La paradoja que define nuestra época es clara: aunque permanecemos permanentemente comunicados, vivimos en una profunda soledad. Para los adolescentes, esta contradicción resulta particularmente intensa. La necesidad humana de pertenencia, ser reconocidos y construir identidad no es nueva; lo que ha cambiado radicalmente es el escenario. Las redes sociales han convertido la mirada ajena en una presencia constante y la atención en una suerte de moneda valiosa.

Una imagen, un desafío o incluso una conducta extrema pueden generar en segundos aquello que todo adolescente busca desesperadamente: sentirse "visto". Sin embargo, el problema no reside en las plataformas digitales en sí mismas. La crisis emerge cuando comenzamos a confundir visibilidad con reconocimiento y popularidad con valor real.

Tampoco deberíamos idealizar el pasado. Los jóvenes de otras generaciones también fueron rebeldes y necesitados de aprobación, pero contaban con más espacios para construir su identidad lejos de una pantalla: el deporte, la música, los clubes, el barrio o la vida comunitaria. Allí existía una experiencia que hoy necesitamos recuperar: descubrir que nuestras acciones pueden transformar concretamente la vida de otra persona.

Por eso, la respuesta no puede limitarse a pedirles a los jóvenes que usen menos el teléfono. Debemos ofrecerles algo más poderoso: propósito, pertenencia y responsabilidad. Necesitamos ayudarles a pasar del egoísmo del "mírame" al altruismo del "¿qué puedo hacer por ti?". Es vital recuperar el valor de servir, de cuidar, de enseñar y de construir algo que trascienda sus propios intereses personales.

Un adolescente que acompaña a un adulto mayor, enseña a un niño, participa en una iniciativa colectiva, ayuda a alguien vulnerable o desarrolla una solución para un problema real, descubre una forma distinta de reconocimiento: la satisfacción de saber que alguien está mejor gracias a él. Esa experiencia puede ser mucho más transformadora que un centenar de "likes". Quizá hemos cometido un error al enseñar que la felicidad consiste, ante todo, en sentirse bien. La felicidad más profunda suele aparecer cuando nuestra vida adquiere significado, cuando sentimos que nuestra existencia importa a otros. El desafío de nuestra generación no es desconectar a los jóvenes del mundo digital. Es conseguir que vuelvan a conectarse profundamente con el mundo real. Porque una sociedad no se fortalece cuando cada individuo pregunta cuánto puede recibir, sino cuando cada uno comienza a preguntarse cuánto puede aportar. Diario Correo Síguenos en WhatsApp y recibe las noticias al instante

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