Opinión
Lee la columna de Edwin Cavello
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La revelación de las reuniones de la presidenta Keiko Fujimori con el cuestionado empresario argentino Damián Valenzuela Mayer, en el Spa Tomyko, ubicado en La Victoria, ha abierto una nueva crisis política alrededor de Palacio de Gobierno. La información difundida por el semanario Hildebrandt en sus trece ha provocado, además, la conocida reacción de quienes pretenden defender a la mandataria: minimizar el hecho, invocar la vida privada y, de paso, matar al mensajero.
Pero aquí no se discute un masaje. Se discute la falta de transparencia.
El antecedente político resulta inevitable: Pedro Castillo y sus reuniones en una vivienda del jirón Sarratea, en Breña. El entonces presidente electo recibió allí a empresarios y políticos fuera de los espacios institucionales, sin los mecanismos habituales de registro y transparencia que deben acompañar el ejercicio del poder.
Ahora miremos las fechas. El 3 de julio, el Jurado Nacional de Elecciones declaró a Keiko Fujimori presidenta electa. Ocho días después, el 11 de julio, sostuvo una de sus reuniones con Valenzuela Mayer en un spa de La Victoria.
Por aquellos días, la vivienda de Fujimori Higuchi se había convertido en una especie de pasarela política. Cámaras, micrófonos, dirigentes, empresarios y visitantes registraban públicamente sus ingresos y salidas. La futura presidenta recibía a medio mundo y los medios estaban allí para contarlo.
Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿por qué no vimos al empresario argentino Damián Valenzuela Mayer formando parte de aquella transparencia política?
La respuesta no está en el masaje. Está en el lugar escogido para reunirse.
Si una presidenta electa decide encontrarse con un empresario cuestionado en un espacio privado, lejos de las cámaras y de los registros públicos, tiene que explicar por qué. No basta con decir que se trataba de una reunión privada. Desde el momento en que se es presidenta electa, cada encuentro adquiere una dimensión política.
Keiko Fujimori tenía derecho a su privacidad. Pero el poder también tiene obligaciones. El problema, entonces, no es el Spa Tomyko. El problema es convertir un espacio privado en una oficina sin registro. Un despacho paralelo donde no sabemos quién entra, para qué entra ni qué se conversa.
Sarratea nos dejó una lección. Los lugares privados también pueden convertirse en escenarios públicos cuando allí se toman decisiones relacionadas con el poder.
Ahora tenemos los masajes de Keiko. Y la pregunta sigue siendo la misma: ¿Qué se negoció allí?
Una influencer en Palacio
Edwin Cavello Limas. Periodista y cinéfilo. Es CEO y director de la revista, radio y TV Lima Gris. Fue editor de la revista ONCE, y columnista del diario La Razón, Actualmente es Editor de Cultura de Diario UNO y conductor del programa Lima Gris que se transmite por Radio Planicie 91.5.FM.
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Por Márlet Ríos
Al parecer la señora Fujimori sabe tanto de gestión pública como de física aplicada y nos quiere hacer creer que está preparada para gobernar. Para ella es suficiente mostrarse carismática en TikTok y dar consejos frívolos. O tal vez piensa que puede aparecerse con su comitiva en cualquier sitio y realizar promesas a diestra y siniestra. Sus asesores deberían indicarle que se requieren políticas públicas claras y, por supuesto, implementar herramientas concretas que ayuden a llevar a cabo dichas políticas públicas. La gestión pública pasa por la toma de decisiones en el momento preciso. Suponemos que en los últimos quince años la señora Fujimori se ha estado capacitando o, al menos, cuenta con un equipo eficiente de gestores públicos. La conformación de su gabinete reciclado —con algunos antiguos antifujimoristas ahora "convertidos"— nos produce suspicacias. La improvisación cunde en un Gobierno cuyo lema de campaña era "la fuerza del orden".
