En una escena clave de Fatherland, Thomas Mann, considerado uno de los más importantes autores alemanes vivos, se encierra en su habitación para ensayar intensamente el discurso que pronunciará ante las autoridades de Alemania Occidental. Sentado inquieto, repite las mismas frases frente a su hija Erika, quien lo observa con frustración y desgano. “¿De verdad crees que tu discurso cambiará las cosas?” le pregunta ella, más como reproche que como genuina preocupación. Mann duda sobre cómo responderle; Erika ni siquiera espera una respuesta. Envueltos por la tragedia desde horas atrás, padre e hija se dicen muchas cosas, pero rara vez parecen confiar en ellas. Como si en su intensa intimidad existiera una barrera impenetrable, difícil de concebir y quizás imposible de superar: una grieta determinada por el dolor y la incertidumbre.
Fatherland explora precisamente este eterno enigma del legado y la infinita distancia entre las palabras. Un escritor no sabe qué decir para consolarse a sí mismo ni a su hija; su hija, también escritora, ignora cómo describirse a sí misma, a su tragedia o al país de su infancia. Alemania aparece fantasmagórica y fragmentada, encasillándose en discursos facilistas y disciplinarios. Los ciudadanos alemanes, incapaces de concebir el horror de la posguerra, prefieren el silencio impostado y los términos tabú. ¿Qué se puede decir —o escribir— sobre una Alemania en crisis moral sin precedentes? ¿Y cuál debería ser el rol del escritor e intelectual público en un escenario como este?
Es evidente que Thomas Mann —y la audiencia— se hacen esa pregunta más de una vez durante el viaje por carretera que realizan padre e hija por las dos Alemanias poco después de acabada la guerra. ¿Acaso está seguro de que su presencia traerá algún resultado positivo? ¿Es esa la forma en que piensa de sí mismo y de su país? ¿Y qué siente Erika frente al circuito de adulaciones de su padre? El guion de Paweł Pawlikowski y Hendrik Handloegten incide en estas preguntas sin nunca sugerirlas explícitamente en la pantalla. Irónicamente, para personas que se ganan la vida escribiendo, Erika y Thomas prefieren el silencio y la insinuación por encima de la confrontación directa. Esto permite que la audiencia llene los puntos vacíos en el mismo proceso que los personajes.
Este proceso de introspección que domina el film puede ser rápidamente irrumpido por una revelación inesperada o un comentario ácido, de cierto tinte cruel, que los personajes predican con un peculiar sentido del humor, negrísimo y autoconsciente. En una de las mejores escenas del film, durante una cena de honor, Erika confronta a su exesposo, uno de los principales actores de la Alemania nazi, en una conversación que lentamente se torna en una suerte de juicio moral a todo colaborador y cómplice de la industria de la muerte hitleriana. O, en la escena que mencioné al inicio, acorralado por las presiones de su hija, Thomas confiesa su sentimiento de amargura y frustración por la difícil crianza de su hijo, un personaje de presencia fantasmagórica a lo largo de todo el film.
No sorprende que esta sea una película del polaco Paweł Pawlikowski, un director acostumbrado al tipo de cine contemplativo y de secuencias breves que indaga de manera directa los efectos de la sociedad tiránica sobre el espíritu de los individuos. En Ida (2014), la película con la que Pawlikowski ganó el Óscar, una joven monja duda de tomar los votos mientras recorre su Polonia natal con una tía atormentada por los hechos de su pasada. Esa misma Polonia engullida por la fuerza tiránica del comunismo adyacente a Moscú es evocada en Guerra fría (2018), la historia de amor de los padres de Pawlikowski, una cantante reverenciada por el régimen y su amante, desesperados por encontrar un sentido de pertenencia que es imposible de conseguir en una Varsovia agrietada e indiferente. Pawlikowski utiliza la viñeta y el viaje en carretera, formatos literarios por antonomasia, para construir historias narrativamente densas, envueltas en numerosas capas de interpelación política y angustia existencial, un cine de fragmentos, de personajes mínimos, que encuentra lucidez en la brevedad.
