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por France 24

Desde los campamentos de refugio, los sobrevivientes de la catástrofe en Venezuela cuentan a France 24 qué pasó luego del terremoto del 24 de junio. Mientras lloran la pérdida de sus seres queridos también intentan aferrarse a la ilusión de recuperar su vida. La información oficial: más de 6.400 muertos y 86.000 personas aún atendidas en hospitales. Hay un doloroso sinnúmero que sigue bajo los escombros.

Aquel día, el estado venezolano de La Guaira quedó testigo del doble terremoto del 24 de junio. Entre las ruinas de edificaciones y el paso de la maquinaria que remueve los escombros, casi dos meses después, la rutina se ha abierto paso entre centenares de carpas en las que imperan la precariedad y la resistencia.

A los sobrevivientes del doble terremoto no les resulta sencillo explicar cómo ocurrieron los hechos. Ante lo primero que emerge ante la pregunta por su vivencia en la tragedia, las personas que habitan los campamentos intentan responder, pero no pueden: "No te lo puedo explicar", repiten una y otra vez.

Al trauma provocado por el sismo se suma el dolor por la pérdida. Un familiar, un amigo, una persona con la que se compartía la vida cada día, un par, un colega. Son testigos y víctimas, como alguien que habló frente a las cámaras de France 24 en Español, pero que ahora ya no está porque la infraestructura del lugar donde se encontraba no soportó el movimiento de la tierra.

Algunas de esas miles de historias llegan para visibilizar el dolor. Quieren contarlo todo y lo hacen hasta donde pueden. Yelitza Peña es una de esas personas que no encuentra palabras para explicar el dolor que siente.

"Es como estar en un sueño del que quieres despertar"

Desde el refugio Campo de Gol, en Tanaguarena, en la devastada costa norte de Venezuela, dice que quiere despertar, que busca que no sea verdad lo que está viviendo. Mientras ella trabajaba, su edificio colapsó con el doble terremoto del 24 de junio. Su departamento en el piso 12 registró pérdida total.

Al día siguiente comenzó toda una peripecia para conseguir un transporte que la regresara a su casa. Le recomendaron no ir "porque lo que va a ver no le va a gustar". Igual insistió y consiguió que un conocido la dejara cerca. Caminó 15 minutos hasta hallar su edificio colapsado.

El escenario la derrumbó, cayó de rodillas y se haló los cabellos. Un guardia la abrazó, le dijo que se quedara tranquila. Ella contestó que no podía porque no veía a su hijo ni a su esposo.

"En la tragedia, mi hijo quedó en mi apartamento. Mi esposo y mi hijo quedaron tapiados (sepultados en los escombros). Ellos se quemaron", relata. "Yo todavía siento que estoy en un sueño. Un sueño del que ya quiero despertar, que no sea verdad. Porque esto me dejó mi alma en pedacitos", afirma para intentar expresar algo de lo que siente en ese momento.

Hay un doloroso sinnúmero que sigue bajo los escombros, informa la agencia France 24.

Dos meses después, la vida de Yelitza se aferra a su hija. "Quedamos nosotras dos solas. Es horrible porque no hay explicación", dice, mientras da cuenta del recuerdo de su hijo: "Su hermano era su compañero. Bueno, era nuestro compañero. Él estaba con nosotras de noche".

