Hace 56 millones de años, el planeta experimentó el Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno (PETM), uno de los episodios de calentamiento más intensos de la historia reciente. Durante este periodo, una gran cantidad de carbono llegó a la atmósfera y elevó las temperaturas, provocando efectos visibles sobre los ecosistemas terrestres. Ahora, un equipo de investigadores logró reconstruir por primera vez la estructura de los bosques de aquella época a partir de células conservadas en hojas fósiles. El estudio, publicado en Science, revela que aquellos bosques sufrieron una amplia pérdida de cobertura vegetal. El aumento del dióxido de carbono, junto con temperaturas más altas y una menor disponibilidad de agua, favoreció el desplazamiento de algunas plantas hacia el norte y redujo la densidad de las copas. Los autores advierten que las condiciones actuales también podrían llevar a los bosques contemporáneos a un futuro similar de estrés y deterioro ambiental. Existen paralelismos claros con los cambios que ya afectan a los bosques hoy, lo que sugiere que el aumento del CO2, sumado al calor extremo y la escasez hídrica, debilita la resiliencia forestal ante crisis climáticas recurrentes. Esta reconstrucción histórica no solo ilumina el pasado, sino que sirve como alerta temprana sobre las consecuencias ecológicas de un clima en constante transformación global.
Así reconstruyeron los antiguos bosques de hace 56 millones de años
Para conocer el aspecto de estos ecosistemas, los científicos utilizaron fragmentos de cutícula foliar, una capa que recubre las hojas y puede conservar las células de la epidermis durante millones de años. La forma de esas células permitió calcular el índice de área foliar (LAI), una medida que indica cuánta superficie de hojas ocupa la vegetación de un bosque. Este método, según la paleobotánica Regan Dunn, autora principal del estudio y miembro del Natural History Museum of Los Angeles County, permite pasar de descripciones generales, como "bosque abierto" o "zona boscosa", a una medición numérica de la estructura vegetal.
Para establecer la relación entre las células y el LAI, su equipo analizó bosques actuales de América Central y del Sur y después comparó esos resultados con miles de células halladas en rocas de Wyoming. Una de las principales fuentes de información fue la cuenca de Hanna, allí donde los sedimentos ricos en materia orgánica conservaron numerosos restos vegetales. Allí, los investigadores hallaron evidencias de bosques muy distintos al paisaje actual de la región, con secuoyas gigantes del género Metasequoia, sicómoros, alisos, palmeras y otras plantas de ambientes subtropicales y tropicales.
El registro fósil permitió comparar la vegetación antes y después del PETM. Los resultados muestran que las copas se hicieron más abiertas y disminuyó la presencia de árboles grandes. Ellen D. Currano, paleoecóloga de la Universidad de Wyoming y coautora del estudio, señaló que el exceso de dióxido de carbono no benefició a los bosques, ya que el calentamiento y la reducción de humedad sometieron a los árboles a un fuerte estrés.
El antiguo calentamiento ofrece una advertencia para los bosques actuales
Dunn destacó que actualmente la concentración de CO₂ aumenta a un ritmo muy superior al de cualquier proceso natural conocido. Además, los bosques afrontan incendios, sequías, plagas, enfermedades, deforestación y fragmentación de hábitats. La pérdida de árboles también reduce la capacidad de estos ecosistemas para retirar carbono de la atmósfera.
Los investigadores encontraron un paralelismo con las tendencias observadas mediante satélites desde la década de mil novecientos ochenta. El aumento del CO₂ favoreció inicialmente un proceso de reverdecimiento global, pero el calentamiento y las sequías han comenzado a revertir esa tendencia en distintas regiones.
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