No existe un tiempo exacto para sanar las heridas, sobre todo cuando estas pueden permanecer abiertas mucho más de lo que uno imaginaba. Frente a ellas, en lugar de encontrar un remedio sencillo que permita cubirlas y eventualmente cerrarlas, puede surgir una pulsión autoflagelante: observarlas, tocarlas constantemente e intentar descubrir qué hacer para curarlas, incluso cuando ese comportamiento solo consigue mantenerlas abiertas o empeorarlas. Es desde una noción similar que la ecuatoriana Ana Cristina Barragán construye Hiedra, una película alrededor de dos personas destinadas a encontrarse y que inicialmente se aproximan con cierta timidez, condicionadas por el temor a cómo responderá el otro y por el desconocimiento respecto de aquello que realmente las está acercando.
Una de ellas es Azucena (Simone Bucio), una joven de 30 años que vive con sus abuelos cuya presentación nos revela rápidamente un detalle fundamental: fue madre a una edad muy temprana, pero no se sabe nada del hijo. A pesar de esa ausencia, su instinto maternal continúa manifestándose en la manera en que se relaciona con quienes la rodean. Su abuelo es un hombre enfermo y ella se encarga de cuidarlo casi como si fuera un niño, bañándolo y entreteniéndolo. Hay en sus acciones una necesidad permanente de ofrecer cuidados y afecto, como si esa dimensión de su vida siguiera buscando un destinatario incluso después de haber perdido aquello hacia lo cual originalmente debía dirigirse.
En paralelo aparece Julio (Francis Eddú Llumiquinga), un adolescente que vive en un orfanato junto con sus amigos y está próximo a cumplir la edad en que deberá abandonar ese hogar. Al igual que Azucena, demuestra una preocupación especial por quienes dependen de él, ayudando a las monjas de la institución a cuidar a los huérfanos más pequeños. Esa sensibilidad convive, no obstante, con un costado mucho más desenfrenado de su juventud, por momentos casi animal. La película comienza precisamente con un enfrentamiento entre él y otro de los chicos, estableciendo desde temprano esa convivencia entre la capacidad de proteger a los demás y una energía impulsiva que todavía no sabe encauzar del todo. Frente a la disposición maternal de Azucena aparece así un joven que también puede cuidar, aunque su propia necesidad de afecto permanece irresuelta.
Frente a esa necesidad de entregar afecto se encuentra Julio, quien más bien parece no saber cómo encontrarlo. Será en la fricción entre ambas disposiciones donde Hiedra encuentra algunos de sus mejores momentos. Sin necesidad de adelantar hacia dónde terminará conduciendo la relación, Barragán se preocupa por pequeños detalles y los utiliza para sostener una ambigüedad que mantiene al espectador en suspenso. Cualquier gesto aparentemente insignificante puede modificar la dinámica entre los dos, haciendo que cada acercamiento conserve cierta incertidumbre respecto de cuál será el siguiente movimiento y de qué manera deberá interpretarse.
Esa incertidumbre se vuelve todavía más importante a través de la manera en que la directora caracteriza a Azucena. Ella no sabe con certeza qué ocurrió con su hijo, si simplemente lo dejó o si murió, y esa falta de respuestas la convierte prácticamente en una presencia espectral. Incluso en determinado momento alguien la describe como un fantasma, no solo por su color de piel, sino por la manera en que parece deambular buscando algo que todavía no podemos identificar del todo. La vemos cubrirse, tocar objetos y acariciarlos constantemente. Existe una necesidad física de establecer contacto con aquello que la rodea, como si sus manos intentaran encontrar algo que permanece fuera de su alcance.
Desde el momento en que ambos terminan cruzándose, resulta inevitable preguntarse qué aproximación adoptará Barragán frente a esa relación. Podría tratarse de un vínculo construido desde la ternura, aunque la naturaleza de sus respectivas carencias permite imaginar igualmente un camino más perverso. Aquello que inicialmente parece un acercamiento afectivo podría transformarse en una obsesión alimentada por lo que ninguno posee: Azucena vive marcada por la ausencia de su hijo, mientras Julio ha crecido sin una madre. La posibilidad de que cada uno encuentre en el otro una figura capaz de llenar ese vacío instala una tensión que impide definir con facilidad hacia dónde se dirige el vínculo.