En medio del caos, su vivienda se ha convertido en el único refugio donde puede "estar como quiera" y salir a la hora que desee. Aunque reconoce que en el campamento lo tratan bien, la precariedad obliga a estar pendiente constantemente de sus pertenencias y a compartir baños. Lo más difícil es no poder cocinar su propia comida. Para ella, ese hogar representa un espacio de seguridad vital: "Yo anhelo tener mi casa para que mi hija se sienta más tranquila y segura. Donde podamos salir con libertad. Donde podamos ser felices". Ese sueño también incluye colocar los restos de su hijo, quien tenía 21 años y trabajaba con su moto, como tantos otros jóvenes en Venezuela y en América Latina. **"Desde el primer día estuve tratando de salvar a mi familia"** "No duermo", confiesa Francisco Guerra, quien además tiene "poco apetito". Al igual que muchos venezolanos, no puede explicar los cambios drásticos en su vida. "Esto fue algo que no he asimilado", esgrime con dificultad. Se define como una persona muy sobreprotectora con sus seres queridos. El 24 de junio, día del terremoto, mientras trabajaba en la calle, hizo lo mismo de siempre: llamó cada 20 minutos o media hora a sus hijas y nietas. "Abuelo, ¿cuándo vas a venir a almorzar?", le reclamaron, mientras le pedían que a su regreso llevara caramelos. Desde el momento en que tembló la tierra, ha perdido el contacto con sus tres nietas, su hija de 17 años, y también con su esposa y suegra, quien ese día se encontraba de visita. En medio del dolor, Francisco intenta ponerse en el lugar de los vecinos que lo rodean. Cuenta que muchos quedaron solos y perdieron a todos sus familiares, a diferencia de él, que aún puede mirar a los ojos a su hijo intermedio porque ese día "estaba laburando y sobrevivió", y a su hija mayor, "la madre de mis tres nietas", quien salió corriendo del edificio y se salvó. El día del desastre comenzó a buscar activamente a su familia. La comunicación que ya no logra hacer por teléfono, ahora intenta sostenerla con túneles excavados a mano. Cavó 14 metros por sus propios medios hasta dar con los cuerpos de sus seres queridos. Los siguientes tres días se dedicó enteramente a enterrarlos y, recién entonces, se dirigió a uno de los campamentos de damnificados oficiales. Allí están todos censados y no hay lugar para él y los suyos. "Me vi en la obligación de prácticamente hacer este campamento provisional", relata, sin dejar de mencionar la invaluable colaboración de sus vecinos en esos primeros días críticos. En el lugar que ahora habita, describió la situación de su refugio: "Cuando llueve, nos inundamos. Cuando pega mucho sol, nos quemamos. Nos sofocamos aquí, hay que buscar el acomodo, pues". A pesar de todo, con la ayuda de los amigos y vecinos, han tratado de sobrevivir. "Hasta ahorita, hemos sido una gran familia", afirma. Esta última definición no parece menor si se toma en cuenta cómo es la vida de Francisco desde hace dos meses. Entre las ruinas de edificaciones y el paso de la maquinaria que remueve los escombros, casi dos meses después de los potentes terremotos del 24 de junio, en el estado venezolano de La Guaira la rutina se ha abierto paso entre centenares de carpas en las que imperan la precariedad y la resistencia.

"Ellos me enseñaron que tengo que seguir adelante"

A sus 22 años, Victoria Calderón atraviesa su segundo mes de embarazo y se aferra a una lección aprendida: "Ellos me enseñaron que tengo que seguir adelante". Esta es la fuerza que la mantiene en pie tras el horror vivido. "Perdí a 23 familiares", sostiene mientras describe lo que quedó totalmente destruido: el edificio donde residía su madre y toda su familia. En ese lugar, no les gustaba que ella llorara; si algo les pasaba, querían evitar las lágrimas. Ahora, Victoria está luchando en un campamento donde cada día sufre el calor agobiante y la plaga de mosquitos que acompañan su profunda tristeza.

Desde este refugio temporal, puede observar diariamente su hogar derrumbado. "Ver el mismo edificio todos los días, pasar por allí y recordar a toda tu familia", explica con dificultad al relatar cómo todo cambió. Recuerda jugar en la cancha de niña mientras su abuela vigilaba que no se comiera el helado ni el agua, y ahora esa infancia ha sido borrada por la catástrofe. Reconoce que es difícil adaptar su vida a esta nueva realidad.

Su mayor esperanza reside en su embarazo, una bendición llegada a su vida, aunque aún no cuenta con un médico ni garantiza atención para el parto. Le llevan comida al campamento, pero le gustaría poder cocinar por sí misma. Por eso mantiene viva la ilusión de acceder a la casa nueva que le prometió un coronel: "Llegará el momento en el que pueda vivir feliz".

