Martín Tanaka, en su obra La agonía del Perú posfujimori, analiza el retroceso institucional tras las reformas iniciales. El politólogo sostiene que desde la caída del fujimorato hasta 2016, el país avanzó con transformaciones profundas que hoy el conservadurismo intenta desarmar. En esta entrevista, Tanaka detalla este fenómeno y reflexiona sobre la evolución de las relaciones familiares dentro de la élite política.

Hemos preguntado al investigador si concuerda con quienes asocian ese periodo histórico al predominio de una agenda progresista, cimentada en reformas liberales específicas.

"Creo que sí", responde Tanaka, sobre todo si lo contrastamos con todo lo que vino después. Por supuesto que de eso somos plenamente conscientes ahora, por contraste, y también porque durante esos años esa especie de consenso reformista nunca fue explícito. Añade que el acuerdo siempre estuvo a regañadientes y sin demasiado entusiasmo en su momento. Sin embargo, "si es que uno lo mira retrospectivamente, creo que uno puede ver que había ciertas características y consensos alrededor del mantenimiento del modelo económico, pero también alrededor de hacer reformas institucionales, combatir la corrupción, mejorar la representación política, generar ciertos acuerdos y consensos mínimos, que después, como vemos, buena parte se ha ido perdiendo."

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En la introducción de su libro, recuerda cómo Keiko Fujimori intentó distanciarse de su padre en las elecciones de 2011 y 2016. Sin embargo, en esta última oportunidad hizo todo lo contrario: reivindicó su figura e incluso afirmó: "Voy a gobernar como él". ¿Por qué cree que adoptó tal postura?

Tanaka explica que la hija ha tenido una relación muy difícil con el padre, marcando cercanías y distancias a lo largo de los años. "Pero en el último tiempo yo creo que, con la enfermedad, la agonía y después el fallecimiento del padre, ella tiene ahora una libertad que no tenía antes," señala. Según él, Keiko puede jugar el papel de buena hija y reivindicar ciertos aspectos del legado gubernamental, al mismo tiempo que ejerce el mando porque su progenitor ya no está activo en política. Mientras este último estaba vivo, "era un motivo de conflicto, porque el padre quería imponerle cosas."

Eso termina siendo una ironía: ella reivindica a su padre solo cuando ya no está.

El investigador confirma la observación: "Exacto, en general creo que pasa en muchas familias, la relación mejora cuando hay distancia."

Volvemos al tema de las estructuras partidarias. En el 2005 lanzó el ensayo Democracia sin partidos, donde argumentaba que no faltaban organizaciones políticas, sino que eran muy débiles, personalistas y volátiles. Ahora, en este nuevo libro, indica que incluso en esa situación los líderes podían imponer disciplina dentro de sus grupos. ¿Cree usted que eso se ha perdido actualmente?

"Creo que sí", concluye Tanaka al respecto del cambio en la dinámica interna de las fuerzas políticas, destacando cómo el orden previo ha dado paso a la fragmentación y la falta de coherencia organizacional que caracteriza el escenario político actual.

Sí, en el pasado, cuando uno miraba el Perú y lo comparaba con los demás países de América Latina, la diferencia era gigantesca: en nuestro país no había partidos. Ese contraste marcaba una realidad distinta a la regional. Sin embargo, al analizar el escenario actual o el del Congreso anterior frente al de 2005, la conclusión es otra: «Caramba, siempre se puede estar peor». Este es un aprendizaje que debemos asumir. Los partidos del año 2005 eran muy débiles comparados con sus pares regionales, pero cumplían algunas funciones mínimas; una de ellas era filtrar y disciplinar mínimamente a sus bancadas y militantes. En los últimos congresos, lamentablemente, esa capacidad se perdió. Hoy, los comandos centrales ya no controlan lo que pasa dentro de sus propias filas.

Algo que me llamó la atención de lo que usted dice es que en la época que estamos analizando (2000-2016) hubo pequeñas islas de eficiencia en el Estado, eso es una cosa que vista desde este tiempo parece casi una broma.