La hiedra, planta que da nombre a la cinta y que posee una curativa capacidad pero también causa daño en su proceso, es el eje central de la reflexión sobre la sanación. Esta dualidad permite cuestionar quién realmente sana a quién o si ambos personajes necesitan hacerlo mutuamente. La relación se mueve constantemente alrededor de esa posibilidad sin desprenderse de las barreras morales que la acompañan, lo cual define gran parte del conflicto interno.
En cuanto a los protagonistas, Julio no precisa una edad exacta en el film; se asume recién llegó a la mayoría de edad. Por otro lado, sabemos que Azucena fue madre a los trece años. A ello se suman las propias facciones de la actriz, que pueden hacer que la diferencia de edad entre ambos no parezca demasiado amplia e incluso que, a simple vista, puedan pasar por contemporáneos.
La cineasta aprovecha esa percepción visual para mantener el vínculo en un territorio difícil de definir. La cercanía puede interpretarse desde una necesidad maternal, desde el afecto entre dos personas marcadas por ausencias similares o desde una atracción capaz de llevar la relación hacia un terreno mucho más incómodo. Esa falta de certezas es justamente lo que permite que la película coquetee con los límites de aquello que puede considerarse moralmente debido sin necesitar establecer de inmediato una respuesta.
Mientras la dinámica permanece abierta a esas posibilidades, Hiedra encuentra una tensión especialmente sugerente en la dificultad para determinar qué está buscando realmente cada uno en el otro. Es por eso que mi principal reserva aparece cuando la película comienza a decidir qué tanto está dispuesta a profundizar en esas posibilidades. Una premisa semejante podría conducir hacia momentos mucho más ásperos y complicados.
Al pensar, por ejemplo, en cómo una cineasta como Catherine Breillat podría aproximarse a una relación de esta naturaleza, resulta fácil imaginar un mayor interés por su dimensión perversa sin que eso significara necesariamente perder los matices de los personajes. Barragán, sin embargo, prefiere otro camino y se inclina por un costado más tradicional y enternecedor.
Al final, la obra decide no explorar las aristas más oscuras que el guion podría sugerir, optando por una narrativa donde los matices de los personajes se preservan dentro de un marco menos disruptivo. Esta elección estilística define el tono final de la cinta, priorizando la ternura sobre la crudeza explícita.
No considero que esa elección sea necesariamente fallida, pero es cierto que Hiedra parece evitar adentrarse demasiado en los rumbos que la relación entre Azucena y Julio podría haber tomado. La ambigüedad que durante buena parte del relato había permitido mantener vivas distintas posibilidades termina encontrando límites más definidos cuando la película privilegia su dimensión afectiva. No se trata de que necesitara convertirse en una obra deliberadamente provocadora ni de que la ternura contradiga aquello que venía desarrollando, sino de que el potencial de esa tensión hacía pensar que Barragán podía explorar con mayor profundidad los aspectos más incómodos de su propia premisa.
Fuera de esa reserva, encuentro en Hiedra un filme valioso por la atención que dedica a dos personas atravesadas por ausencias distintas y por la incertidumbre que consigue construir alrededor de su encuentro. La herida planteada desde el inicio del texto nunca consiste únicamente en aquello que cada uno perdió, sino en la manera en que ambos intentan relacionarse con esa pérdida y encontrar una forma de afecto que pueda ocupar el espacio dejado por ella. Es en la pregunta sobre quién puede sanar a quién, y en el riesgo de que esa búsqueda termine abriendo todavía más las heridas que pretendía cerrar, donde Ana Cristina Barragán encuentra la dimensión más sugerente de una propuesta que quizá podría haber llevado sus contradicciones más lejos, pero que aun así conserva suficientes elementos como para merecer atención.
El director no buscó forzar la provocación ni dejar que lo tierno anule el desarrollo previo; más bien, la opción narrativa sugiere que se pudo profundizar en lo incómodo de la premisa original. Más allá de esa reserva técnica, la película destaca por centrarse en dos individuos marcados por pérdidas diferentes y la duda que genera su reencuentro. El conflicto no reside solo en el objeto perdido, sino en cómo los protagonistas intentan gestionar ese vacío para construir un afecto capaz de llenarlo. La interrogante central es quién puede sanar a quien, un riesgo que podría haber exacerbado las heridas en lugar de cerrarlas. Precisamente aquí, donde la incertidumbre y la vulnerabilidad se entrelazan, Barragán logra lo más interesante: una propuesta compleja que, aunque quizás no haya llevado sus contradicciones al extremo deseable, mantiene elementos suficientes para justificar su relevancia y merecer la atención del espectador por su manejo de estas dinámicas emocionales.
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