"Esto es algo que nunca imaginé que viviría"

Para Arlenis Bastardo, la situación es igualmente devastadora. Su vivienda se encuentra en el sector César Nieves de Catia La Mar, estado La Guaira. El piso de su casa está roto y ha permanecido en evaluación desde el primer sismo, aunque todas las edificaciones a su alrededor llevan la calificación crítica de "rojo". Lo más difícil para ella es perder a sus amigos, familiares y conocidos, mientras intenta sobrevivir en medio de lluvia, calor y viento constantes.

"No me imaginaba la magnitud de todo esto aquí afuera porque yo vivo muy abajo", confiesa Arlenis. El 24 de junio, cuando se produjo el doble terremoto, permaneció en el interior de su casa en todo momento. "Y cuando subí aquí, cuando vi todas esas casas, me quedé impactada". Fue entonces que una réplica volvió a sacudir la tierra y ella pensó: "No, vámonos de aquí, porque las casas se veían mal". Corrieron con sus vecinos hacia el campamento creado en el mismo barrio para refugiarse.

A pocos metros del lugar donde habitaba, ahora agradece la gran cantidad de ayuda que ha llegado de todas partes. En el refugio reina un sentimiento difícil de explicar, compartido por vecinos que también perdieron a sus familias. Se organizan entre ellos y cuentan con carpas resistentes al agua potable y un comedor funcional. Tienen acceso a una lavandería, aunque los riesgos para las casas afectadas obligan a momentos sin suministro hídrico, lo que implica dosificar todo cuidadosamente para que dure.

Arlenis clama urgentemente por una inspección de todos los terrenos en la comunidad: "No sabemos cómo quedaron esas casas después de ese doble terremoto". Para sostener el peso del duelo y la incertidumbre, la espiritualidad se convierte en su ancla. "Que Dios nos proteja de todos estos fenómenos naturales", reza mientras espera que llegue el momento de reconstruir sus vidas perdidas.

Ahora cuenta cómo llevan ese momento cada día: "A veces nos sentamos aquí y hablamos de eso. ¿Quién iba a pensar que alguien se quedó allí? La madrina de mi hijo con sus hijos, una compañera de trabajo. Mucha gente, y todavía no sé cuántos más".

Fotografía del 17 de agosto de 2026 que muestra a personas trabajando en la reparación de un edificio afectado por los terremotos de junio, en Catia La Mar (Venezuela).

"No ha sido fácil vivir en la calle"

"Aquí estamos, gracias a Dios que, bueno, respiramos. Siempre le damos gracias de que estamos vivos", dice Leomaris Reynoso. Desde hace dos meses su casa está en rojo, "totalmente inhabitable", y se encuentra en un campamento junto a su esposo y sus dos hijos.

La situación le resulta difícil por lo distinto que parece todo con respecto a su hogar y sus comodidades. Ahora le toca lavar en la calle, convivir con el polvo constante ("las cosas se ensucian mucho") y con el sol abrazador. En ese contexto, tiene una hija con discapacidad que sufre convulsiones cada tanto.

La pérdida de su casa le resulta "algo devastador". Cada vez que ingresa al callejón donde se encontraba su vivienda, llora. "Nunca habíamos vivido una situación como esta. Y, literalmente, no estábamos preparados para nada de esto. Es algo increíble", relata.

Para quienes tienen su casa en "amarillo", existen respuestas y previsiones sobre cuándo podrán retornar a sus hogares. Pero en el caso de las familias que, como la de Leomaris, se encuentra en rojo, no hay información de posibles reubicaciones o de cuánto tiempo van a permanecer donde se encuentran ahora.

A diferencia de otros campamentos, en el refugio de Leomaris se necesita agua y comida. Subraya la caída de ayuda en comparación con los primeros días. "Les pedimos que no se olviden de Venezuela, ni de la Guaira", reclama.

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