Cultura
Hasta el 10 de setiembre, la Galería Más Arte, situada en la calle Mariano Odicio 282 de Miraflores, invita al público a recorrer una muestra que redefine el panorama cultural arequipeño. El III Salón de Arte Arequipa, inaugurado este jueves 20 de agosto a las 7:00 p. m., consolida su espacio como plataforma para visibilizar la creación contemporánea. Con un acceso libre y horarios de lunes a viernes de 10:00 a. m. a 6:00 p. m., y sábados de 10:00 a. m. a 1:00 p. m., esta tercera edición marca un punto de inflexión en la historia del evento.
Bajo el concepto «Una ciudad. Distintas miradas», la exposición desplaza el énfasis de la edad hacia las obras y procesos creativos, dejando atrás la antigua denominación «Arte Joven». Este cambio semántico permite que la iniciativa se centre en diversas aproximaciones al arte contemporáneo, sin uniformizar las propuestas. En su lugar, busca poner en relación diez miradas distintas que exploran lenguajes y materiales variados.
La muestra reúne a Alessandra Leiva, André Daza, Ángela Salas, Diego Ross, Giancarlo Melgar, María Laso, Sergio Pacheco, Fernando Peña, Arnold Colque y Verónica Torocahua. Sus propuestas no responden a una estética común, sino que dialogan sobre ejes como el cuerpo, la identidad, la memoria, los afectos, el territorio, la relación entre naturaleza y artificio, además del impacto de la tecnología. Algunas obras se internan en el paisaje o las posibilidades expresivas de los materiales; otras encuentran puntos de contacto alrededor de lo corporal.
Esa diversidad se extiende a los soportes y técnicas. Junto a métodos tradicionales como la acuarela, el dibujo y el grabado en punta seca, conviven obras sobre papel de lija, MDF troquelado y textiles. También están presentes fotografías, objetos cotidianos y propuestas diseñadas para ser apreciadas en pantallas.
Esa convivencia revela una característica central de la creación actual: la posibilidad de expandir los límites tradicionales. Cualquier material puede convertirse en un vehículo para una idea, una experiencia o una pregunta profunda. El resultado es un recorrido por una escena artística que tiene a Arequipa como territorio de referencia, pero que también se alimenta de los desplazamientos y contextos de sus creadores.
Con esta tercera edición, Galería Más Arte logra consolidar el Salón no solo como un evento, sino como un espacio vital para la circulación de propuestas vinculadas con la creación contemporánea arequipeña. El objetivo final es construir un recorrido que muestre cómo distintas maneras de observar e interpretar el mundo pueden coexistir y enriquecerse mutuamente dentro del mismo marco expositivo.
El III Salón de Arte Arequipa ofrece una oportunidad única para explorar la pluralidad del arte actual, demostrando que detrás de cada obra hay un contexto personal y colectivo que aporta valor a la escena cultural. La invitación es clara: visitar la galería y descubrir cómo estas diez miradas transforman nuestra comprensión del entorno.
La última cena (1976) de Tomás Gutiérrez Alea
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Lee la columna de Rodolfo Acevedo
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Hechos reales inspiraron la película de Gutiérrez Alea. La historia acontece en una hacienda cubana productora de azúcar (fines del siglo XVIII), durante el colonialismo español. Allí, el propietario, el Conde de la Casa Bayona, llega con el propósito de celebrar la Semana Santa y aprovechar las fechas para realizar un homenaje, la representación de la última cena de Jesús y sus apóstoles, para el caso, el Conde junto a doce de sus esclavos.
No es solo un acto de fervor, una afirmación de su fe, lo que busca el aristócrata. A través de una ceremonia cargada de aparente gesto piadoso, diluidas ciertas jerarquías -paternalismo incluido-, el Conde pretende acabar con las sediciones y convertir definitivamente al cristianismo, a la mano de obra africana. Pero nada sale como él piensa. La ceremonia produce algo diferente: interpretaciones que contradicen el régimen de control y disciplina del ingenio azucarero, y una idea de la comunión cristiana que nada tiene que ver con el racismo y la brutal explotación del régimen esclavista.
Gutiérrez Alea y su equipo narran un evento, en cinco partes (los días santos), exponiendo las contradicciones del orden colonial. Desde el arribo del Conde vemos cómo las necesidades de la producción azucarera se enfrentan a la visión religiosa que reclama mayor atención a los rituales y fiestas, necesarios para la conversión (la "salvación de las almas"), y el apaciguamiento de la población. Pero la productividad no necesita de esos velos que solapan la dominación y la violencia.
Esa es la visión del ingeniero de la azucarera, Don Gaspar (Leclerc), quien teme otra rebelión de esclavos como en Santo Domingo y critica al cura de la hacienda por su falta de "realismo". Lo acompaña en esas ideas el mayoral Manuel, el feroz brazo represivo del ingenio, quien no duda en mutilar a un esclavo con el fin de amedrentarlo. Este castigo ejemplifica con terror las consecuencias de la insubordinación. (Es de resaltar que ese papel represivo lo cumplen individuos con evidentes rasgos africanos. Identificados con los opresores y sus intereses, parecen superar algunos estigmas de los estereotipos raciales, pero no los facultan para que las élites coloniales los consideren "sus iguales". Esto es claro en la película).
La cena del jueves santo pondrá a prueba el poder de la religión sobre los esclavos. Así lo cree el Conde. La clave es convencerlos de la resignación. La comida –luego de que el anfitrión lave y bese los pies de los invitados, emulando a Jesús, pero con fastidio-, transcurrirá contándose anécdotas, creencias, expresando puntos de vista.
