El 10 de agosto se conmemoró el centenario de nuestra poeta mayor Blanca Varela, una fecha que hemos celebrado releyendo su obra o, para los más afortunados, descubriéndola por primera vez. En la última FIL Lima, el Fondo de Cultura Económica (FCE) alzó un mural con la fotografía de la escritora donde los lectores dejaron mensajes; el resultado fue maravilloso y generó un gran número de textos de agradecimiento por su poesía, sus ideas y la forma de mirar el mundo a través de la palabra. En ese oasis de gratitud, leí un escrito conmovedor de alguien que afirmaba haber sobrevivido a una tormenta personal gracias a sus versos. Al menos yo no necesito un estudio o ensayo literario —hay excelentes, por supuesto— para confirmarme la vigencia de la obra de Varela; leer un muro de lectores agradecidos de distintas generaciones, en especial jóvenes, es una confirmación más que evidente. Sin embargo, seguir leyendo también es otra gran prueba de que los versos de la autora todavía dan pelea a ese antiguo crítico literario, el más implacable y certero de todos: el tiempo.
A propósito de sus 100 años, el FCE publicó una edición conmemorativa de su poesía reunida titulada “Canto Villano”, la cual incluye textos críticos y de homenaje, así como un dossier fotográfico de la poeta. Siempre me dicen que le temen a la poesía, que no la entienden o que es muy difícil. A menos que quieras ser investigador, a la poesía solo hay que leerla, entrar en sus sensaciones y descubrir que detrás del juego de la palabra hay más imágenes, sentidos, emociones y, como le pasó a esa persona del mural de Varela, una voz que acompaña. Su obra tiene una crudeza sin florituras y posee la fuerza necesaria para quebrar las estructuras fijas de la realidad, explorando la existencia y cuestionándolo todo con piezas breves o extensas de una intensidad que se condensa o se extiende según el poema.
Varela me enseñó, con los poemas “Justicia” y “Currículum Vitae”, que nuestras vidas son humildes y no tienen nada que ver con la fatua soberbia de la competitividad. También abordó la oscuridad del deseo, de la maternidad y del cuerpo en textos como “Vals del Ángelus”: «todo mar es terrible, todo sol es de hielo, todo cielo es de piedra. ¿Qué más quieres de mí?». O el dolor de la pérdida del hijo en “Si me escucharas»: «si me escucharas/tú muerto y yo muerta de ti». Volver a su poesía es recordar que «hasta la desesperación requiere un cierto orden», que se puede mirar el caos y el abismo con honestidad, desde el grito y el silencio. Que se puede vivir a pesar de la misma vida.
Comentarios 2
Súmate a la conversación
Tu comentario es anónimo, pero para evitar bots necesitamos que te registres. Es gratis y toma 30 segundos.
Crear cuenta para comentar Ya tengo cuenta