PREOCUPACIONES SIN ATENDER. La primera presentación del gabinete ministerial fujimorista en este periodo deja una sensación de desconexión total con el legislativo y la vuelta a recetas fallidas.

La sesión comenzó cerca de las diez de la mañana con Luis Galarreta en el hemiciclo, quien se hizo presente sosteniendo diecisiete páginas entre las manos. Detrás del primer ministro, el gabinete ministerial saludaba a los diputados siguiendo el protocolo previo a discursos extensos. Mientras tanto, muchos legisladores sentados en sus curules parecían intuir que la hora siguiente estaría llena de promesas que no parecen tener destino alguno.

El ambiente se cargó con un guiño de Fuerza Popular hacia su presencia en la sesión. Miguel Ángel Torres, considerado uno de los 'hombres fuertes' del fujimorismo, no pudo asistir presencialmente; sin embargo, proyectaron un mensaje virtual de poco más de veinte segundos durante la transmisión en redes sociales. Aunque él no forma parte de la Cámara de Diputados, su intervención fue la antesala para la presentación del premier y no pasó desapercibido.

Iniciado el discurso, Galarreta optó por lanzar el salvavidas desde el vamos: "Un Estado entrampado por la burocracia, que llega tarde al delito, llega tarde a las emergencias y a las necesidades de las familias", dijo. Con estas palabras, dibujó un diagnóstico de un país que, según su relato, le fue entregado ya roto.

La frase no sonó improvisada: calzaba casi a la perfección con el discurso que Keiko Fujimori había pronunciado semanas antes, el 28 de julio. El "relato de herencia" —esa fórmula que permite explicar cualquier tropiezo futuro como culpa del pasado— quedaba instalado desde los primeros minutos de su presentación.

"El Estado tiene que volver a funcionar para la gente. Seguridad que se sienta. Servicios que lleguen. Obras que terminen", enumeró el premier. A lo largo de todo su discurso, fijó plazos específicos: diciembre de 2026, julio de 2027 y el cierre del quinquenio en 2031.

No obstante, los ciudadanos que lo escuchaban no pudieron saber qué pasos habría que seguir para ver sus promesas cumplidas. La falta de propuestas claras expuso la desconexión total con el legislativo. Al igualar su narrativa a la de Keiko Fujimori, Galarreta instaló un relato donde cualquier error futuro se culpa del pasado.

Al no explicar cómo concretarán las medidas, la presentación dejó una sensación de incertidumbre. Los plazos anunciados son ambiciosos, pero carecen de mecanismos de ejecución detallados. La estrategia parece depender más de la retórica que de la planificación técnica.

Seguridad: el eje que más pesa y menos explica

Sí, si hay un tema que definió la campaña de Fujimori, fue la seguridad. No es para menos: más de la mitad de los peruanos dice sentirse insegura en el transporte público y en los restaurantes. Y sin embargo, apenas estrenado el gobierno, los primeros días ya habían sido accidentados justamente en el área que se suponía sería la prioridad absoluta.

Frente a los diputados, Galarreta prometió "más capacidad operativa, inteligencia, tecnología y presencia policial en el territorio", apuntando contra la extorsión, el sicariato, el crimen organizado y el narcotráfico. Sonó contundente. Pero el cómo —la incómoda explicación que separa el plan del deseo— nunca llegó.

El primer ministro habló de "fortalecer" el sistema de flagrancia y los subsistemas policiales sin precisar un solo mecanismo concreto. Los problemas, una vez más, quedaban nombrados; las soluciones, en cambio, seguían flotando en el terreno de lo gaseoso.

El Niño, y el terremoto que llegó dos horas después

El segundo eje del discurso —gestión de riesgos y desastres— reveló otra asimetría curiosa. De dieciséis párrafos dedicados al tema, solo uno mencionó los sismos. El resto se concentró casi obsesivamente en el próximo Fenómeno de El Niño.

El único compromiso con números propios fue la promesa de ampliar los Grupos de Búsqueda y Rescate Urbano (USAR), hoy cuatro —dos del Ejército, uno de la Marina, uno de la Fuerza Aérea—, a ocho para el segundo año de gobierno y a dieciséis al final del quinquenio.

No obstante, el tema menos apreciado en el discurso se presentó en la realidad: solo dos horas después de que Galarreta pronunciara esas palabras, un terremoto sacudió Catacora, en Ayacucho. En algún punto de ese tramo, el premier pareció perder el tino.

La comunicación se le hizo cuesta arriba, como si el peso de las cifras y los plazos le complicara sostener el tono. Y entonces, también vino la autocrítica: "Vamos tarde en la prevención del Fenómeno de El Niño 2026-2027, y tenemos que reconocerlo. Pero será la última vez".

La democracia va al final

Solo una hoja abordó el segmento de gobernabilidad y democracia, cerrando el eje más corto de la jornada. El contraste fue agudo: Fuerza Popular ha acumulado varios periodos de experiencia legislativa, pero recién ahora tiene la opción de gobernar desde el Ejecutivo. Para la oposición, la contradicción resultaba evidente; un partido que históricamente dinamitó la fortaleza institucional y las libertades venía a pedir por esos mismos pilares fundamentales.