Eusebio Quiroz Paz Soldán suele afirmar que Arequipa no es solamente una ciudad de singular arquitectura; es, ante todo, un espacio donde lo indígena y lo hispano convergen en una síntesis cultural única. Esta fusión, con el paso de los siglos, forjó las tradiciones de nuestra tierra y la convirtió en uno de los principales focos intelectuales del Perú.
No obstante, la señora Fujimori debería pisar tierra y darse cuenta de que ocupa la máxima responsabilidad del Estado, con todas las prerrogativas que ello implica. Fue elegida para servir y gobernar. Y no solo tomando en cuenta a sus votantes más acaudalados y privilegiados —o a los que se sienten así—. Lo que se necesita es una lideresa con capacidad de gestión en Palacio de Gobierno. Influencers ya tenemos de sobra.
¿Estos son los gestores preparados que nos iban a salvar de las garras del comunismo y el chavismo del siglo XXI? ¿Estos son los que iban a combatir la terrible inseguridad urbana? Todos los días siguen asesinando a ciudadanos en Lima y otras ciudades del país. Por obvias razones, la señora Fujimori nos recuerda a la expresidenta Dina Boluarte. Ciertamente, las dos pueden ser lo superficiales que quieran. Si desean buscar la belleza, allá ellas.
Cómo escribió el gran sociólogo Zygmunt Bauman en Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias: "La belleza ha sido, junto con la felicidad, una de las promesas modernas y de los ideales rectores más emocionantes de la agitada mentalidad moderna".
Opinión
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Por Julio Aguilar
En ese escenario arequipeño, a finales del siglo XIX, comenzó a escribirse la vida de uno de los más destacados representantes de nuestra literatura. Augusto Aguirre Morales ocupa un lugar privilegiado entre los escritores de inicios del XX. Su obra sobresale por la manera en que logró conciliar la narrativa novelesca con el rigor de la investigación histórica, particularmente la referida al mundo incaico.
Aquí radica su diferencia clave: se distanció del tratamiento idealizado y romántico que predominaba en buena parte de la literatura de su tiempo. Fue el 24 de abril de 1888 cuando Oswaldo Aguirre y María Morales le dieron la bienvenida al mundo.
Desde muy temprana edad mostró un profundo interés por la literatura y la historia. Esa inclinación se vio favorecida por un entorno familiar estrechamente vinculado con la tradición cultural andina y por el constante contacto con los libros, circunstancias que terminarían marcando el rumbo de su vocación intelectual.
Realizó sus estudios superiores en la Universidad Nacional de San Agustín, donde se especializó en Jurisprudencia. Sin embargo, aunque la formación jurídica ocupó una parte importante de su vida académica, pronto descubrió que su verdadera vocación se encontraba en la docencia, el periodismo y la creación literaria.
En 1922 inició su labor como preceptor en la Escuela de Varones del distrito de Tingo y posteriormente en la Escuela N.° 9515. Aquellas primeras experiencias docentes dejaron una profunda huella en su pensamiento.
Poco después decidió trasladarse a Lima, donde ejerció como profesor de Arte Incaico en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Esa etapa no solo consolidó su vocación pedagógica, sino que amplió sus horizontes intelectuales y fortaleció su interés por el estudio del pasado prehispánico.
Antes de consolidarse como uno de los grandes novelistas históricos del Perú, ya había dado muestras de su talento en obras tempranas como Flor de ensueño (1906) y Devocionario (1913). Estas primeras publicaciones revelan una notable preocupación por el estilo y una prosa cuidadosamente elaborada, donde conviven el lirismo, ciertos rasgos románticos y una marcada sensibilidad espiritual. Más adelante apareció La Medusa (1916), novela influida por el decadentismo europeo que confirmó su permanente búsqueda de nuevas formas de expresión. No obstante, fue con La justicia de Huayna Cápac (1918) cuando comenzó a delinear con mayor claridad la concepción histórica que caracterizaría toda su narrativa. Aquella obra representó su primer gran acercamiento al mundo incaico desde una perspectiva sustentada en la investigación documental y preparó el camino para El pueblo del Sol, publicada en 1924 y ampliada en su edición definitiva de 1927.