Nuevamente, si retrocedemos hacia 2014, nos quejábamos con razón de que no había un ímpetu reformista. Eduardo Dargent, mi colega y amigo, publicó un libro bajo el título 'El páramo reformista', que creo que es una publicación que refleja cierto sentido común de ese momento: hay oportunidad de hacer cosas y no las hacemos con la convicción suficiente. Pero visto retrospectivamente, uno dice, bueno, pero sí pasaban cosas, y precisamente ahora, como las estamos perdiendo, las extrañamos más. Estos espacios de reforma se dieron porque grupos que no eran los partidos políticos eran los que empujaban las iniciativas.

Había grupos de especialistas, de tecnócratas, redes de expertos, la cooperación internacional; tenían iniciativas y los políticos por lo menos tenían la inteligencia, la sagacidad de darse cuenta de que podía funcionar. Decían: «Esto no me estorba», entonces voy a dejar que esto avance. Así es como avanzaron reformas de la educación, intentos de reforma del transporte, lucha contra la corrupción, y una serie de cosas. Y es en el tiempo reciente que más bien se empieza a generalizar un sentido común según el cual, eso que se hizo son argollas, son mafias, son consultores que tienen intereses particulares. Y ahora dicen: Nosotros vamos a decidir cómo se hace.

Me decía que en el periodo 2000-2016 había un afán reformista, ¿qué es lo que hay ahora? ¿No sientes que hay un desmontaje de todo lo que se avanzó? Y no solo se está desmontando la capacidad del Estado, sino lo que los grupos que están en el poder consideran que hicieron sus enemigos.

A partir del 2016, claramente empieza a cambiar el asunto. Creo que el impacto de lo que ahora llamamos judicialización de la política ayuda a entender esto. Es decir, las denuncias de corrupción, a partir del caso Lava Jato y del caso Cuellos Blancos, involucraron a buena parte de la élite política que manejaba las cosas durante el periodo anterior.

Eso, el sentirse atacados, generó en muchos sectores, no solo en el fujimorismo, también en otros sectores de derecha y de izquierda, este sentido común de que se fue demasiado lejos en algunos intentos de reforma. Vinculados por ejemplo a la lucha contra la corrupción, surgieron estas percepciones negativas. La reacción del sistema político frente a las investigaciones judiciales transformó el clima. Lo que antes era visto como avance ahora es cuestionado desde dentro. Los sectores políticos se sienten vulnerados y reaccionan cerrando espacios de debate técnico o especializado.

La dinámica ha cambiado radicalmente respecto a años atrás, donde la colaboración entre expertos y legisladores permitía avanzar sin tanto fricción. Ahora predomina una visión paranoica donde cualquier intento de cambio es sospechoso. Los tecnócratas, que antes eran vistos como aliados o al menos como actores necesarios para mejorar la gestión pública, ahora son atacados por representar intereses ocultos o conspiraciones. Esta polarización impide el diálogo y dificulta la implementación de políticas públicas efectivas.

El resultado es un retroceso en la capacidad del Estado de actuar con autonomía y eficacia. Las reformas que antes se discutían con base en datos y experiencia técnica ahora son tratadas como ataques ideológicos. Esto afecta no solo a la educación o el transporte, sino a toda la estructura institucional del país.

La percepción de que «nosotros vamos a decidir cómo se hace» refleja un deseo de control absoluto que ignora la complejidad de los problemas nacionales. En lugar de buscar soluciones consensuadas y técnicas, se prioriza la confrontación política. Esto debilita aún más las instituciones y reduce la confianza ciudadana en el sistema democrático.

Mientras tanto, el país sigue avanzando hacia un escenario donde la eficiencia administrativa es reemplazada por decisiones impulsivas. La pérdida de esas «pequeñas islas de eficiencia» deja al Estado expuesto a fallos sistémicos que podrían ser difíciles de corregir en el futuro inmediato.