Fatherland, película de menos de 80 minutos de duración que lleva el minimalismo hasta en el nombre, muestra astutamente la evolución del estilo de Pawlikowski. Con la excusa de recibir numerosos premios literarios, Mann se sube al coche con Érika y cruzan una Alemania para llegar a la otra. A la vez, la historia de padre e hija, quienes huyeron de su país a partir de la persecución nazi, se complica dado los distintos dilemas familiares y políticos que rodean su historia: Erika debe confrontar a figuras de su pasado acusadas de colaboracionistas, Thomas debe lidiar con su nuevo estatus de intelectual predilecto de una Alemania partida, y padre e hija deben lidiar con la presencia conflictiva de Klaus, cuya cercanía con las drogas e irregularidad como escritor parecen herirle a Thomas mucho más que las secuelas de su persecución y los episodios de violencia. Pawlikowski utiliza los recursos comunes de su estética -el blanco y negro, la fotografía elegante, el ratio 4:3 y las tomas fijas y sensuales- para realizar una reconstrucción histórica de una de las figuras trascendentales del canon literario alemán, una forma de repensar la historia de la Alemania post conflicto a partir de los ojos de alguien que la conoce tan poco como la audiencia.
En su retorno al cine de autor, Pawlikowski ha optado por un formato académico y elegante en blanco y negro para tres películas, esforzándose en interpelar el peso del autoritarismo comunista sobre los sentires de sus protagonistas. Esta elección estilística se aleja de la reconstrucción biográfica tradicional; Fatherland se acerca más a una viñeta histórica que a un retrato detallado de Thomas Mann o su hija. La autora evita extenderse en la caracterización inicial, prefiriendo dejar que los personajes guíen el camino de la narrativa en lugar de permitirlo a los hechos históricos. El resultado parece positivo: se centra en la densa caracterización de sus silencios, omisiones y disputas, evitando las asunciones comunes donde el valor depende más de la precisión histórica que de la intensidad del dilema personal.
Este enfoque reflexiona sobre cómo el régimen afecta a quienes viven bajo él. Si comparamos con Ida, donde la protagonista se refugia en la disciplina religiosa para evadir el hastío, o con Guerra fría, donde Joanna Kulig muestra una mirada alicaída incapaz de liberarse porque su música es usada como propaganda, aquí vemos otra dinámica. El guion no insiste tanto en los efectos del nazismo, sino en la presencia inclasificable de dos Alemanias: aquella erigida en tándem con el férreo sistema soviético y la Alemania oriental como campo de experimentación comunista. La pregunta que surge es qué rol podría cumplir alguien como Mann en un territorio así.
Volvamos a la escena donde Mann practica repetidamente el discurso que dará ante los oficiales de la Alemania oriental. Pocas escenas antes, luego de esperar en un restaurante abandonado, Thomas y Erika son recibidos por una patrulla de estudiantes que recitan arengas patrióticas con firmeza. La convicción de estos jóvenes parece acercarse peligrosamente a la parodia, dejando visibles la incomodidad de los protagonistas ante tal fervor. Deciden seguir adelante con el protocolo establecido.
Antes del discurso, un hombre atolondrado irrumpe en la habitación y le ruega a Mann que incluya alguna referencia a los cientos de presos políticos que viven en condiciones espantosas a pocos kilómetros de allí. “Es igual que en la Alemania nazi”, insiste el hombre, antes de ser violentamente escoltado por policías del régimen. No es tan interesante la mirada impávida de Mann como si el rostro confundido e impaciente de Erika, quien ofrece una excelente interpretación en esta obra. Su misterio y su reacción ante la presión política resuenan con fuerza.
La película construye su tensión no a través de grandes eventos históricos, sino mediante estos pequeños momentos de interacción y omisión. Al evitar definir todo desde el inicio, Pawlikowski permite que las decisiones de los personajes revelen la atmósfera opresiva del régimen comunista. La escena del hombre interrumpiendo el ensayo es clave: muestra cómo la realidad brutal de la prisión política choca con la ficción oficial que Mann debe representar. Erika, en su interpretación, captura esa impaciencia y confusión ante un sistema que exige lealtad a cambio de silencio.
Finalmente, el filme no solo habla del pasado, sino que interpela al espectador actual sobre cómo se manejan las narrativas oficiales frente a la verdad. La elegancia visual en blanco y negro refuerza esta sensación de distancia entre lo que se dice y lo que se siente. Pawlikowski logra que cada silencio sea más potente que un discurso completo.
Así como Pawlikowski aplica una mirada suspicaz a la obra de ficción literaria, tal vez menos seguros del lugar que estas ocupan en sus vidas, Thomas y Erika abandonan esa zona de Alemania. En el cierre, ambas figuras hacen una parada en una capilla donde, por un momento, padre e hija parecen reconocerse en el mismo dolor que su país. Es el instante más sobrecogedor y memorable de la película. Durante este lapso, ambos están en silencio. De igual forma que Pawlikowski ofrece una visión crítica y parcialmente desesperanzadora sobre la religión o la música como formas de resistencia espiritual ante el autoritarismo, aquí la narrativa se profundiza. Demás está decir la actitud que toma el escritor en sus discursos al día siguiente tras proyectar esta atmósfera tan particular.
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