La última novela de Raúl Tola, El peso del aire, va sobre el periodismo peruano durante el primer gobierno de Fujimori. Esta es una novela que Tola ha escrito en siete años y su publicación coincide con Keiko Fujimori como presidenta. Sobre esta publicación, La República conversó con Raúl Tola.
La obra, publicada por la editorial Alfaguara con un precio de 89 soles, es el proyecto más ambicioso y personal del autor. Funciona como un mural de época que pone en bandeja la historia oscura del periodismo peruano durante la dictadura de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, periodo en el que muchos medios decidieron apoyar su narrativa a cambio de dinero. Bajo estas coordenadas, Tola ha escrito una novela entretenida, en clave de novela-crónica, como bien definió Manuel Vázquez Montalbán a las novelas que se dedicaban a representar una época con la mayor fidelidad posible.
-Siendo una época tan novelesca, ¿por qué crees que no se ha escrito de ella?
-Es una época muy atractiva para cualquier escritor. No sé por qué no se ha escrito de ella. Te puedo decir que, en mi caso, fue una necesidad escribir sobre esa época. Es mi novela más personal, más autobiográfica. Para escribirla tuve que volver al 2000, que es el año que define lo que ahora es el Perú. Ese es el año que define la caída del gobierno de Fujimori. Fue un tiempo turbulento en medio de las denuncias por corrupción por los vladivideos.
El peso del aire podría ser una primera novela de una serie de novelas que hablen de esa época, que hablen del año 2000, porque es verdad que hay novelas ambientadas en ese periodo, como Grandes miradas de Alonso Cueto, pero creo que le falta a mi generación una mirada política de esa época. Es importante revisitar el pasado para comprender el presente, pero también es importante reflexionar, por supuesto, a nivel personal, sobre lo que fue cada uno en esa época, y creo que esas reflexiones nos enriquecen como sociedad, nos permiten comprender mejor fenómenos tan complejos, tan vertiginosos como lo fue ese año 2000 y en general toda la década del fujimorismo.
-Fue una generación particular.
-Para mi generación esa era la normalidad. Lo normal era que los medios de comunicación estuvieran controlados. Lo normal era que la democracia fuese una democracia precaria. Lo normal era que se supiese que había una fuerza silenciosa que tejía los hilos. No se imaginaba nadie hasta qué punto era realidad eso. Entonces, claro, ahí hay una perspectiva muy particular, generacional.
-Esta es una novela que no se escribe en meses. Es toda una coincidencia que haya sido publicada en pleno contexto del regreso del fujimorismo al poder.
-Así es. Cuando me fui a España, me distancié un poco del Perú. Dejé, de alguna manera, el periodismo de la primera línea. He estado alejado de la televisión. Y me ha pasado mucho en estos 15 años que esa poderosa fuerza de la nostalgia me ha empezado a recordar esos tiempos. Es una época maravillosa para mí.
Era una coyuntura absolutamente extraordinaria, probablemente en el mejor lugar para hacer televisión en un canal que nació para hacer periodismo cumpliendo de manera estricta códigos muy claros de ontología periodística para separar la información de la opinión, para informar todo aquello que te gustaba, pero también aquello que no te gustaba, es decir, para hacer algo muy distinto a lo que se ha puesto de moda en la actualidad, donde en realidad la militancia y el periodismo se confunden con mucha frecuencia.
-Canal N, a nivel de la televisión, marcó una diferencia.
A eso se le llama ahora la construcción de una narrativa. Lo que la novela trata de demostrar es cómo el individuo se vincula con su tiempo. Esteban Gamio trata de mantenerse éticamente en el lugar correcto, pero lo favorece el azar, porque termina en el lugar que se lo permite. ¿Qué hubiese pasado si Esteban Gamio terminaba haciendo periodismo en un diario chicha? Yo siempre dije que para mantener la independencia uno tenía que saber en qué medio trabajaba, es decir, que tenía que trabajar en un medio que le permitiera mantener su independencia. Ahora no soy tan drástico porque comprendo que la realidad es mucho más compleja, que hay muchos más grises y que la gente necesita trabajar. Hay que mantener una familia, asumir una serie de responsabilidades. Esta novela es también representativa de un momento concreto del periodismo en Perú. Canal N era un canal de cable que estaba haciendo cosas que no se habían hecho, hasta ese momento, en televisión en el mundo. Bernardo Roca Rey y Gilberto Hume fueron adelantos. Canal N fue el primer canal digital del mundo.
-Conversación en La Catedral es el faro de El peso del aire.
Conversación en La Catedral es la novela total sobre el odriismo. Y yo he tratado de hacer, por supuesto, con una serie de diferencias, una novela total sobre el fujimorismo con varias particularidades. Quien cuenta el libro no es un periodista de prensa escrita, sino un periodista de televisión por cable, de un canal de noticias. Los personajes son otros, la lógica es otra, la realidad social es otra. Es decir, hay una coyuntura distinta a la del gobierno de Odría, pero yo creo que dialoga mucho con ese libro por la parte técnica también, por supuesto, y también porque mi impresión cuando escribí Flores Amarillas, que es una novela sobre mi familia, una novela de mafia, que parte de la historia de mi familia, ambientada justamente en el gobierno de Odría, descubrí que mucha de la lógica de la dictadura de Odría se reproducía en el gobierno de Fujimori. Es una referencia clara.
-Dentro de lo que fue ese periodo extraño y gris, como que había espacio para el humor.
