Opinión
Lee la columna de Edwin Cavello
Nasca marchó ayer en las calles. Ese hecho no fue una movida por una foto, sino la respuesta de un pueblo ante una situación insostenible que considera vigente en la Dirección Desconcentrada de Cultura de Ica. Cuando una comunidad se ve obligada a defender líneas milenarias reconocidas como patrimonio mundial, queda claro que algo falla en el sistema. Mientras los ciudadanos exigen respuestas y levantan la voz, varios funcionarios del sector cultural aparecen vinculados a investigaciones fiscales por presuntos delitos contra el patrimonio. La pregunta que flota en medio de esta depredación es sencilla: ¿dónde está el ministro? Un Ministerio de Cultura no puede transformarse en una oficina de comunicados o silencios administrativos donde los funcionarios sobreviven a cada escándalo como si la herencia cultural tuviera un seguro contra la indiferencia.
La indignación se sustenta en hechos concretos. Entre los nombres mencionados está el arqueólogo Jhony Isla Cuadro, señalado por la abogada Noemy Castañeda como cabecilla de una presunta red de corrupción en Nasca. Son imputaciones graves que están en investigación y corresponde a la Fiscalía determinar las responsabilidades; además, en las últimas horas también trascendió una presunta renuncia de Isla Cuadro. Pero el caso no termina allí. En otra investigación por el corte del perímetro de las Líneas de Nasca y Palpa, la Fiscalía investiga como imputados a Alberto Martorell Carreño y Antonio Vidal Ramírez Montes por el presunto delito de atentados contra monumentos arqueológicos.
El escenario se complica más si consideramos que en otra carpeta fiscal el alcalde de Nasca, Wilman Jorge Bravo Quispe, figura como investigado, y la fiscalía ha solicitado inhabilitación y una multa. Ayer en la Plaza de Armas de Nasca pidieron la presencia del ministro de Cultura, Alberto Beingolea, pero este no apareció. María Reiche dedicó su vida a mirar el desierto y descubrir un mensaje escrito hace siglos; hoy, los nasqueños vuelven a escribir otro: ¡basta de impunidad! Las líneas no necesitan discursos, necesitan protección real. Nasca no pide favores, exige Estado y exige el interés de la presidenta Keiko Fujimori. Si Lima no escucha, el pueblo nasqueño seguirá marchando. A pesar de todo, la memoria de María Reiche vive y esta vez sus huerequeques no guardarán silencio.
Un pulpo ve con la piel, una capacidad que no resulta sorprendente al observar su desenvolvimiento en el océano. Sin embargo, lo fascinante de La piel pulpo, dirigida por Ana Cristina Barragán en 2022, es si nosotros también podemos ver a través del tacto. Intimidad se define como ese ir y venir entre lo tocable e intocable: desde el propio cuerpo hacia sí mismo, hacia otros cuerpos y hacia lo que llamamos mundo, un gran conglomerado de carne. Así, la joven protagonista encarna rigurosamente esta idea de estar "a flor de piel". La película prioriza una relación con el universo donde todo es cuerpo; ¡toquemos! Esta necesidad y goce del contacto constituye el eje central de las obras de esta directora.
Además de los encuentros, la trama presenta explosiones de agresión y furia que no son acariciadoras. La cercanía buscada, encontrada y deseada es pura materialidad: concreta, directa y preverbal. Porque el movimiento y el gesto hablan con una fuerza soberana, recordándonos cuán pocas veces las palabras son realmente necesarias, menos de lo que quisiéramos admitir. En esta cinta, la imagen habla directamente a la piel del espectador.
Esa preferencia por un conocimiento sensorial fomenta una discontinuidad narrativa que merece ser celebrada. Los clichés sobre familias destruidas quedan relativizados aquí, pues las cercanías, o su ausencia, son todo al final (como se ve en las dinámicas entre madre e hijos, hermanos o padre e hija). Por otro lado, el subrayado de los "niños salvajes" apartados de la civilización es un aspecto menos interesante. Se trata de una isla-mundo aparte de la pequeña familia que inevitablemente se quebrará.
No obstante, hay momentos gozosos en la cinta. Una melancólica canción cambia asombrosamente de signo y dos chicas comparten un caramelo con palito. Incluso podemos escuchar los sonidos producidos en sus bocas: el roce de lenguas y saliva. Es el inicio preciso de una amistad y una relación. La ambigüedad o la riqueza de los contactos entre humanos, esencialmente dados por sus cuerpos, constituyen el mayor poder de la película.
Es en el registro atento de esa variedad, de esos detalles y pequeñas "esencias", donde redescubrimos algo en nosotros mismos. Casi vemos con la piel. La autora del análisis es Edwin Cavello Limas, periodista y cinéfilo. Actualmente es Editor de Cultura de Diario UNO y conductor del programa Lima Gris que se transmite por Radio Planicie 91.5.FM. Fue editor de la revista ONCE y columnista del diario La Razón. También dirigió la revista, radio y TV Lima Gris.
