige claridad.

Al parecer la señora Fujimori sabe tanto de gestión pública como de física aplicada y nos quiere hacer creer que está preparada para gobernar. Para ella es suficiente mostrarse carismática en TikTok y dar consejos frívolos. O tal vez piensa que puede aparecerse con su comitiva en cualquier sitio y realizar promesas a diestra y siniestra. Sus asesores deberían indicarle que se requieren políticas públicas claras y, por supuesto, implementar herramientas concretas que ayuden a llevar a cabo dichas políticas públicas.

La improvisación cunde en un Gobierno cuyo lema de campaña era "la fuerza del orden". Suponemos que en los últimos quince años la señora Fujimori se ha estado capacitando o, al menos, cuenta con un equipo eficiente de gestores públicos. Sin embargo, la conformación de su gabinete reciclado —con algunos antiguos antifujimoristas ahora "convertidos"— nos produce suspicacias. Esto genera dudas sobre si realmente hay capacidad para administrar el Estado o si todo se basa en la improvisación y el carisma personal.

Desde el momento en que asume, cada decisión tomada en un espacio privado debe ser explicada al público. No basta con decir que se trataba de una reunión privada cuando quien habla es una autoridad electa por la nación. La transparencia no es un lujo, sino un deber constitucional que comienza antes del primer día de gestión.

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Eusebio Quiroz Paz Soldán suele afirmar que Arequipa no es solamente una ciudad de singular arquitectura; es, ante todo, un espacio donde lo indígena y lo hispano convergen en una síntesis cultural única que, con el paso de los siglos, forjó las tradiciones de nuestra tierra y la convirtió en uno de los principales focos intelectuales del Perú. En ese escenario, a finales del siglo XIX, comenzó a escribirse la vida de uno de los más destacados representantes de nuestra literatura: Augusto Aguirre Morales.

Augusto Aguirre Morales ocupa un lugar privilegiado entre los escritores arequipeños de inicios del siglo XX. Su obra sobresale por la manera en que logró conciliar la narrativa novelesca con el rigor de la investigación histórica, particularmente la referida al mundo incaico, distanciándose del tratamiento idealizado y romántico que predominaba en buena parte de la literatura de su tiempo. Fue el 24 de abril de 1888 cuando Oswaldo Aguirre y María Morales le dieron la bienvenida al mundo. Desde muy temprana edad mostró un profundo interés por la literatura y la historia.

Esa inclinación se vio favorecida por un entorno familiar estrechamente vinculado con la tradición cultural andina y por el constante contacto con los libros, circunstancias que terminarían marcando el rumbo de su vocación intelectual. Realizó sus estudios superiores en la Universidad Nacional de San Agustín, donde se especializó en Jurisprudencia. Sin embargo, aunque la formación jurídica ocupó una parte importante de su vida académica, pronto descubrió que su verdadera vocación se encontraba en la docencia, el periodismo y la creación literaria.

En 1922 inició su labor como preceptor en la Escuela de Varones del distrito de Tingo y posteriormente en la Escuela N.° 9515. Aquellas primeras experiencias docentes dejaron una profunda huella en su pensamiento. Poco después decidió trasladarse a Lima, donde ejerció como profesor de Arte Incaico en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Esa etapa no solo consolidó su vocación pedagógica, sino que amplió sus horizontes intelectuales y fortaleció su interés por el estudio del pasado prehispánico.

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¿Estos son los gestores preparados que nos iban a salvar de las garras del comunismo y el chavismo del siglo XXI? ¿Estos son los que iban a combatir la terrible inseguridad urbana? Todos los días siguen asesinando a ciudadanos en Lima y otras ciudades del país. Por obvias razones, la señora Fujimori nos recuerda a la expresidenta Dina Boluarte.

Ciertamente, las dos pueden ser lo superficiales que quieran. Si desean buscar la belleza, allá ellas. Como escribió el gran sociólogo Zygmunt Bauman en Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias: “La belleza ha sido, junto con la felicidad, una de las promesas modernas y de los ideales rectores más emocionantes de la agitada mentalidad moderna”. No obstante, la señora Fujimori debería pisar tierra y darse cuenta de que ocupa la máxima responsabilidad del Estado, con todas las prerrogativas que ello implica.

Fue elegida para servir y gobernar. Y no solo tomando en cuenta a sus votantes más acaudalados y privilegiados —o a los que se sienten así—. Lo que se necesita es una lideresa con capacidad de gestión en Palacio de Gobierno. Influencers ya tenemos de sobra.

Su fascinación por la historia del Perú se alimentó también de una constante dedicación a la lectura. Desde muy joven tuvo acceso a numerosas obras históricas y, especialmente, a las crónicas de los primeros cronistas de Indias, cuyas descripciones del antiguo Perú despertaron en él una profunda admiración. Entre los autores que más influyeron en su formación destaca Pedro Cieza de León. La lectura de sus crónicas terminó de convencerlo de que la literatura podía convertirse en un medio privilegiado para reconstruir el pasado sin renunciar al rigor documental.

Sin embargo, la propuesta literaria de Aguirre Morales difería considerablemente de la de muchos de sus contemporáneos. Mientras varios escritores contemplaban el mundo andino desde una perspectiva marcadamente romántica e idealizada, él hizo de la rigurosidad histórica el rasgo distintivo de toda su producción narrativa.

Esta concepción encontraba afinidades con las reflexiones historiográficas de José de la Riva-Agüero, particularmente en la necesidad de comprender el pasado peruano desde el estudio crítico de las fuentes y no desde una idealización del mundo prehispánico. Aguirre Morales trasladó esa convicción a su literatura. Allí donde otros autores veían el Tahuantinsuyo como un paraíso perdido, él prefirió reconstruirlo a partir de las crónicas, los documentos históricos y las investigaciones arqueológicas, convencido de que la imaginación literaria alcanzaba mayor fuerza cuando se sustentaba en una investigación rigurosa.

Con el paso de los años estrechó una sólida amistad con Abraham Valdelomar, autor de «El caballero Carmelo”. Gracias a ese vínculo se incorporó al movimiento Colónida, el influyente círculo intelectual reunido en torno a la revista del mismo nombre, que congregó a algunos de los escritores más importantes del país. El interés por el mundo indígena y por el incaísmo constituyó uno de los rasgos característicos de aquel grupo.

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