Opinión
Un pulpo ve con la piel. Por eso, nada resulta extraño al observar cómo en La piel pulpo, de Ana Cristina Barragán (2022), las imágenes de estos habitantes del mar entrelazan el desarrollo de la trama con una premisa fascinante: ¿podemos ver también nosotros con nuestra dermis? La respuesta se asienta sobre conceptos como intimidad, tacto y contacto. Es ese ir y venir desde el centro —un cuerpo que es a la vez tocable e intocable— hacia sí mismo, hacia otros cuerpos y hacia lo que llamamos mundo: un gran cuerpo compuesto por cuerpos.
En este sentido, la joven protagonista encarna rigurosamente la idea de estar 'a flor de piel'. Representa una relación con el universo donde todo es materia física; ¡toquemos! Este deseo de contacto constituye quizás el tema central de la cineasta. Sin embargo, no solo hay caricias; también existen explosiones de agresión y furia que no acarician, sino que impactan. La cercanía en esta obra es pura, deseada, encontrada y buscada antes de ser espiritual. Es material, concreta, directa, preverbal o postverbal.
El cuerpo, el movimiento y el gesto hablan por nosotros mismos, recordándonos lo poco necesarias que resultan las palabras, quizás menos de lo que quisiéramos admitir. Este hecho se impone soberanamente en la película: esta obra 'habla' directamente a la piel. Tal orientación hacia un conocimiento sensorial fomenta una discontinuidad narrativa que merece ser celebrada.
Dentro de esta estructura, el cliché de la familia destruida queda relativizado. Las relaciones familiares —entre madre e hijos, hermano y hermana, o padre e hija— son todo lo que existe en ese microcosmos. Por otro lado, hay un aspecto menos interesante: el subrayado de los 'niños salvajes', apartados de la civilización, aislados en una isla-mundo junto a su pequeña familia. Ese mundo, sin embargo, se quebrará.
No obstante, la película ofrece momentos gozosos memorables. Uno ocurre cuando una melancólica canción cambia asombrosamente de signo. Otro es el instante preciso donde dos chicas comparten un caramelo con palito; podemos escuchar los sonidos que producen en sus bocas, las vibraciones de sus lenguas y su saliva. Es el inicio exacto de una amistad, de una relación.
La ambigüedad o la riqueza de los contactos entre humanos, dados esencialmente por sus cuerpos, constituyen el mayor poder de La piel pulpo. Es en el registro atento de esa variedad, de esos detalles y pequeñas 'esencias', donde redescubrimos algo dentro de nosotros mismos. Casi vemos con la piel.
Esta es una obra de Mario César Castro Cobos, cineasta y crítico de cine. Fundó y dirigió el Festival de Cine Lima Independiente, así como las revistas Voyeur, Abre los ojos y el blog La cinefilia no es patriota. También condujo el programa radial del mismo nombre en Radio Lima Gris. Ha escrito para medios como Cronopia, Las sumas voces, Butaca, Mabuse, Godard!, Diario 16 y Buensalvaje. Formó parte de los cineclubs del BCR, Biblioteca Nacional, Centro Cultural Arcais, Universidad Científica del Sur, Universidad Cayetano Heredia y Universidad de Ciencias y Humanidades. Acaba de estrenar su cuarto largometraje.
Por: Rodolfo Ybarra
La película de Nolan llega a su cuarta semana y ya pasó del millón de espectadores en el Perú de las maravillas. Este autor esperó a que se fueran vaciando las salas para darle un vistazo a esta versión clásica del héroe de Ítaca tras la caída de Troya, pero igual encontró una sala llena de chacchadores de maíz pop corn y bebedores compulsivos de Coca Cola.
Los medios de comunicación endiosan y satanizan por igual. Al asesino del martillo lo tienen seco de por vida. Ahora quiere sacar un libro para generar ingresos y pagarle a sus víctimas. Nunca estuvo loco; dice que sus amigos de entonces le dieron droga y se desquició. ¿Quién podría contratar al loco del martillo?
Es solo una muestra visible, pero el problema es más complejo: refleja que el sistema peruano no reinserta al condenado. Por algo será que los delincuentes operan desde los penales y fortalecen su actividad.
Por lo pronto, el nada loco Clímaco prepara su incursión literaria para competir en la próxima FIL con el alucinado Faverón en la firma de autógrafos. Quién sabe y al abogado del asesino se le ocurre también llevar a la presentación a la empleada que sobrevivió a la ráfaga de martillazos en la cabeza. Todo sea para montar una cadena solidaria que le permita pagar la indemnización. Fácil la pone a vender chocotejas también.
Una vez, a Los Viejitos de Barrón (nuestro grupo de rock) nos invitaron a un festival de poesía en Barranca. En el grupo de poetas estaba la chica que había matado a su mamá en San Juan de Miraflores. El caso de la flaca tuvo un impacto mediático similar al de Clímaco. Estuvo unos años presa, logró salir en libertad y luego le dio por ser poeta; terminó emparejada con un editor aprista conocido por arruinar los sueños de escritores jóvenes.
Pasada la noche poseídos por el arte de la palabra, nos dirigimos a primera hora junto a todos los poetas en un bus hacia Caral, donde recitaríamos algunas piezas con resaca. Ahí pudimos congeniar unos minutos con la matricida y notamos que, si bien hablaba con coherencia —no estaba loca—, aprovechaba cada momento para hablar de su proceso judicial: que ella no mató a nadie, que más bien era una víctima.