La imagen visual de esta reflexión corresponde a la película mencionada, cuyo título evoca la capacidad sensorial única del molusco y su proyección en la narrativa cinematográfica analizada.
Por: Juan José Sandoval
Los medios de comunicación endiosan y satanizan por igual. Al asesino del martillo lo tienen seco de por vida. Ahora quiere sacar un libro para generar ingresos y pagarle a sus víctimas. Nunca estuvo loco; dice que sus amigos de entonces le dieron droga y se desquició. ¿Quién podría contratar al loco del martillo?
Es solo una muestra visible, pero el problema es más complejo: refleja que el sistema peruano no reinserta al condenado. Por algo será que los delincuentes operan desde los penales y fortalecen su actividad.
Por lo pronto, el nada loco Clímaco prepara su incursión literaria para competir en la próxima FIL con el alucinado Faverón en la firma de autógrafos. Quién sabe y al abogado del asesino se le ocurre también llevar a la presentación a la empleada que sobrevivió a la ráfaga de martillazos en la cabeza. Todo sea para montar una cadena solidaria que le permita pagar la indemnización. Fácil la pone a vender chocotejas también.
Una vez, a Los Viejitos de Barrón (nuestro grupo de rock) nos invitaron a un festival de poesía en Barranca. En el grupo de poetas estaba la chica que había matado a su mamá en San Juan de Miraflores. El caso de la flaca tuvo un impacto mediático similar al de Clímaco. Estuvo unos años presa, logró salir en libertad y luego le dio por ser poeta; terminó emparejada con un editor aprista conocido por arruinar los sueños de escritores jóvenes.
Pasada la noche poseídos por el arte de la palabra, nos dirigimos a primera hora junto con todos los poetas en un bus hacia Caral, donde recitaríamos algunas piezas con resaca. Ahí pudimos congeniar unos minutos con la matricida y notamos que, si bien hablaba con coherencia —no estaba loca—, aprovechaba cada momento para hablar de su proceso judicial: que ella no mató a nadie, que más bien era una víctima.
Mientras viajábamos a Caral, la poeta dejó ver unas delicadas líneas que le surcaban las muñecas. Era bella y bastante elocuente, pero el tema de su madre era recurrente.
Al rato llegó el novio presa de los celos y se la llevó. Aquel editor aprista —que en el mejor de los casos hacía libros de mala calidad porque usualmente no le entregaba nada al autor— nos dejó una duda rondando entre Los Viejitos de Barrón: ¿habrá podido dormir con la poeta a su lado?
Opinión
Lee la columna de Rodolfo Ybarra
La película de Nolan llega a su cuarta semana y ya pasó del millón de espectadores en el Perú de las maravillas. Este autor esperó a que se fueran vaciando las salas para darle un vistazo a esta versión clásica del héroe de Ítaca tras la caída de Troya, pero igual encontró una sala llena de chacchadores de maíz pop corn y bebedores compulsivos de Coca Cola.
Pero, ¿por qué una película que es un clásico griego tiene tanta recepción, equiparable a «Asu Mare» o a «Oppenheimer» con sus 700 mil concurrentes, a pesar de no contar con carros volando por los aires, explosiones nucleares ni superhéroes volando con capa? Y es que «La Odisea» lo tiene todo, pero desde otra perspectiva. El héroe lucha contra los dioses y enfrenta la ira de Poseidón o al Cíclope Polifemo convertido en un gigante que vive en una cueva y cría ovejas. Asimismo, las Sirenas o la hechicera misándrica que convierte a los hombres en cerdos.
Muchos tratan de ver algo más en todo esto. Por ejemplo, la metáfora del coloso y su rebaño que vive en paz, pero unos viajantes llegan para atormentarlo. O los hombres bestializados (léase hechizados) por el hambre. O el arco y la flecha de Ulises que da en el blanco y todos los cortesanos quedan humillados ante la precisión casi lasciva del héroe.
Matt Damon ha dicho que el realismo aplicado aquí era tan extremo que ha tenido que sufrir en el rodaje, y eso a pesar de que su financiamiento ha llegado a los 240 millones de dólares y la participación de una lluvia de estrellas: Anne Hathaway (a quien acabamos de ver en «Al final de la calle Oak»), Elliot Page (a quien seguiremos pensando que es Ellen Page, quien podría haber interpretado a Nausicaá, pero terminaron dándole el papel a Sinón), Robert Pattinson haciendo de malo y Tom Holland haciendo de Telémaco, entre otros.
Finalmente, en estos tiempos mediáticos, una película que es larga y no apela a la IA o a extremar los efectos especiales es casi un salto al vacío. Pero aquí ocurrió algo y es la validación de una película en su historia y en sus personajes. No hay que inventar nada. Todo está ahí en el texto original que cuenta Homero y que esperamos que el público lea, revise o compare. Pues aquí con todas las salvedades, la película es el libro.
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