En el Perú no hay tragedias, sino tragicomedias. Los momentos incluso más oscuros y más siniestros en la historia del Perú tienen este anverso folclórico, ridículo y divertido. Los peruanos hemos desarrollado, quizá por necesidad de supervivencia, la capacidad de reírnos de nuestras peores tragedias y de nosotros mismos. Eso es algo bueno porque nos permite seguir adelante; es algo malo porque muchas veces no nos damos cuenta de las cosas valiosas que tenemos delante, porque nos burlamos. Pero bueno, es como somos.
-Canal N nace con una gran independencia en una época en la que no había esa independencia, en la que los canales de señal abierta estaban digitados por Montesinos; buena parte de la prensa escrita estaba digitada por Montesinos. Y a mí me toca, por lo mismo, el privilegio de estar en ese lugar a mis 23, 24 años y observar desde ese lugar un proceso histórico irrepetible.
Raúl Tola afirma que el principal activo de cualquier medio de comunicación es la credibilidad, un valor que debe ser defendido y cultivado constantemente.
Aunque Raúl Tola fue uno de los periodistas que presentó el primer vladivideo entre Alex Kouri y Vladimiro Montesinos, el 14 de septiembre de 2000 —imagen histórica del combate a la corrupción—, reconoce que el periodismo ha cambiado muchísimo desde entonces. Lo que está en primera línea ahora son los influencers o periodistas con sus propios contenidos, impulsados por las redes sociales, reemplazando a los videorreporteros que grababan y escribían al mismo tiempo. Esa modalidad era la avanzada del año 2000, pero hoy el avance tecnológico ha transformado la industria.
-¿Y eso es bueno?
Tola responde que lo positivo de esta democratización es que cualquiera con un teléfono puede transmitir su opinión y ganar si lo hace bien. Sin embargo, él sigue siendo un gran defensor del periodismo clásico porque siente que este posee mecanismos de control de calidad que se están perdiendo en buena parte de lo que hoy se hace en las redes sociales o en los nuevos medios.
El tema de la ética y el futuro del oficio surge cuando se menciona que, según algunas voces, ya no importa tanto la ética como llevar solo la noticia. Frente a esto, Tola analiza la realidad política actual con una mirada crítica. Recuerda cómo en el año 2000 hubo una unión de todos los partidos políticos, especialmente aquellos con tradición, contra Fujimori por un bien común motivado por la defensa democrática. Esa alianza no ha vuelto a verse, lo cual explica, según él, que hayan sido tan terribles los últimos cinco años.
-Eso no existía —explica Tola—; eran reporteros con cámara que grababan y luego escribían. Hubo varios cambios para la agilidad en la cobertura, pero ahora esa tradición clásica se diluye frente a las nuevas tendencias digitales.
Tanto es así que ha habido una confluencia de intereses que ha controlado el Congreso en un cien por ciento, dejando sin oposición política al país. Esta falta de contrapesos ha generado tensiones y complicaciones para la nación durante todo este periodo.
-Tú has sido muy crítico con Keiko Fujimori —le preguntan—. Él responde que criticó a Keiko durante muchos años mientras ejercía el periodismo y esas críticas las reafirma hoy. Reconoce la realidad innegable de que ella ganó las elecciones y es la presidenta, pero advierte sobre los riesgos.
-Con los antecedentes del fujimorismo —dice— hay temores muy fundados sobre lo que pueda pasar en nuestro país con la calidad democrática y el avance de la lucha contra la corrupción. A pesar de todas las sospechas, espera estar equivocado. Desearle el fracaso al gobierno de Keiko Fujimori es desearle el fracaso a todo el país; es decir, que todo el mundo se perjudique.
Van a ser cinco años complicados, de muchas tensiones, y Tola cree que sería muy importante seguir las enseñanzas recibidas en ese año 2000: cada uno debe hacer su trabajo. El periodismo tiene que ser un contrapoder, crítico e informado para garantizar el funcionamiento de la democracia frente a los desafíos que traerá este nuevo gobierno.
-Raúl Tola advierte que el principal activo de un medio es su credibilidad, un valor que hay que cultivar y defender. «La credibilidad viene de la mano con la ética». Este activo se construye día a día durante décadas; los grandes medios la han forjado en su historia entera. Sin embargo, basta un solo error para que esa confianza desaparezca del todo. Para lograr esta solidez, es vital entender qué sostiene a los medios. Javier Cercas, al analizar el caso de El País, señala que la independencia editorial está vinculada estrechamente con la independencia económica. Los medios que tienen espaldas financieras sólidas, que poseen auspiciadores y pueden permitirse denunciar a uno de ellos sin temer perder publicidad, son mucho más independientes. Detrás del periodismo peruano actual existe una precariedad económica. Esto es parte de una crisis global, pero probablemente más profunda aquí que en otros lugares. Quizá porque el mercado nacional es más pequeño, aunque no tanto como antes. Pero también porque los pensamientos descritos alimentan esta especie de rueda de molino o círculo vicioso que ha hecho que el periodismo entre en una crisis tan grave. La situación actual muestra cómo la falta de recursos afecta la libertad informativa. Cuando un medio depende excesivamente de fuentes externas, su capacidad para denunciar se ve comprometida, generando desconfianza pública. Es necesario romper este ciclo vicioso donde la economía debilita la ética y la credibilidad. Solo fortaleciendo las bases financieras y manteniendo rigurosos estándares morales, los medios podrán seguir cumpliendo su función social sin caer en la precariedad que hoy caracteriza a gran parte de la prensa local. La independencia no es un lujo, sino una necesidad para la democracia.
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