Opinión

Cuarta semana de cartelera y ya La Odisea superó el millón de espectadores en Perú, un éxito difícil de imaginar para una versión clásica del héroe de Ítaca. Este autor esperó a que se fueran vaciando las salas para darle un vistazo, pero igual encontró una sala llena de chacchadores de maíz pop corn y bebedores compulsivos de Coca Cola. Pero por qué esta película ha tenido tanta recepción ya pronto equiparable a Asu Mare o a Oppenheimer con sus 700 mil concurrentes, a pesar de no contar con carros volando por los aires, explosiones nucleares ni superhéroes.
Y es que La Odisea lo tiene todo, pero desde otra perspectiva. El héroe lucha contra los dioses y enfrenta la ira de Poseidón o al Cíclope Polifemo convertido en un gigante que vive en una cueva y cría ovejas. Asimismo, las Sirenas o la hechicera misándrica que convierte a los hombres en cerdos. Muchos tratan de ver algo más en todo esto: la metáfora del coloso y su rebaño que vive en paz, pero unos viajantes llegan para atormentarlo; o los hombres bestializados por el hambre; o el arco y la flecha de Ulises que da en el blanco y todos los cortesanos quedan humillados ante la precisión casi lasciva del héroe.
Matt Damon ha dicho que el realismo aplicado aquí era tan extremo que ha tenido que sufrir en el rodaje. Eso a pesar de un financiamiento que ha llegado a los 240 millones de dólares y la participación de una lluvia de estrellas: Anne Hathaway, Elliot Page interpretando a Sinón (a quien podrían haber dado Nausicaá), Robert Pattinson haciendo de malo y Tom Holland haciendo de Telémaco.
Finalmente, en estos tiempos mediáticos, una película que es larga y no apela a la IA o a extremar los efectos especiales es casi un salto al vacío. Pero aquí ocurrió algo: la validación de una película en su historia y en sus personajes. No hay que inventar nada. Todo está ahí en el texto original que cuenta Homero y que esperamos que el público lea, revise o compare.
Pues aquí con todas las salvedades, la película es el libro.
Novos amaneceres poéticos: Albor de Masas (2026) de Diófer Vásquez Aguirre
Rodolfo Ybarra. Ha estudiado matemática pura, física, electrónica y comunicaciones. Ha publicado una veintena de textos entre novelas, cuentos, poemarios y ensayos. Ha dirigido un programa de televisión de contracultura y política, y editado revistas y fanzines. Se expresa también vía el vídeo y la música. Desde el 2007 maneja el blog www.rodolfoybarra.blogspot.com.
Urge una lectura de la poesía que busque la complicidad con el mundo interno del autor. Leer para participar, para ser cómplice de la imaginación poética. Leer no solo para recabar una serie de datos, sino para interpretar sensaciones y estados mentales. Acceder a la mente de un poeta es todo un viaje. No siempre tenemos el boleto ni estamos listos.
Algunos poetas son hiperbólicos, otros serenos. La lectura de un poema es el acceso a una mente determinada. En la obra Albor de Masas (2026) de Diófer Vásquez Aguirre ya desde el título y los epígrafes nos aventura su poética: poesía como caballo de troya de un nuevo estado social nacional actual.
Albor, de alba, de nacimiento, de novedad, irrumpe junto a la palabra masas. Término usado por la izquierda tradicional, aunque, aclara el prologuista, el poeta no se halla dentro de los extremos políticos; lo que confiere una, como anticipamos, impronta política poética.
Si leemos los dos epígrafes –Vallejo & Scorza– veremos que se corroboran nuestras sospechas; aunque antes, debemos discrepar con el prologuista: Diófer no traduce la realidad, la idealiza, la metaforiza. Así las imágenes de esta obra se vuelven retratos detenidos de un afán de transformación interna, embalsamadas de un optimismo social:
Brilla la voz de los olvidados;
avanza el puño por la plaza,
flamean banderas e himnos
mientras una luz respirable
renace en el alma. (pág. 18)
¿Hasta qué punto la imagen del puño en alto (tan en boga en polos y pancartas y portadas de libros y marchas multitudinarias) es una retórica o, por el contrario, es una fresca y subrepticia imagen que representa la unidad de los pueblos?
Al parecer, aunque es un poeta de corte social, su estilo sigue la retórica modernista, de aquellos bardos que declamaban –con pandereta, tambores, oboes y puños en alto o aplaudiendo–, pero con un fondo ligado a lo social: la redención de la realidad, no la traducción social de un hecho de lo real, sino una propia versión de la misma, subyugados por los caminos de lo azul; es así que se oye, sin timidez:
Según Jakobson, la función poética tiene el mandato de violentar el lenguaje ordinario. En ese sentido preciso, la escritura se convierte en una estrategia para organizar y amplificar sentidos y símbolos, buscando causar esa extrañeza que los formalistas ansiaban. Se trata de manifestar nuevas metáforas y ampliar las normas establecidas bajo un nuevo prisma. Fijémonos en la maestría de Vallejo: su obra representa una verdadera revolución tanto en la forma como en el fondo.
