Desde el propio título se anuncia la importancia de la figura del caballo, elemento que durante la época de Ángel representaba el medio mediante el cual los poderosos imponían su voluntad. En cierto sentido, también fue el núcleo alrededor del cual podía comenzar o concluir la violencia. Sin embargo, ese símbolo termina quedando excesivamente abierto a la interpretación. No creo que el largometraje deba explicarlo todo ni que exista la obligación de ofrecer respuestas cerradas; pero sí tengo la impresión de que un elemento aparentemente tan central acaba diluyéndose demasiado y pierde parte de la fuerza que parecía prometer. Esto genera sentimientos encontrados con La anatomía de los caballos.
No obstante, el filme logra momentos excepcionales cuando Ángel y Eustaquia terminan sosteniendo esa reflexión sobre la permanencia de la violencia. Es en esos encuentros donde la historia alcanza varios de sus logros más notables: consigue que el diálogo entre pasado y presente deje de ser una idea abstracta para convertirse en una experiencia concreta, vivida por personajes separados por siglos y, al mismo tiempo, unidos por un mismo desencanto.
Ángel es, en esencia, un personaje espectral. Al provenir de otro tiempo, intenta aferrarse inicialmente a las mismas consignas por las que alguna vez estuvo dispuesto a luchar. Sin embargo, el choque con el presente lo enfrenta a una realidad desalentadora: aquello por lo que combatió parece seguir ocurriendo siglos después. No resulta extraño, entonces, que empiece a instalarse en él una profunda sensación de desencanto. El cineasta acompaña ese proceso mediante un ritmo deliberadamente pausado que, lejos de buscar el impacto inmediato, prefiere detenerse a contemplar el peso que tiene la existencia humana y preguntarse si realmente es posible modificar el curso de la historia o si todo está condenado a repetirse indefinidamente.
Al asumir una propuesta exigente para el espectador y abrazar plenamente sus elementos espectrales, consigue que incluso un hecho tan extraordinario como la caída de un meteorito funcione como una posible distracción frente a un conflicto mucho más urgente y humano. Eustaquia (quien aparece en determinados momentos para confrontarlo con la idea de que, pese al paso del tiempo, nada parece haber cambiado realmente) refuerza esta visión. Esa idea trasciende el tiempo histórico: podría haber ocurrido en el presente, hace treinta años o dentro de cincuenta más. La película sugiere que los mecanismos para desviar la atención de los verdaderos problemas permanecen sorprendentemente intactos, del mismo modo que lo hacen los propios conflictos que pretende denunciar.
Hacia el desenlace, La anatomía de los caballos recupera buena parte de esa fuerza inicial. Encuentra finalmente la perspectiva que necesitaba para cerrar su reflexión sobre ese ciclo interminable de violencia y deja abierta una pregunta que me parece especialmente poderosa: ¿hasta qué punto necesitamos seguir mirando hacia atrás para descubrir el origen del problema? ¿Es realmente ahí donde se encuentra la respuesta o, por el contrario, llega un momento en que resulta más urgente mirar hacia adelante e intentar comprender qué puede hacerse para romper definitivamente ese ciclo?
Ese contraste resulta todavía más evidente porque la cinta desarrolla con bastante sensibilidad otros recursos visuales. El agua, siempre en movimiento y atrapada en su propio ciclo, funciona como una imagen que dialoga naturalmente con esa repetición interminable del tiempo. Lo mismo ocurre con los extensos paisajes que relativizan las distancias temporales y hacen que el tránsito entre una época y otra deje de parecer un acontecimiento imposible. Son imágenes que expresan con enorme claridad aquello que el director quiere comunicar. Precisamente por eso, cuando el guion insiste en verbalizar esas mismas ideas sin aportar nuevos matices, termina achatando parte de una propuesta que ya era lo suficientemente sólida desde el lenguaje visual.
Esas son, en buena medida, las sensaciones que me deja La anatomía de los caballos. Por un lado, creo que Daniel Vidal Toche se atreve a construir una propuesta cuya ambición formal y temática recuerda, salvando por supuesto las enormes distancias, a la voluntad de experimentación que alguna vez representó Armando Robles Godoy dentro del cine peruano. Ese riesgo merece ser reconocido. Lamentablemente, también tengo la impresión de que la película desconfía demasiado de algunos de sus momentos más potentes y siente la necesidad de explicarlos mediante diálogos que vuelven la experiencia más didáctica y menos desafiante de lo que la propia puesta en escena permitía.
Aun así, hacia el desenlace el filme recupera buena parte de esa fuerza inicial. Encuentra finalmente la perspectiva que necesitaba para cerrar su reflexión sobre ese ciclo interminable de violencia y deja abierta una pregunta que me parece especialmente poderosa: ¿hasta qué punto necesitamos seguir mirando hacia atrás para descubrir el origen del problema? ¿Es realmente ahí donde se encuentra la respuesta o, por el contrario, llega un momento en que resulta más urgente mirar hacia adelante e intentar comprender qué puede hacerse para romper definitivamente ese ciclo?
Paradójicamente, mientras algunos aspectos permanecen deliberadamente abiertos, otros terminan siendo subrayados una y otra vez. La pregunta sobre si la revolución realmente sirvió para algo aparece de manera constante en las conversaciones entre los dos personajes principales. Casi todas ellas terminan conduciendo al mismo punto y, con frecuencia, utilizando argumentos muy similares. Considero que esa insistencia juega en contra de una propuesta que ya de por sí exige mucho del espectador. Cuando la película vuelve repetidamente sobre una idea que las imágenes ya habían conseguido transmitir por sí mismas, el relato pierde parte de la capacidad de interpelar y deja de confiar en la potencia de su propia puesta en escena.
Esas son, en buena medida, las sensaciones que me deja La anatomía de los caballos. Por un lado, creo que Daniel Vidal Toche se atreve a construir una propuesta cuya ambición formal y temática recuerda, salvando por supuesto las enormes distancias, a la voluntad de experimentación que alguna vez representó Armando Robles Godoy dentro del cine peruano. Ese riesgo merece ser reconocido. Lamentablemente, también tengo la impresión de que la película desconfía demasiado de algunos de sus momentos más potentes y siente la necesidad de explicarlos mediante diálogos que vuelven la experiencia más didáctica y menos desafiante de lo que la propia puesta en escena permitía.
Aun así, hacia el desenlace el filme recupera buena parte de esa fuerza inicial. Encuentra finalmente la perspectiva que necesitaba para cerrar su reflexión sobre ese ciclo interminable de violencia y deja abierta una pregunta que me parece especialmente poderosa: ¿hasta qué punto necesitamos seguir mirando hacia atrás para descubrir el origen del problema? ¿Es realmente ahí donde se encuentra la respuesta o, por el contrario, llega un momento en que resulta más urgente mirar hacia adelante e intentar comprender qué puede hacerse para romper definitivamente ese ciclo?
Ese contraste resulta todavía más evidente porque la cinta desarrolla con bastante sensibilidad otros recursos visuales. El agua, siempre en movimiento y atrapada en su propio ciclo, funciona como una imagen que dialoga naturalmente con esa repetición interminable del tiempo. Lo mismo ocurre con los extensos paisajes que relativizan las distancias temporales y hacen que el tránsito entre una época y otra deje de parecer un acontecimiento imposible. Son imágenes que expresan con enorme claridad aquello que el director quiere comunicar. Precisamente por eso, cuando el guion insiste en verbalizar esas mismas ideas sin aportar nuevos matices, termina achatando parte de una propuesta que ya era lo suficientemente sólida desde el lenguaje visual.
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