Mientras viajábamos a Caral, la poeta dejó ver unas delicadas líneas que le surcaban las muñecas. Era bella y bastante elocuente, pero el tema de su madre era recurrente. Al rato llegó el novio presa de los celos y se la llevó. Aquel editor aprista —que en el mejor de los casos hacía libros de mala calidad porque usualmente no le entregaba nada al autor— nos dejó una duda rondando entre Los Viejitos de Barrón: ¿habrá podido dormir con la poeta a su lado?
La recepción temprana de «La piel pulpo», un clásico griego, ha sido tan masiva que se equipara a títulos como Asu Mare o Oppenheimer, con sus 700 mil espectadores. Esta comparación es trágica y desequilibrada, dado que la película no cuenta con carros volando, explosiones nucleares ni superhéroes con capa. Sin embargo, La Odisea posee todo lo necesario desde otra perspectiva: el héroe lucha contra los dioses y enfrenta la ira de Poseidón o al Cíclope Polifemo, convertido en un gigante que vive en una cueva cría ovejas. Asimismo, las Sirenas o la hechicera misándrica que convierte a los hombres en cerdos.
Muchos tratan de ver algo más en todo esto. Por ejemplo, la metáfora del coloso y su rebaño que vive en paz, pero unos viajantes llegan para atormentarlo. O los hombres bestializados (léase hechizados) por el hambre. O el arco y la flecha de Ulises que da en el blanco y todos los cortesanos quedan humillados ante la precisión casi lasciva del héroe.
Matt Damon ha dicho que el realismo aplicado aquí era tan extremo que ha tenido que sufrir en el rodaje y eso que su financiamiento ha llegado a los 240 millones de dólares y la participación de una lluvia de estrellas: Anne Hathaway (a quien acabamos de ver en Al-final-de-la-Calle-Oak), Elliot Page (a quien seguiremos pensando que es Ellen Page que podría haber interpretado a Nausicaá, pero terminaron dándole a Sinón), Robert Pattinson haciendo de malo, Tom Holland haciendo de Telémaco, etc.
Finalmente, en estos tiempos mediáticos, una película que es larga y no apela a la IA o a extremar los efectos especiales es casi un salto al vacío. Pero aquí ocurrió algo y es la validación de una película en su historia y en sus personajes. No hay que inventar nada. Todo está ahí en el texto original que cuenta Homero y que esperamos que el público lea, revise o compare. Pues aquí con todas las salvedades, la película es el libro.

Urge una lectura de la poesía que busque la complicidad con el mundo interno del autor. Leer para participar, para ser cómplice de la imaginación poética. Leer no solo para recabar una serie de datos, sino para interpretar sensaciones y estados mentales. Acceder a la mente de un poeta es todo un viaje. No siempre tenemos el boleto ni estamos listos.
Algunos poetas son hiperbólicos, otros serenos. La lectura de un poema es el acceso a una mente determinada. En la obra Albor de Masas (2026) de Diófer Vásquez Aguirre ya desde el título y los epígrafes nos aventura su poética: poesía como caballo de troya de un nuevo estado social nacional actual.
Albor, de alba, de nacimiento, de novedad, irrumpe junto a la palabra masas. Término usado por la izquierda tradicional, aunque, aclara el prologuista, el poeta no se halla dentro de los extremos políticos; lo que confiere una, como anticipamos, impronta política poética.
Si analizamos los dos epígrafes propuestos –Vallejo & Scorza–, nuestras sospechas se confirman: el prologuista discrepa al afirmar que Diófer no traduce la realidad, sino que la idealiza y la metaforiza. De esta manera, las imágenes de su obra se transforman en retratos estáticos de un deseo interno de cambio, conservadas bajo una capa de optimismo social.
Brilla la voz de los olvidados;
avanza el puño por la plaza,
flamean banderas e himnos
mientras una luz respirable
renace en el alma. (pág. 18)
Esta representación nos lleva a interrogarnos sobre el símbolo del puño en alto, tan frecuente en pancartas, portadas y marchas masivas. ¿Se trata de una retórica o bien es una imagen fresca y subrepticia que simboliza la unidad de los pueblos?
Aunque Diófer ostenta un perfil social, su estilo se adhiere a la retórica modernista; aquellos bardos declamaban con panderetas, tambores, oboes y puños elevados, pero siempre con un trasfondo social: la redención de la realidad. No es una traducción objetiva de los hechos, sino una versión propia, influenciada por los caminos de lo azul. Es así como suena, sin reservas:
Crece el estruendo del disparo
entre los naipes de los versos,
y el puño de los bandoleros del poder
arranca la flor encendida
que custodia el corazón. (pág. 17)
Aquí emerge una metáfora ontológica (Lakoff & Johnson, 1980), pues la “flor encendida que custodia el corazón” es una forma sutil de vincular elementos ligados a la existencia. La “flor encendida” simboliza la vida y su dignidad, mientras que ese “puño de los bandoleros del poder” (donde “puño” actúa como metonimia) representa cómo se impide la construcción de la totalidad humana dentro de un sistema determinado.
Como se evidencia, el poeta no traduce pasivamente; selecciona elementos de la realidad para estructurar su discurso. El autor es un metaforizador de lo real: partiendo de la idea de “flor encendida” –que permite un texto más abstracto y nos sitúa dentro de una mística floral, cercana a Angelus Silesius o Martín Adán–, teje sus versos:
Rompe el tuétano del sistema,
esa maquinaria de hierro
que humilla,
divide
y deshumaniza. (ibídem)
Comentarios 0
Súmate a la conversación
Tu comentario es anónimo, pero para evitar bots necesitamos que te registres. Es gratis y toma 30 segundos.
Crear cuenta para comentar Ya tengo cuenta