"Este gobierno será defensor de la institucionalidad democrática, las libertades de prensa y de expresión y los derechos fundamentales", declaró Luis Galarreta. Sin embargo, estas declaraciones no lograron evitar el escepticismo en la sala, desatando caras de desaprobación entre diputados que no lo ven con buenos ojos.

Si Galarreta no había terminado de convencer a la cámara, tampoco lo hicieron sus alfiles ministeriales: Marco Vinelli, titular del Interior, y César Astudillo, ministro de Agricultura y Riego. Los funcionarios no pudieron revertir el resultado de una mañana en la que el fujimorismo no logró cosechar los apoyos que buscaba.

Vinelli centró sus esfuerzos en una táctica más aterrizada que la de sus compañeros. El titular de Agricultura tuvo una presentación más redonda, señalando las tareas ya ejecutadas —como el decreto de urgencia publicado durante este Gobierno para enfrentar el Fenómeno de El Niño junto con la Autoridad Nacional del Agua— y nombrando los problemas de manera concreta.

A pesar de que su intervención cumplió como complemento de lo mencionado por Galarreta, las lluvias del pasado fin de semana ya habían dejado una imagen difícil de revertir en la opinión pública.

En el caso de Astudillo, la presentación fue aún más accidentada. El retorno a las generalidades estuvo presente en su discurso. Aunque llamó a implementar más inteligencia y a golpear a la delincuencia, más allá de estas señales retóricas, la cartera no presentó ninguna acción concreta que pueda contrarrestar la criticada parsimonia que ha mostrado el Gobierno en este terreno hasta el momento.

Así concluyó el intento por blindar las nuevas propuestas ante un Legislativo escéptico. La ausencia de detalles operativos y la percepción de contradicción política fueron los factores determinantes que impidieron una aprobación entusiasta de las medidas expuestas por el equipo de gobierno en su primera gran exposición formal frente a los representantes del pueblo.

Horas antes, Harvey Colchado —diputado de Ahora Nación y policía en retiro— advirtió al ministro: "no se deje engañar", cuestionando la permanencia de Arriola como jefe de la PNP. El tema fue completamente obviado por el funcionario durante su comparecencia.

Casi una hora después de haber empezado, Galarreta cerró sus diecisiete páginas. Los aplausos llegaron, a mansalva, únicamente desde la bancada oficialista. El bloque opositor —Partido del Buen Gobierno, Juntos por el Perú, Ahora Nación y Obras— se quedó con las manos quietas. No hizo falta ningún comunicado: el rechazo ya se había vuelto gesto.

Hacia el final, Galarreta cambió de registro y buscó tender un puente hacia el Legislativo. "Les propongo acompañar a los funcionarios, a los ministros y al Gobierno en general a destrabar aquello que hoy impide que una posta se instale, que el agua llegue, que las medicinas estén disponibles (...) Seamos juntos parte de la solución", dijo, mirando a un hemiciclo que, en ese momento, apenas lo miraba de vuelta.

Sin embargo, mientras el premier hablaba de seguridad, la congresista Analí Márquez, de Juntos por el Perú, llevaba varios minutos con la vista fija en su celular. En la Mesa Directiva, los vicepresidentes Harvey Colchado (Ahora Nación) y José Yataco (Obras) tampoco disimulaban demasiado: sus teléfonos parecían más interesantes que el plan de gobierno.

Hasta desde la propia bancada oficialista, el diputado de Fuerza Popular Ángel Bobadilla completaba el cuadro, más atento a las redes sociales que al discurso de su propio primer ministro.

"Yo he estado en el otro lado de la cancha. Y sé que el control político llama a saber que gasta y como gasta un funcionario", dice Galarreta. Pero el intento es en vano: apelar a la compasión de la Cámara de Diputados no parece suficiente para que pueda librarse de los cuestionamientos.

La escena reflejó una desconexión palpable entre quien propone y quienes escuchan. Arriola, figura central del debate sobre seguridad, permaneció en el olvido total a pesar de las alertas previas de Colchado. Cuando Galarreta intentó cerrar la brecha con una invitación al diálogo, encontró un silencio incómodo o distracciones constantes. Márquez y los vicepresidentes Colchado e Yataco priorizaron sus dispositivos móviles sobre la exposición gubernamental.

Incluso desde su propia formación, Bobadilla de Fuerza Popular demostró mayor interés en el feed digital que en las palabras del premier. Esta falta de atención colectiva invalida cualquier apelación emocional a la compasión parlamentaria. La estrategia de Galarreta para desactivar los ataques mediante promesas de trabajo conjunto resultó insuficiente frente a un Legislativo hostil y distraído.

El cierre de su presentación marcó el fin de una sesión donde las palabras del gobierno no encontraron eco en la sala, dejando claro que sin una estrategia concreta más allá del discurso, los ministros seguirán expuestos al escrutinio crítico de sus pares. La tregua propuesta por Galarreta fue ignorada, consolidando el rechazo implícito de la mayoría.

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