Opinión

Lee la columna de Juan José Sandoval

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Por: Juan José Sandoval

Los medios de comunicación endiosan y satanizan por igual. Al asesino del martillo lo tienen seco de por vida. Ahora quiere sacar un libro para generar ingresos y pagarle a sus víctimas. Nunca estuvo loco; dice que sus amigos de entonces le dieron droga y se desquició. ¿Quién podría contratar al loco del martillo?

Es solo una muestra visible, pero el problema es más complejo: refleja que el sistema peruano no reinserta al condenado. Por algo será que los delincuentes operan desde los penales y fortalecen su actividad.

Por lo pronto, el nada loco Clímaco prepara su incursión literaria para competir en la próxima FIL con el alucinado Faverón en la firma de autógrafos. Quién sabe y al abogado del asesino se le ocurre también llevar a la presentación a la empleada que sobrevivió a la ráfaga de martillazos en la cabeza. Todo sea para montar una cadena solidaria que le permita pagar la indemnización. Fácil la pone a vender chocotejas también.

Una vez, a Los Viejitos de Barrón (nuestro grupo de rock) nos invitaron a un festival de poesía en Barranca. En el grupo de poetas estaba la chica que había matado a su mamá en San Juan de Miraflores. El caso de la flaca tuvo un impacto mediático similar al de Clímaco. Estuvo unos años presa, logró salir en libertad y luego le dio por ser poeta; terminó emparejada con un editor aprista conocido por arruinar los sueños de escritores jóvenes.

Pasada la noche poseídos por el arte de la palabra, nos dirigimos a primera hora junto con todos los poetas en un bus hacia Caral, donde recitaríamos algunas piezas con resaca. Ahí pudimos congeniar unos minutos con la matricida y notamos que, si bien hablaba con coherencia —no estaba loca—, aprovechaba cada momento para hablar de su proceso judicial: que ella no mató a nadie, que más bien era una víctima.

Mientras viajábamos a Caral, la poeta dejó ver unas delicadas líneas que le surcaban las muñecas. Era bella y bastante elocuente, pero el tema de su madre era recurrente.
Al rato llegó el novio presa de los celos y se la llevó. Aquel editor aprista —que en el mejor de los casos hacía libros de mala calidad porque usualmente no le entregaba nada al autor— nos dejó una duda rondando entre Los Viejitos de Barrón: ¿habrá podido dormir con la poeta a su lado?

La Odisea

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La película de Nolan llega a su cuarta semana y ya pasó del millón de espectadores en el Perú de las maravillas. Este autor esperó a que se fueran vaciando las salas para darle un vistazo a esta versión clásica del héroe de Ítaca tras la caída de Troya, pero igual encontró una sala llena de chacchadores de maíz pop corn y bebedores compulsivos de Coca Cola.

Pero por qué esta película que es un clásico griego, ha tenido tanta recepción ya pronto equiparable a Asu Mare (qué triste parangón) o a Oppenheimer y sus 700 mil concurrentes, a pesar de no contar con carros volando por los aires o explosiones nucleares y superhéroes volando con capa. Y es que La Odisea lo tiene todo, pero desde otra perspectiva. El héroe lucha contra los dioses y enfrenta la ira de Poseidón o al Cíclope Polifemo convertido en un gigante que vive en una cueva y cría ovejas. Asimismo, las Sirenas o la hechicera misándrica que convierte a los hombres en cerdos.

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Muchos espectadores intentan encontrar significados ocultos en el texto, desde la metáfora del coloso pacífico atormentado por viajeros hasta hombres bestializados por el hambre o la precisión casi lasciva del arco y flecha de Ulises.

En este contexto, una película que no apela a la inteligencia artificial ni extrema los efectos especiales resulta en tiempos mediáticos como un salto al vacío. Sin embargo, Troya logra validar su narrativa y personajes sin inventar nada, fiel al libro original de Homero.

Matt Damon ha declarado que el realismo aplicado fue tan extremo que obligó a sufrir durante el rodaje. Este esfuerzo se justificó con una inversión millonaria de 240 millones de dólares y un reparto estelar impresionante: Anne Hathaway, quien recientemente interpretó a Al final de la calle Oak; Elliot Page, cuyo nombre artístico sigue siendo objeto de debate tras su participación como Sinón en lugar de Nausicaá; Robert Pattinson encarnando al malvado; y Tom Holland haciendo de Telémaco.

