Tras ganar su cuarto intento en la presidencia, Keiko Fujimori asumió el mando prometiendo obras de infraestructura y control de la inseguridad. Sin embargo, generó expectativas que se diluyen rápidamente frente a una terrible improvisación. En lugar de reconocer cómo se generó la crisis desde el Congreso, calificó la herencia como “situación catastrófica” sin ofrecer un plan mínimamente coordinado.
Anunció solicitar delegación de facultades y debió retroceder. Ofreció el incremento del sueldo mínimo sujeto a que los empresarios lo aprueben, por etapas. Mientras tanto, crece la ola criminal con más de 200 muertes en estos días. De otro lado, los efectos del clima golpean Lima: responde “nos vemos en el colegio” a pobladores afectados o Elmer Cuba afirma que “tampoco debemos exagerar por un poco de agua en las rodillas”.
Vivimos una situación crítica donde se ejerce poder para satisfacer intereses personales y económicos, generando mayor desigualdad. Es un gobierno improvisado frente a las necesidades de la población porque no les interesan. No nos engañemos: sí tienen clara la continuidad de las exoneraciones tributarias a grandes empresas, garantizar la flexibilidad laboral que reclaman los empresarios y el recorte de los derechos sociales, económicos, políticos y humanos de la población de menores recursos.
Fujimori anunció rastrillajes por militares para tener control territorial, sin evaluar que no tienen capacidad para cumplirlo. El fracaso en el Callao es clamoroso; se necesita inteligencia más que fuerza bruta. Recuperemos la verdadera política, de servicio al Perú. Debemos organizarnos para resistir y avanzar contra ese fujimorismo que prioriza lo propio sobre el bien común.
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