Wendy Vásquez Larraín asume uno de los desafíos más complejos de su trayectoria con "Prima Facie", una producción que la deja sola frente al espectador para explorar el abuso sexual, el consentimiento y las fracturas del sistema judicial. Bajo la dirección de Juan Carlos Fisher, la intérprete encarna a Tessa, una abogada cuya visión sobre la justicia se desmorona tras vivir un trauma que altera su realidad. Más allá de la técnica escénica, en conversación con Correo, la actriz analiza el peso de mantener una conexión tan íntima y vulnerable con la audiencia, y cómo busca generar empatía para abrir diálogos necesarios sobre las experiencias de violencia.
"—La obra aborda temas como el consentimiento, la violencia sexual y el sistema de justicia. ¿Cómo fue enfrentarte, desde la actuación, a una historia con una carga emocional y social tan fuerte?"
Vásquez Larraín describe esta misión como simultáneamente un privilegio y un reto inmenso. Reconoce que abordar temas sensibles siempre es movilizador, ya que el dolor existe en una dimensión enorme, mucho mayor a lo que quisiéramos admitir. "Yo tengo muy presente que, al contar esta historia, estoy contando la historia de muchas mujeres que probablemente están en el público y que sí han vivido esa experiencia." Esta conciencia le genera un compromiso profundo; sentirse responsable por las historias de otras personas es una carga grande, pero también un gran honor poder servir a esas narrativas. La vulnerabilidad no es solo del personaje, sino de quien la porta en escena.

"—¿Cómo trabajaste el tránsito emocional del personaje a medida que su propia experiencia transforma su manera de entender la justicia?"
Años de carrera han moldeado a la actriz para confiar fundamentalmente en su intuición. "Para mí, el trabajo es preparar mi cuerpo, mi corazón, mi mente y mi alma para transitar esa historia y simplemente dejar que mi propia sabiduría interior, mi propia experiencia, vaya atando los cabos y creando esos puentes entre quién soy yo y quién es el personaje." Confiesa que no apela a metodologías técnicas rígidas ni sigue un guion de recursos preestablecidos. Por el contrario, cada vez recurre menos a lo técnico para centrarse en su poder imaginativo, asociando sensaciones propias con las vivencias del rol de manera bastante inconsciente. Es un proceso donde la técnica se desvanece frente a la verdad interior.
Vásquez Larraín sostiene que esta conexión íntima con el público es una experiencia única y profundamente humana. Al interpretar a Tessa, no solo está actuando, sino que está construyendo puentes entre su realidad y la de las mujeres que asistieron al teatro. La obra invita a reflexionar sobre cómo el sistema judicial falla ante ciertos traumas y cómo el consentimiento se convierte en un concepto vital para entender la dignidad humana. La actriz se entrega totalmente para que esa transformación emocional sea palpable, permitiendo que su propia sabiduría guíe cada escena sin necesidad de artificios externos.
La dirección de Fisher permite a la solista explorar las grietas del personaje con una honestidad brutal. Al finalizar el diálogo sobre sus métodos, queda claro que para Vásquez Larraín actuar es un acto de servicio y vulnerabilidad compartida. La obra se convierte en un espacio seguro para hablar de lo difícil, donde la empatía nace de reconocer que esas historias no son ajenas, sino espejos de nuestra propia sociedad.
Básicamente, para mí es eso: seguir el texto, estar ahí, abrirme y confiar. Yo diría que, en gran porcentaje, es un trabajo interior de prepararme para confiar; para confiar en que puedo sostener este material, procesarlo a través de mí y entregarlo a otros, en servicio. El trabajo del artista es un trabajo de servir a otros. Yo siempre siento que mi trabajo es una ofrenda para quienes están viéndolo y que mi mayor objetivo es que eso pueda resonar en alguien y, ojalá, transformar también a alguien a través de lo que entrego. Entonces, es bastante intuitivo; te diría que no hay mucha metodología detrás.
—¿Crees que interpretar esta obra también te ha llevado a cuestionar o replantearte algunas ideas personales sobre la justicia y la verdad?