La obra literaria también invita a una lectura que busque la complicidad con el mundo interno del autor, no solo para recabar datos sino para interpretar sensaciones. Acceder a la mente de un poeta es todo un viaje, aunque no siempre tenemos el boleto ni estamos listos.

Algunos poetas son hiperbólicos y otros serenos; la lectura es el acceso a una mente determinada. En la obra Albor de Masas (2026) de Diófer Vásquez Aguirre, desde el título y los epígrafes se aventura su poética: poesía como caballo de troya de un nuevo estado social nacional.

Albor, derivado de alba, nacimiento y novedad, irrumpe junto a la palabra masas. Aunque este término es usado por la izquierda tradicional, aclara el prologuista, el poeta no se halla dentro de los extremos políticos; lo que confiere una impronta política poética.

Si leemos los dos epígrafes –Vallejo y Scorza– corroboramos nuestras sospechas. Deberíamos discrepar con el prologuista: Diófer no traduce la realidad, la idealiza y la metaforiza. Así las imágenes de esta obra se vuelven retratos detenidos de un afán de transformación interna, embalsamadas de un optimismo social:

Brilla la voz de los olvidados;
avanza el puño por la plaza,
flamean banderas e himnos
mientras una luz respirable
renace en el alma. (pág. 18)

Surge entonces la pregunta: ¿hasta qué punto la imagen del puño en alto, tan en boga en polos, pancartas, portadas de libros y marchas multitudinarias, es una retórica o, por el contrario, representa una fresca y subrepticia unidad de los pueblos?

Esta reflexión se suma a la idea de que leer no debe ser un ejercicio frío de datos, sino participar para ser cómplice de la imaginación poética.

La película y el libro comparten esta búsqueda. Mientras Damon y su equipo lucharon por la autenticidad en un presupuesto masivo, los lectores deben sumergirse en las palabras. Diófer Vásquez Aguirre nos ofrece ese viaje, donde lo político se entrelaza con lo poético para crear una transformación interna.

No hay que inventar nada; todo está ahí en el texto original de Homero o en la obra del poeta peruano. Esperamos que el público lea, revise y compare estas visiones. La película es el libro, pero también la literatura es su propia pantalla gigante.

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La escritura poética se torna una búsqueda imaginativa que nos acerca a reflexionar y actuar frente a la destrucción social. Según Jakobson, la función poética es violentar el lenguaje ordinario para manifestar nuevas metáforas y causar esa extrañeza deseada por los formalistas. En ese sentido, escribir es una forma de organizar y amplificar símbolos. Sin embargo, hay poetas como Vallejo, Neruda o Benedetti —muy cercano al estilo del autor— que asumen la pluma como un alegato para convocar el amor, la solidaridad o la lucha. Diófer se une a este coro y sentencia:

Vendrá la alborada

a este territorio nocturno,

alzando sus alas de fuego

para hospedar en el pecho del mundo

una semilla de esperanza. (pág. 22)

Para más intensidad, recordemos al épico Mayakovski:

¡Enderecen la marcha!

Para palabrerías no hay sitio.

¡Silencio, oradores!

Es suya

la palabra,

camarada máuser.

Basta de vivir con leyes

dadas por Adán y Eva.

El caballo de la Historia reventemos.

Para palabrerías, sentencia el cantor de la revolución rusa, no hay sitio.

Como se observa, el poeta no traduce, sino que elige elementos de la realidad para organizar su discurso. El autor es un metaforizador de lo real: partiendo de la idea de “flor encendida”–que da para un texto más abstracto, donde, incluso, podemos situarnos dentro de la mística de las flores, o rosas, tan cercanas a Angelus Silesius o Martín Adán– hilvana sus versos. Aquí encontramos una metáfora ontológica (Lakoff & Johnson, 1980) dado que la “flor encendida que custodia el corazón” es, digamos, una forma sutil de relacionar elementos ligados a la existencia.