Pero es el Conde quien impone su palabra, relegando todo sentido de libertad a la aceptación de un orden inamovible que debe sufrirse para que Dios los reciba en el cielo. (Es en el ejercicio de la palabra y en el gesto teatral de los actores donde se basa la película, particularmente en esta sección. Y la puesta en escena recuerda a las pinturas clásicas con las que se ha representado al relato cristiano).
A medida que los vinos se asienten sobre las conciencias y se hagan promesas –imposibles de cumplir, como la libertad de un esclavo ya anciano o el no trabajar en viernes santo-, el control del hacendado desaparece. Durante el sueño del Conde, los esclavos quieren entender la religión cristiana como una iglesia que a pesar de todo los acoge y les otorga los mismos derechos que a los esclavistas.
Solo el esclavo Sebastián no cree en nada de lo que dice el hacendado. Mantiene una actitud beligerante todo el tiempo. Y solo habla para contar una historia, una parábola sobre cómo la verdad y la mentira están confundidas en los europeos. Por ello no se les debe creer. Al día siguiente, los africanos querrán descansar, asumiendo que se les concederá el viernes santo, pero los administradores y el mayoral del ingenio se los negarán.
Entonces surgirá la revuelta.
Aquí se vislumbra una realidad compleja: en viernes santo, los esclavos desengañados deciden destruir el ingenio azucarero y matar al mayoral. Sin embargo, la rebelión no fue un bloque monolítico; algunos eran muy viejos, otros temían actuar o simplemente desconocían qué hacer. Esta narrativa expone claramente la desorganización, la ausencia de proyecto definido y las ambivalencias que caracterizan a ciertos procesos sociales. No obstante, la película también revela un aspecto mítico, presente en las palabras de Sebastián —provenientes de sus tradiciones—, lo cual le otorga una fuerza y convicción aún ajena para la mayoría de los esclavos. El levantamiento pone fin a las aparentes diferencias que se daban al interior del grupo dominante; la piedad religiosa es dejada de lado cuando el orden social y productivo es quebrado. La represión será encabezada por un Conde vengativo. Tras aplastar la rebelión y capturar a casi todos los fugados, el mismo Conde mandará poner en las puntas de unas picas las cabezas de sus invitados a la cena santa. En Domingo de Resurrección, junto a su guardia, el cura y otros esclavos realizan una ceremonia que puede interpretarse como el restablecimiento de un orden o quizás, un orden resurrecto.
Después de unas palabras del Conde al pie de una cruz enorme, la cámara se desplazará hacia la pica vacía: la punta sin cabeza que señala la huida de Sebastián y, de algún modo, la esperanza. Este contexto cultural enriquece el entendimiento de la trigésima edición del Festival Internacional de Cine de Lima PUCP, un evento que cerró su edición aniversario con más de 33 000 asistentes y una programación que reunió 145 producciones audiovisuales, entre largometrajes, cortometrajes, mediometrajes, noticieros y series. La selección reflejó la diversidad de la creación cinematográfica contemporánea, con 83 obras de ficción y 62 documentales, además de una importante presencia del cine peruano. El 30° Festival Internacional de Cine de Lima PUCP reunió 145 producciones audiovisuales, 72 obras peruanas y 119 actividades entre funciones, conversatorios, clases maestras, talleres y encuentros.
Una edición que celebró tres décadas de historia y reafirmó su papel como uno de los principales espacios de encuentro cinematográfico de la región. Uno de los grandes protagonistas de esta edición fue precisamente el cine peruano. Entre competencias, muestras y retrospectivas se presentaron 72 producciones nacionales, de las cuales 38 fueron largometrajes. El Festival volvió así a consolidarse como una plataforma de encuentro entre realizadores, profesionales de la industria y espectadores, al tiempo que ofreció un espacio para descubrir nuevas voces y reencontrarse con autores y obras que forman parte de la historia reciente de nuestra cinematografía.
La apuesta por el desarrollo de la industria también tuvo un capítulo destacado. El Mercado, espacio dedicado a impulsar proyectos cinematográficos, recibió 110 postulaciones de proyectos peruanos de ficción y documental en desarrollo, la cifra más alta registrada en sus 11 años de existencia. El resultado confirma la importancia de este espacio para acompañar y fortalecer la producción audiovisual nacional.
Treinta años después de su nacimiento, la fiesta del cine continúa. El Festival Internacional de Cine de Lima PUCP no solo mira hacia su historia; también proyecta un futuro que apuesta por el crecimiento del cine peruano y la formación de nuevas audiencias. En esta edición aniversario, reafirmó esa vocación con una programación que articuló cine, cultura, formación e industria. Extendió sus actividades a Lima, Cusco e Iquitos, convirtiendo nuevamente a estas ciudades en escenarios para la celebración del séptimo arte y reuniendo a creadores, especialistas y público.
A lo largo de estos 30 años, el evento ha construido un espacio de encuentro entre el cine peruano, latinoamericano y mundial. Su programación ha permitido que distintas generaciones conozcan historias y autores capaces de ampliar nuestra manera de mirar y comprender el mundo. Pero la celebración de las tres décadas también estuvo marcada por el propósito de acercar el cine a nuevos públicos. En ese sentido, 24 actividades y funciones fueron de ingreso libre, ampliando el acceso a la programación para que más espectadores participaran de la fiesta cinematográfica.
La formación y el intercambio ocuparon igualmente un lugar central. El Festival desarrolló 95 encuentros, entre conversatorios, clases maestras, diálogos, presentaciones de publicaciones, talleres y sesiones de preguntas y respuestas (Q&A). De esta manera, las películas no fueron únicamente espacios de exhibición, sino también puntos de partida para la reflexión, el aprendizaje y el diálogo entre cineastas, especialistas y público.
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