Mi amigo, el fotógrafo Gary, se retiró del restaurante dejando atrás una reflexión urgente sobre la violencia que azota a Lima. Había pedido un lomo a lo pobre con huevito y plátano frito, acompañando su comida con una jarrita de chicha morada. Sin embargo, antes de irse, lanzó una advertencia contundente: «María, las mafias de extorsionadores volvieron a sembrar el terror en Lima». Su argumento se basa en hechos recientes y sangrientos que ocurrieron apenas horas después de su visita. En Mirones Bajo asesinaron con ocho balazos al chofer de una combi informal quien viajaba acompañado por su madre, mientras que simultáneamente disparaban contra un bus de la empresa interprovincial Cruz del Sur rumbo a Ica, dejando en riesgo a 32 pasajeros.
Gary señala que este flagelo ocurre bajo el gobierno actual. «Es cierto que la presidenta Keiko Fujimori no tiene ni un mes en el cargo», admite, pero critica la falta de acción visible contra estos crímenes. La situación se agrava porque el ministro del Interior, César Astudillo, anunció que no relevará al jefe de la Policía, general Óscar Arriola. Este oficial es cuestionado por sus escasos logros en seguridad y por no haber logrado capturar nunca al líder de Perú Libre, Vladimir Cerrón.
La escalada criminal ha sido sistemática: primero extorsionaron a mototaxis y combis informales, luego pasaron a empresas formales y ahora atacan buses interprovinciales. «¿Qué sigue, las líneas aéreas?». Pero lo que más genera cólera es la ineficacia de la justicia. El Poder Judicial y el Ministerio Público liberan diariamente a los delincuentes capturados por los policías bajo pretextos de leguleyadas o falta de procedimiento. Un ejemplo claro es «Dominick», quien asesinó al apodado «Careca» y había sido capturado varias veces antes, saliendo siempre libre.
«Basta de las autoridades que se preocupan por defender los derechos de los hampones más que de los trabajadores honestos o de las víctimas de atracos, secuestros y extorsiones», concluye el fotógrafo con razón. El combate contra las mafias requiere tres aristas claras: la policial para capturar a los maleantes; la judicial para encarcelarlos; y la administración penal para construir cárceles de alta seguridad que eviten cualquier comunicación con el exterior. Me voy, cuídense.
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