Más allá del arte, un proyecto de conservación marina
Frente a la costa de Ayia Napa en Chipre se esconde un bosque que ningún visitante puede recorrer a pie. Este entorno, situado entre 8,5 y 10,5 metros bajo el Mediterráneo, está formado por 93 esculturas diseñadas para integrarse poco a poco en el ecosistema marino. El resultado es MUSAN, un museo submarino que fusiona arte con conservación ambiental.
Las figuras humanas, los árboles y otras estructuras descansan sobre el lecho marino y pueden recorrerse durante una inmersión. Sin embargo, detrás de esta imagen llamativa existe un objetivo que va más allá de crear un escenario bajo el agua: proporcionar nuevas superficies donde puedan instalarse organismos marinos y contribuir a la recuperación de un entorno sometido a distintas presiones.
MUSAN, el Museo de Escultura Subacuática de Ayia Napa, fue inaugurado entre finales de julio y comienzos de agosto de 2021. El proyecto contó con la participación de las autoridades locales y del Departamento de Pesca e Investigación Marina de Chipre, mientras que las esculturas fueron creadas por el artista británico Jason deCaires Taylor.
El conjunto costó alrededor de un millón de euros y fue concebido para integrarse en el entorno marino. Las piezas están elaboradas con materiales adecuados para permanecer bajo el agua y fueron distribuidas a diferentes profundidades. Entre ellas aparecen grandes árboles, figuras humanas y escenas que parecen congeladas en el tiempo.
Los visitantes pueden nadar entre las esculturas y observar cómo el paisaje artificial comienza a adquirir una apariencia cada vez más natural. Esta iniciativa busca favorecer la colonización de organismos marinos y ofrecer nuevos refugios para peces, transformando el arte en una herramienta ecológica funcional.
La propuesta no es completamente nueva para Taylor. El artista creó en 2006 el primer parque de esculturas submarinas del mundo, en Granada, y posteriormente desarrolló un proyecto de mayor escala frente a Cancún, en México. En Ayia Napa, sin embargo, el arte fue integrado directamente en una estrategia de conservación marina.
Los árboles de hormigón tienen una función ambiental
MUSAN no es un museo bajo el agua, sino un arrecife artificial oficial dentro de una zona marina protegida en Chipre. La lógica detrás de este proyecto es clara: los fondos arenosos del mar ofrecen pocas superficies para que los organismos se fijen. Al introducir estructuras estables, se generan nuevos espacios que colonizan algas e invertebrados, creando refugios para distintas especies de peces.
La ciencia respalda esta función ambiental, aunque con matices importantes. Un metaanálisis publicado en Frontiers in Marine Science revela que, bajo ciertas condiciones, estos arrecifes pueden albergar comunidades de peces comparables a las de algunos ecosistemas naturales. Sin embargo, la investigación científica indica que los resultados dependen críticamente del material empleado, el diseño, el tamaño y las características específicas del lugar.
Esto no significa que una estructura de hormigón pueda sustituir a un ecosistema natural completo. Su utilidad real depende de cómo se diseñe, dónde se instale y cuánto tiempo permanezca en el agua para madurar. Chipre reconoce oficialmente esta realidad al catalogar MUSAN como infraestructura ecológica.
La vida marina ya empieza a ocupar el museo
MUSAN fue concebido para cambiar con el paso de los años. A diferencia de una escultura instalada en tierra, estas obras no permanecen iguales: su superficie comienza a cubrirse de organismos y el paisaje puede transformarse progresivamente. Informaciones difundidas desde Chipre han documentado la presencia de algas y ostras sobre algunas estructuras, además de peces que se desplazan entre las esculturas.
Entre las especies observadas se encuentran sargos, peces loro y otros habitantes habituales de las aguas mediterráneas. Es un proceso lento que requiere paciencia. Las estructuras fueron sumergidas en 2021 y todavía han transcurrido pocos años desde su instalación. Por eso, resulta prematuro hablar de una restauración ecológica completa o esperar resultados inmediatos.
No obstante, el objetivo es claro: convertir un lecho marino árido en un hábitat vivo donde la vida marina pueda prosperar y diversificarse con el tiempo. Cada año que pasa permite que las comunidades biológicas se establezcan más firmemente sobre el hormigón, demostrando que incluso materiales artificiales pueden convertirse en cimientos para la naturaleza cuando se colocan en el lugar correcto.
Con los años, los árboles de hormigón pueden quedar cada vez más cubiertos por organismos y peces. El bosque submarino dejará entonces de parecer una colección de esculturas recién instalada y comenzará a convertirse en algo diferente: un paisaje artificial que la naturaleza está incorporando poco a poco a su propio entorno.
Un experimento frente al cambio climático
Lo que sí puede observarse es una primera etapa de colonización. Superficies que antes eran artificiales comienzan a ser ocupadas por organismos marinos y se incorporan gradualmente al paisaje submarino. El proyecto adquiere mayor relevancia en un Mediterráneo sometido a una combinación de amenazas.
El aumento de las temperaturas, la acidificación, la contaminación y la sobrepesca ejercen presión sobre ecosistemas costeros y marinos. Un estudio publicado en 2025 en Scientific Reports concluyó que numerosos ecosistemas mediterráneos afrontan un riesgo elevado ante los efectos del cambio climático. En ese contexto, los arrecifes artificiales representan una de las herramientas que pueden utilizarse para aumentar la disponibilidad de hábitats.
Aunque no resuelven por sí solos los problemas ambientales de la región, ese es uno de los aspectos más interesantes de MUSAN. Las esculturas funcionan al mismo tiempo como obras de arte, atracción para el turismo y estructuras destinadas a favorecer la vida marina. Así, lo que comenzó como una intervención artística se transforma en un refugio vital frente a las crisis ecológicas.
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