Rompe el tuétano del sistema,

esa maquinaria de hierro

que humilla,

divide

y deshumaniza. (ibídem)

La “flor encendida” representa la vida y su dignidad; así, ese “puño de los bandoleros del poder” (donde “puño” funciona como metonimia) es la imagen de cómo se impide la construcción de la totalidad hombre en un sistema determinado. Así Albor de Masas repasa la experiencia del hombre, su vida, sus problemas, su finitud y el sistema que lo destruye. Sus versos toman partido, y afinan la puntería, y siguen la idea de Gabriel Celaya: la poesía es un arma cargada de futuro.

Crece el estruendo del disparo

entre los naipes de los versos,

y el puño de los bandoleros del poder

arranca la flor encendida

que custodia el corazón. (pág. 17)

Aunque es un poeta de corte social, su estilo sigue la retórica modernista, de aquellos bardos que declamaban –con pandereta, tambores, oboes y puños en alto o aplaudiendo–, pero con un fondo ligado a lo social: la redención de la realidad. Es una propia versión de la misma, subyugados por los caminos de lo azul; es así que se oye, sin timidez:

El caballo de la Historia reventemos.

Basta de vivir con leyes

dadas por Adán y Eva.

Ese es el desafío central de la poesía social: no solo cantar la violencia contra la "flor encendida", sino expandir y generar nuevos campos de significación. El objetivo es crear identidad y discurso, intentar una nueva mística.

A diferencia de Aristóteles, citado por Sontag en Contra la interpretación, quien sostenía que el arte es bueno puramente por purgar emociones peligrosas; aquí la poesía trasciende esa función. No solo opera como catarsis, sino que invita a la acción.

El poeta lo sabe y nos entrega estas instrucciones:

Pero tú, compañero,

testigo de las heridas del mundo,

camina por los senderos

que dibujaron los héroes.

Levanta el puño,

levanta la bandera:

todavía respira una esperanza

para salvar la tierra. (pág.23)

En este contexto, las imágenes de acción buscada para un cambio social se unen a las clásicas, usadas en arengas o popularizadas por cantautores. Un ejemplo claro es el viejo canto de El pueblo unido jamás será vencido de Sergio Ortega Alvarado –integrante de la banda Quilapayún–:

De pie, cantar, que vamos a triunfar.

Avanzan ya banderas de unidad,

y tú vendrás marchando junto a mí

y así verás tu canto y tu bandera florecer.

La luz de un rojo amanecer

anuncia ya la vida que vendrá.

Pero, ¿para qué sirve todo esto? Aquí responde a la vieja pregunta hecha por Adorno: "¿Para qué la poesía después de la barbarie?". La respuesta es clara: para soñar la nueva lucha. Albor de Masas de Diófer Vásquez no se limita a ser solo un purgante espiritual, o una mimesis, ni, claro, un canto social de panfleto, sino que es, en realidad, una epístola comprometida con los otros.

A estas imágenes clásicas, el autor agrega su Huánuco amado y su gente: profesores, vigilantes, animales, plantas y el cielo en su cúspide de nubes. Lo cual nos lleva a situar al texto en un contexto histórico específico. Podemos entonces ubicarlo en el ocaso del Modernismo, cuando surgieron libros como Cantos de vida y esperanza.

No obstante, la propuesta no es solo nostálgica. Como bien señala una nota al pie:

  1. Que, dicho sea de paso, articulan bien la idea de poesía comprometida con una causa social y no solo con lo sentimental: "¿Iba a ser la Poesía/ una solitaria columna de rocío?"

Aquí radica el valor del trabajo. Aunque usar elementos similares podría resultar limitante si nos interesa la poesía como experiencia que amplifica la tradición, al mismo tiempo resulta un homenaje a la misma. Poema Marcha Izquierda Poema Marcha Izquierda, extraído de la web de la UNAM.

Por eso, el poemario se liga a una vieja tradición y usa elementos similares. A estas imágenes clásicas, el autor agrega su Huánuco amado y su gente: profesores, vigilantes, animales, plantas y el cielo en su cúspide de nubes.

Y entonces responde a la vieja pregunta hecha por Adorno, ¿para qué la poesía después de la barbarie? Para soñar la nueva lucha. El poeta lo sabe:

En ti encomiendo

el paso de la tierra:

que seas río,

que seas cielo,

que seas ave,

y que reúnas la paz

en el sueño de la existencia.

Amigos, no leamos solo poemas, ¡entremos a la imaginación de los poetas! Opinión Lee la columna de Mario Castro Cobos.

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