De las numerosas obras escritas sobre el líder histórico de la revolución cubana, destaca por su singularidad y ambición "La autobiografía de Fidel Castro", firmada por Norberto Fuentes. Este autor, quien era un narrador condecorado por el régimen cubano y muy activo en su política cultural antes de convertirse en disidente para exiliarse en Miami, es quien mejor se prestaba para esta tarea. Fue precisamente en esa ciudad estadounidense donde Fuentes elaboró este extenso proyecto compuesto por dos gruesos volúmenes.
En la obra, el escritor toma prestada la voz del "Comandante" para narrar su vida entera con un detalle documental impresionante y una penetración psicológica notable. Aunque el libro, de género impreciso, no oculta la fascinación personal de Fuentes por Castro —lo cual le causó más de un roce con la diáspora de Florida—, la condición de haber estado tanto con él como contra él funciona de manera excepcional para aprehender una figura tan compleja, contradictoria y ambivalente.
Un ejemplo paradigmático de esta dualidad es "Retrato de familia con Fidel", las memorias de Carlos Franqui. Combatiente de la Sierra Maestra y uno de los activistas culturales de Cuba en el extranjero, Franqui escribió un texto amargo y lúcido hasta el dolor que ilustra cómo la promesa revolucionaria cubana derivó en una dictadura de sesgo estalinista.
En dicha obra, se muestra cómo la libertad de expresión y la creación artística fueron pisoteadas en nombre de un proceso que traicionó puntillosamente cada uno de sus ideales primigenios. Es un relato escrito con la luz exacta del desengaño. De hecho, el propio Fidel Castro era considerado un personaje literario en más de un sentido; Gabriel García Márquez, íntimo amigo suyo, solía enviarle sus libros antes de publicarlos.
Aunque Fuentes se alejó de Cuba, su obra mantiene una vigencia notable al capturar la esencia del líder. Mientras tanto, Franqui ofrece desde el exilio una visión crítica que no deja lugar a dudas sobre el costo humano y cultural de aquel proyecto político. Ambos textos, aunque con tonos distintos, convergen en presentar una imagen multifacética de un hombre cuya vida dividió profundamente a millones de personas.
Muertos y heridos
Otra víctima del desencanto fue Reinaldo Arenas. El escritor se adhirió en la primera hora al proyecto castrista, solo para ser luego perseguido y prohibido de escribir novelas; en su autobiografía «Antes que anochezca» cuenta cómo debía esconder sus manuscritos en el tejado de su casa para que la policía política no los encontrara. Ya luego, en el destierro y agonizante por el sida, escribió una extensa novela carnavalesca, «El color del verano», donde Cuba, transformada en una orgía gozosa y sangrienta, celebra a Fifo, la versión paródica de Fidel, por su medio siglo en el poder. La isla entonces se hunde en el mar, produciendo un gran cataclismo donde, como en el Infierno de Dante, son denunciados los culpables y cómplices del odioso régimen.
No menos punzante fue el gran Virgilio Piñera: en su novela «Presiones y diamantes» cuenta la historia del Delfi (evidente anagrama de Fidel), un diamante supuestamente valioso que resulta ser falso y arrojado por un retrete. La oficialidad no captó la referencia hasta unos meses después, retiró el libro de circulación y apartó a Piñera del mundo artístico hasta el último día de su vida. Incluso en su funeral hubo agentes vigilando estrechamente su féretro. La larga sombra del dictador Fidel Castro sigue proyectándose sobre los libros que retrataron al déspota cubano, dejando huellas profundas en la literatura y la memoria histórica de la región.
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