Como se observa, el poeta no traduce pasivamente, sino que elige elementos de la realidad para organizar su discurso con intención. El autor es un metaforizador de lo real: partiendo de la idea de "flor encendida" –que da pie a un texto más abstracto, donde incluso podemos situarnos dentro de la mística de las flores o rosas tan cercanas a Angelus Silesius o Martín Adán– hilvana sus versos con precisión.
Crece el estruendo del disparo entre los naipes de los versos, y el puño de los bandoleros del poder arranca la flor encendida que custodia el corazón (pág. 17). Aquí encontramos una metáfora ontológica (Lakoff & Johnson, 1980) dado que esa "flor encendida" es una forma sutil de relacionar elementos ligados a la existencia.
La "flor encendida" representa la vida y su dignidad; así, ese "puño de los bandoleros del poder" (donde "puño" funciona como metonimia) es la imagen de cómo se impide la construcción de la totalidad hombre en un sistema determinado. Ante ello, rompe el tuétano del sistema esa maquinaria de hierro que humilla, divide y deshumaniza.
Así Albor de Masas repasa la experiencia del hombre, su vida, sus problemas, su finitud y el sistema que lo destruye. Su discurso elige elementos ya formados para volver a utilizarlos. Sus versos toman partido, y afinan la puntería, siguiendo la idea de Gabriel Celaya: la poesía es un arma cargada de futuro.
Para más intensidad, recordemos al épico Mayakovski:
¡Enderecen la marcha!
Para palabrerías no hay sitio.
¡Silencio, oradores!
Es suya
la palabra,
camarada máuser.
Basta de vivir con leyes
dadas por Adán y Eva.
El caballo de la Historia reventemos.
Para palabrerías, sentencia el cantor de la revolución rusa, no hay sitio. Y es que, como Vallejo –o Pimentel, Leoncio Bueno, Juan Gelman, Neruda, Zurita, Rosabetty Muñoz, Carmen Berenguer o Benedetti (muy cercano al estilo del autor)– hay poetas que asumen la escritura como un alegato para convocar la solidaridad, el amor, o la lucha.
La escritura poética se torna una búsqueda imaginativa que nos acerca a reflexionar y actuar frente a la destrucción social. Diófer se une al coro y sentencia:
Vendrá la alborada
a este territorio nocturno,
alzando sus alas de fuego
para hospedar en el pecho del mundo
una semilla de esperanza. (pág. 22)
Ese es el desafío central de la poesía social: ir más allá de cantar la violencia contra la "flor encendida" para agregar, expandir y generar nuevos campos de significación que construyan identidad y discurso. Se intenta forjar una nueva mística. Lejos de la visión aristotélica citada por Sontag en Contra la interpretación, donde el arte sirve puramente para purgar emociones peligrosas, aquí la poesía no solo funciona como catarsis, sino que invita a la acción política y social:
“Pero tú, compañero,
testigo de las heridas del mundo,
camina por los senderos
que dibujaron los héroes.
Levanta el puño,
levanta la bandera:
todavía respira una esperanza
para salvar la tierra. (pág.23)”
En este texto, las imágenes de acción buscada se unen a las clásicas usadas en arengas o popularizadas por cantautores como Sergio Ortega Alvarado –integrante de Quilapayún– con su viejo canto:
"De pie, cantar, que vamos a triunfar.
Avanzan ya banderas de unidad,
y tú vendrás marchando junto a mí
y así verás tu canto y tu bandera florecer.
La luz de un rojo amanecer
anuncia ya la vida que vendrá."
Por eso, el poemario se liga a una vieja tradición usando elementos similares; esto podría ser limitante si nos interesa la poesía como experiencia que amplifica la tradición, pero resulta un homenaje al mismo tiempo. A estas imágenes clásicas, el autor agrega su Huánuco amado y su gente: profesores, vigilantes, animales, plantas y el cielo en su cúspide de nubes.
Albor de Masas de Diófer Vásquez no se limita a ser solo un purgante espiritual o una mimesis, ni claro, un canto social de panfleto; es, en realidad, una epístola comprometida con los otros. Esto articula bien la idea de poesía comprometida con una causa social y no solo sentimental: “¿Iba a ser la Poesía/ una solitaria columna de rocío?”
Así responde a la vieja pregunta hecha por Adorno, ¿para qué la poesía después de la barbarie? Para soñar la nueva lucha. El poeta lo sabe y nos invita:
"En ti encomiendo
el paso de la tierra:
que seas río,
que seas cielo,
que seas ave,
y que reúnas la paz
en el sueño de la existencia."
Amigos, no leamos solo poemas, ¡entremos a la imaginación de los poetas! Podemos entonces situarlo en el ocaso del Modernismo, cuando surgieron libros como Cantos de vida y esperanza.
Poema Marcha Izquierda, extraído de la web de la UNAM.
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