Sí, digamos, sobre todo, ahondar. Yo creo que no es nada nuevo para nadie que el sistema de justicia funciona de manera muy pobre, muy injusta; diría que cruel en muchos casos, y sobre todo en lo que respecta a las leyes sobre las experiencias de las mujeres, porque, como bien dice el personaje, la ley ha sido moldeada por generaciones y generaciones de hombres. Entonces, ¿cómo van a definir los hombres las reglas que determinan qué es verdad en una experiencia femenina? Creo que eso no era una novedad para nadie, pero efectivamente, como señalas, este proceso me ha hecho conocer más cómo funciona y, por lo tanto, empatizar más también con lo que vive el personaje y con la necesidad de transformar las leyes que nosotros mismos, como seres humanos, hemos establecido para que rijan nuestras conductas, para determinar qué cosa es verdad, qué cosa no es verdad y cómo debemos gestionar la justicia.
—¿Qué ha sido lo más difícil de sostener en escena en una obra tan intensa y, al mismo tiempo, qué ha sido lo más gratificante?
Yo creo que lo más difícil es que estoy sola en el escenario y mi compañero, digamos, mi interlocutor es el público. Y te digo que es difícil porque siento que, como público, todavía somos una cultura que está recién aprendiendo a ser un público activo, consciente de que también estamos haciendo la función con los actores.
"Yo siento que si bien hay un público que va siempre al teatro y que está absolutamente dispuesto a hacer la obra con los actores, y que es consciente de cuánto su participación determina lo que los actores están haciendo, pues todavía no es una cultura que esté difundida. Siento que muchas veces en las funciones, el público está presente como lo está en una función de cine, como si los actores no estuviéramos ahí realmente y sin ser tan conscientes de que cualquier movimiento que hacen, cualquier sonido, si yo me pongo a tomar agua, si estoy viendo mi reloj, por más que no suene la luz de la pantalla, son cosas bien difíciles de gestionar para mí, porque estoy sola y porque los estoy mirando a los espectadores todo el tiempo."
No me había pasado nunca antes porque, en obras en las que normalmente uno interactúa con otros actores, nuestra atención está en nuestros compañeros. Pero en esta obra mi atención está plenamente en los espectadores. Entonces, es como que no puedo evitar ser testigo también de lo que ellos están sintiendo y de cómo están dialogando conmigo.
Hay funciones en las que el público está súper conectado, presente, inmóvil, y eso me da un montón a mí porque veo sus reacciones. Y en otros momentos también estoy aprendiendo a gestionar esas situaciones en las que aparecen distractores desde el escenario y que me dificultan seguir contando la historia, sobre todo una historia que requiere tanta concentración por la cantidad de texto que tengo que entregar y, especialmente, por el viaje emocional, que es muy sensible.
"Es como que yo me siento súper vulnerable en escena y estoy aprendiendo cómo fortalecer mi concentración, que es muy, muy indispensable."
—La obra plantea un contraste entre la ley y la experiencia de las víctimas. ¿Qué reflexión te gustaría que el público se lleve sobre esa tensión?
"Yo te diría que me da muchísima gratificación solamente con que el público pueda reflexionar sobre este tema, ¿sabes? Que los hombres y las mujeres podamos realmente comprender qué es lo que pasa en una mujer cuando tiene esta experiencia de abuso."
La obra de Wendy Vásquez Larraín es, para la actriz, una ofrenda destinada a quienes la contemplan. Su reflexión inicia con la idea de que los hombres, a veces, no se detienen tanto a pensar cómo viven las mujeres esas experiencias. En cambio, ellas sí lo tienen más claro: las que han vivido esos momentos y las que, por empatía, comprenden el dolor ajeno.
No obstante, muchas mujeres carecen de la posibilidad de hablar sobre estas vivencias debido a los numerosos tabúes que las rodean. Incluso existe una crueldad hacia quienes denuncian tales situaciones, generando un maltrato que dificulta aceptar y expresar esas experiencias internas. «Hay como un maltrato, yo no sé si sea voluntario, pero sí hay mucha dificultad en las mujeres para aceptar ellas mismas estas experiencias y, más aún, para expresarlas».
Por ello, si algunas mujeres se ven representadas, vistas y escuchadas al ver la puesta en escena, eso constituye un regalo inmenso. Wendy añade: «Es un regalo inmenso para mí». Lo ideal sería que, tras el espectáculo, ellas encuentren más capacidad para hablar de sí mismas y sus propias vivencias.
Finalmente, los hombres deben comprender mejor cómo se vive esa situación. El objetivo es que todos tengamos más empatía y determinación para transformar el sistema que nos protege a todos por igual. «Y los hombres, ojalá puedan comprender más cómo se vive esa situación y que todos podamos tener un poco más de empatía y de determinación para hacer todo lo que podamos para transformar cómo funciona el sistema que nos debe proteger a todos por igual».
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