La ópera prima de Fernanda Tovar, titulada Chicas tristes (2026), corre riesgo de ser subestimada a primera vista. Aunque el tema ha sido revisado en múltiples escenarios y expuesto bajo distintas sensibilidades, la película asume argumentos que la convierten en un caso atípico o poco concientizado por el cine convencional. La trama nos cuenta la historia de dos mejores amigas y talentosas nadadoras que dividen su rutina entre prepararse para un importante torneo y vivir su adolescencia a plenitud. Todo cambia una noche de celebración de año nuevo: una se convertirá en víctima de un abuso sexual y la otra confidente de ese terrible hecho.
En primer aspecto, la representación fuera de campo de la perpetración del delito será elemental para el principio de este drama. Lo más curioso es cómo evoluciona la reacción de la víctima; no vemos un colapso anímico inmediato. Podría tratarse de un efecto retardado, una respuesta ligada a su personalidad o incluso ignorancia de lo ocurrido. Sospecho que es lo último, sin embargo, esta diversidad interpretativa es evidente y subraya su complejidad. Chicas tristes, desde un principio, nos recuerda que no existe una reacción definitiva ni universal cuando se trata de una violencia que atenta lo físico y anímico. Así, la narrativa evita fórmulas predecibles para explorar las profundidades del trauma.
Y la complejidad no termina ahí. Fernanda Tovar imagina una posibilidad inquietante: ¿qué ocurre si el agresor tampoco es consciente de su condición? Alguien puede haber cometido algo terrible y simplemente ignorar que hizo mal. No se confunda esto con cinismo; veo Chicas tristes y pienso en una generación parcialmente no instruida ante ese tipo de actos. Es diferente haber sido hablado al respecto y decidir ignorarlo, o bien, no tener esa instrucción previa. Creo que esto no pasa aquí, al menos si pienso en la víctima y el victimario. Resultado de ello, Tovar crea un clima de desconcierto donde el "qué pasó" queda chico. Hay un estado de turbación y confusión, una tentativa de ambigüedad que podría hacernos pensar que no hubo delito. Todo eso se refuerza con el silencio, primordial para enraizar el conflicto emocional. Pienso en Julie Keeps Quiet (2024), la historia de una tenista adolescente que se mantiene en silencio ante una lluvia de acusaciones contra un conocido. ¿Ella es cómplice o víctima, o todo se trata de una falsa acusación? Cómo saberlo si el silencio frena el juicio anticipado. Claro que en Chicas tristes es distinto. La etapa silenciosa deviene de la digestión tardía de un hecho violento que se presentó a principio como decepción, luego malestar y así hasta evolucionar a su verdadero impacto. A pesar de todo, ahí no termina la etapa del silencio; el conflicto persiste más allá de esa contención inicial. La narrativa de Tovar explora cómo la falta de instrucción genera una respuesta emocional distinta al abuso, donde la confusión actúa como un mecanismo de defensa que oscurece la realidad del crimen. Mientras en otras historias el silencio protege o impide actuar, aquí se convierte en un proceso prolongado de asimilación del trauma. La ambigüedad intencional del filme fuerza al espectador a cuestionar si lo observado fue un delito real o una percepción distorsionada por esa generación que no recibió la educación adecuada para identificar y denunciar estas situaciones. Así, el "qué pasó" deja de ser un interrogativo simple para convertirse en una incógnita moral que resuena con las dudas de quienes crecieron sin herramientas claras frente a la violencia oculta.
Chicas tristes, curiosamente, no consta de un primer plano a la víctima y sus secuelas, sino que hace foco al punto de observación de la mejor amiga de la violentada. Es a propósito de este personaje de que tenemos una perspectiva distinta de esa misma generación. A diferencia de los implicados, estamos ante el retrato de una adolescente que sí es consciente de los límites entre una relación sexual consensuada y la que no lo es. En consecuencia, vemos un conflicto aparte del de la víctima: ¿Cómo ayudar a alguien que se halla en un estado de profunda vergüenza? ¿Cómo instruir a alguien que está en su derecho de denunciar? Es un derrotero frustrante el que va reconociendo la confidente, pues no solo se trata de lo difícil que es persuadir a su amiga, sino de la imposibilidad de encontrar soporte que la aconseje con empatía o incluso generar remordimiento en un agresor que no tiene absoluta sospecha de su condición como tal. En cierta perspectiva, hay un aliento de pesimismo en el final de Chicas tristes. Fernanda Tovar plantea una realidad en donde las cosas simplemente tienen que sobrellevarse. Es un cierre impotente, pero, a fin de cuentas, es lo que es cuando el mundo adulto e instructor permanezca entre ausente y negligente.
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