¿Y cuál es el ánimo predominante en esta discusión? ¿Se busca corregir o tomar venganza? La respuesta de Martin Tanaka es contundente: no se trata de una corrección, sino de un posicionamiento totalmente defensivo. Estamos ante la defensa de prerrogativas, privilegios y espacios de poder por parte de los parlamentarios de los congresos anteriores. Un ejemplo claro de esta dinámica son las llamadas leyes pro crimen. Aunque hay quienes sostienen que estas normas no buscan favorecer necesariamente a los delincuentes, es innegable que su énfasis principal reside en velar por los derechos de los inculpados. El matiz aquí es más sutil. La prioridad ha cambiado: ahora el foco está puesto en proteger al acusado porque se temen excesos judiciales o arbitrariedades. Sin embargo, este cambio de perspectiva tiene una consecuencia directa y preocupante: al priorizar la defensa del inculpado, se termina favoreciendo también al criminal. Ya no estamos pensando en cómo mejorar la gobernabilidad del país; ahora el objetivo es defender y blindar al Parlamento frente a sus supuestos enemigos. Esta dinámica se refleja en hechos recientes, como la solicitud del ministro de Justicia para que el LUM pase a su jurisdicción. Este movimiento forma parte de una tendencia de los últimos años donde diversos grupos buscan organizar fuerzas para combatir lo que consideran excesos del periodo anterior y desmontar avances logrados en ese momento. ¿Es parte de esta dinámica la posición del ministro? Efectivamente, pero hay que precisar: no necesariamente la postura del ministro de Justicia representa la línea oficial del gobierno. Tanaka señala que este tema es enorme y se vincula directamente con el papel de los gobiernos, las Fuerzas Armadas y la Policía en su trato con la represión. Esta discusión apenas es la punta del iceberg de un debate mucho más vasto. Me parece evidente que algunos sectores operan bajo un "sentido común" peligroso: si las FF.AA. y la Policía son quienes nos defienden frente a la delincuencia y al terrorismo, entonces hay que defenderlos, blindarlos y cerrar los ojos ante cualquier exceso o problema que hayan tenido. ¿Por qué tanta gente pone en duda el trabajo real de espacios como el LUM? Esa es una pregunta compleja que toca el núcleo de la relación entre instituciones y sociedad. Esta discusión no se limita a eventos históricos lejanos; tiene implicaciones directas sobre lo que hacemos con las matanzas ocurridas en 2022 y 2023, así como frente a la eventualidad de nuevas protestas en el tiempo inmediato. Es aquí donde surge la lógica del respaldo incondicional. Según este razonamiento simplista: si queremos que la Fuerza Armada y la Policía reprima o contenga situaciones críticas, tenemos que darle un respaldo al 100%, es decir, un cheque en blanco. Tanaka critica duramente esta visión, señalando que quienes piensan así ignoran la realidad institucional. No se trata de salvar a la izquierda de su compromiso y complicidad con el terrorismo, como sugiere cierto relato; el problema es más profundo. Se busca cerrar los ojos a las responsabilidades del pasado para garantizar una represión ciega en el futuro, blindando al Estado contra cualquier crítica que pueda debilitar su capacidad de acción. Martin Tanaka

Tengo una pregunta personal. Usted es un académico, una persona bastante sobria. ¿Por qué de pronto decide responderle al ministro de Justicia por este asunto?

Creo que esto va mucho más allá de una discusión académica o del contenido del informe de la Comisión de la Verdad. Nos estamos jugando el papel que cumplen las fuerzas del orden en un orden democrático y la posibilidad de que haya más eventos como los sucedidos en el 22-23. Si uno intenta aproximarse a estos temas con más cabeza fría, creo que las áreas de consenso existen.

Una pregunta más sobre el tema. Cuando uno entra al Lugar de la Memoria, este atribuye puntualmente la responsabilidad del inicio de la guerra a Sendero Luminoso y además admite que fueron los que más causaron muertes. ¿Por qué desde el conservadurismo no se reconoce eso?

Efectivamente dice eso. Pero también documenta masacres, violaciones a los derechos humanos por parte de las fuerzas del orden, que efectivamente ocurrieron. Eso no se puede negar ni minimizar tampoco.

Entonces, yo creo que detrás de esto, de que supuestamente no se está reconociendo el papel de Sendero Luminoso, el subtexto que debemos leer es que debería decir solo eso y no debería decirse nada más. Y eso es negarse a ver la evidencia.

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