Su fascinación por la historia del Perú se alimentó también de una constante dedicación a la lectura. Desde muy joven tuvo acceso a numerosas obras históricas y, especialmente, a las crónicas de los primeros cronistas de Indias, cuyas descripciones del antiguo Perú despertaron en él una profunda admiración. Entre los autores que más influyeron en su formación destaca Pedro Cieza de León. La lectura de sus crónicas terminó de convencerlo de que la literatura podía convertirse en un medio privilegiado para reconstruir el pasado sin renunciar al rigor documental.
Esa postura terminó por convertirlo en una figura singular dentro de la narrativa peruana de su generación. Su propósito nunca fue idealizar el pasado ni construir una visión mítica del Imperio incaico, sino comprenderlo en toda su complejidad histórica. Para Aguirre Morales, la novela histórica debía tender un puente entre la creación artística y la investigación, permitiendo al lector aproximarse al pasado con el mayor grado de verosimilitud posible. Esa búsqueda permanente de equilibrio entre ficción e historia constituye, quizá, el rasgo más representativo de toda su obra.
Sin embargo, la propuesta literaria de Aguirre Morales difería considerablemente de la de muchos de sus contemporáneos. Mientras varios escritores contemplaban el mundo andino desde una perspectiva marcadamente romántica e idealizada, él hizo de la rigurosidad histórica el rasgo distintivo de toda su producción narrativa. Esta concepción encontraba afinidades con las reflexiones historiográficas de José de la Riva-Agüero, particularmente en la necesidad de comprender el pasado peruano desde el estudio crítico de las fuentes y no desde una idealización del mundo prehispánico. Aguirre Morales trasladó esa convicción a su literatura. Allí donde otros autores veían el Tahuantinsuyo como un paraíso perdido, él prefirió reconstruirlo a partir de las crónicas, los documentos históricos y las investigaciones arqueológicas, convencido de que la imaginación literaria alcanzaba mayor fuerza cuando se sustentaba en una investigación rigurosa.
Con el paso de los años estrechó una sólida amistad con Abraham Valdelomar, autor de «El caballero Carmelo". Gracias a ese vínculo se incorporó al movimiento Colónida, el influyente círculo intelectual reunido en torno a la revista del mismo nombre, que congregó a algunos de los escritores más importantes del país. El interés por el mundo indígena y por el incaísmo constituyó uno de los rasgos característicos de aquel grupo.
Con su partida, el 2 de junio de 1957 en Lima a los 69 años, desapareció una de las voces más singulares de la literatura arequipeña. Augusto Aguirre Morales dejó, sin embargo, una huella decisiva en la novela histórica nacional que perdura hoy. Su muerte marcó el fin de una etapa, pero su obra continúa recordándonos que la historia y la ficción no son caminos opuestos, sino formas complementarias de comprender el pasado. En esa convicción reside una parte esencial del legado cultural que Arequipa ha ofrecido a las letras peruanas. A diferencia de otros escritores que idealizaban el Tahuantinsuyo, Aguirre Morales reconstruyó el Imperio incaico apoyándose en crónicas españolas y estudios arqueológicos disponibles en su época. Con esta metodología alcanzó la madurez de su producción literaria mediante una meticulosa reconstrucción histórica que llevó a la crítica a establecer un paralelo entre El pueblo del Sol y Salambó, de Gustave Flaubert. De esa comparación surgió el apelativo con el que suele recordársele: el Flaubert arequipeño. El resultado fue una narración donde la ficción y la historia conviven con un equilibrio poco frecuente, mostrando una sociedad compleja atravesada por relaciones de poder, conflictos, pasiones y contradicciones profundamente humanas. Aunque su nombre no alcanzó la difusión masiva de otros autores de su generación, demostró que la creación literaria podía sostenerse sobre investigación rigurosa y un profundo respeto por las fuentes históricas, sin sacrificar la imaginación ni la calidad estética. Esa manera de entender la literatura constituye uno de sus mayores aportes y explica la vigencia de su legado dentro del canon nacional.
Opinión
Lee la columna de Raúl Allain
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