Una película que sabe retener la expectativa, incluso para cuando libera un dato que revoluciona el sentido de una acción o comportamiento. En la nueva obra de la ecuatoriana Ana Cristina Barragán, vemos a una mujer ataviada de misterio y capaz de una actitud sospechosa. Azucena (Simone Bucio) es una joven que lleva una vida sin mucho estímulo o pretensiones, pero se desplaza por un lugar que no le corresponde. Ella comenzará a inquietarnos ante su deseo por observar y luego querer filtrarse a un grupo de amigos adolescentes provenientes de un orfanato. Al igual que sus anteriores películas, Hiedra (2025) está maquillada por un ambiente lacónico y de aire enfermizo, funcionando como la mascarada de una agonía silente y muy reservada.
La nueva protagonista de Barragán es una mujer que, dentro de su territorio, todo lo que venga de ella pasaría desapercibido; sin embargo, ciertas hipótesis comienzan a elevarse cuando comienza a entrar en la vida de unos huérfanos. Hay un sentimiento de intromisión y hasta invasión que los jóvenes no son capaces de concientizar, constituyendo el primer enganche con la trama. ¿Por qué hace eso Azucena? ¿Qué quiere? Si se es muy atento a los detalles de su intimidad, podría anticiparse parte de la razón; muy a pesar, no deja de identificarse como un giro de trama lo que se prepara para casi la mitad del relato.
Barragán mantiene su estilo visual distintivo en esta producción. La atmósfera opresiva y el ritmo pausado son elementos clave que definen la experiencia cinematográfica de la cinta. El nombre «Hiedra» evoca una planta trepadora, un símbolo recurrente en la filmografía de la directora que sugiere crecimiento involuntario y posesión silenciosa sobre los espacios ajenos.
Azucena representa el elemento disruptivo en este entorno controlado. Su presencia, aunque inicialmente sutil, genera tensiones latentes entre los personajes jóvenes. La narrativa se construye sobre la incertidumbre y las miradas furtivas que cruzan en el ambiente del orfanato.
Este primer fragmento de la nota explora los fundamentos temáticos y estéticos de la película, preparando al espectador para entender mejor la complejidad emocional que Barragán despliega en su nuevo largometraje. La dirección de arte y la actuación de Simone Bucio son fundamentales para transmitir esta sensación de inquietud constante.
Hiedra transita de la mala espina a lo dramático con una sensibilidad especial para depurar lo que mantiene inquietos y tristes a los personajes fracturados. No es de extrañarse viniendo de Ana Cristina Barragán, quien siempre retrata figuras rotas con un toque personal propio. En tanto, aquí también hay mucho de autorrepresión no por efecto argumental, sino de personalidad. Azucena, luego de una revelación, no abandona del todo ese hermetismo que, ciertamente, parece haber contagiado al otro personaje importante para el drama. Ocurrido eso, para cuando las perspectivas y motivaciones se aclaren, Hiedra tomará un nuevo rumbo. Se convertirá así en una historia que busca la recuperación y la sanación, aunque la directora no deja de reservar algo para sus protagonistas. En medio de un escenario simbólico, Barragán representa la volatilidad de un vínculo en proceso de construcción mediante una naturaleza en abullición, además de a partir de la interacción entre los dos personajes que confunden el juego con la recriminación o el sentimiento de culpa, según sea correspondiente. La película podrá ser muy complaciente con esta reunión, pero no por eso quiere dejar en claro que un estallido emocional se acerca en la historia de estas dos personas. Por muy idílico que parezca el final de este caótico reencuentro, pueda que lo peor esté por venir.
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