Opinión
Es bastante tonto (y usual, o 'normal') olvidar que estamos activamente hechos de olvido, que somos retazos. Siempre tratando de completarnos y siempre sin lograrlo. ¿Y cómo no seguir insistiendo? ¿Pero cómo pegamos los retazos? (O no insistimos y dejamos los huecos, porque esto es lo que es.) ¿Cómo no sentimos el vacío universal? O hay que sentirlo, y sentirlo bien, solo así se tiene el derecho de hablar. ¿Cómo somos honestos, ya sea que hagamos documental o ficción (admitiendo -fingiendo admitir- tal división altamente dudosa, pantanosa y vidriosa) o 'mezclas' unificadoras o fecundadoramente dispersadoras (esto último más difícil)?

El uso del sonido en El coloquio de los pájaros, obra de Sofía Velázquez, presenta una tensión notable. Si bien hay un momento donde el índice de fabulación crece mediante una voz radiofónica que emite comentarios satíricos con elegancia y gracia —parodiando noticias—, esto resulta ser la excepción a la regla. La mayor parte del tiempo, lo que sucede con la voz en off no sigue ese patrón. En simple síntesis, la película muestra una indecisión sobre lo que quiere ser; una vacilación que, ojo, era un tema perfectamente tematizable, pero que finalmente no se ejecutó como tal.
No obstante, existe un trabajo apreciable con el audio. Tal vez podríamos describirlo como realizado de afuera hacia dentro, aunque sin llegar a ser muy profundo. No estamos ante una cinta de Lucrecia Martel; no es una película que tenga como uno de sus pilares éticos y estéticos el sonido o (dicho de otra forma) que emerja del seno de la percepción auditiva. Se siente la tentación u opción de encajar escenas o momentos en patrones rítmicos agradables, a riesgo de convertirse en un musical o un videoclip.
¡Cómo no sentir simpatía por la imaginación utópica! Sin embargo, se necesitaba más de eso. ¡Y cómo sentir simpatía por una izquierda inoperante! -De la cual quien escribe quizás también forma parte-. En ese sentido, un poco de autocrítica, aunque sea en un amago de análogo de Wonderland, no estaría mal.
Más allá de estas reflexiones sobre el formato y la política cultural, la obra que regaló el título a esta película ofrece indicaciones del estado del alma o del bello camino para hacer algo más que la típica película peruana convencional, prescindible y mediocre. No digo que El coloquio lo sea, pero hay más valles que recorrer en nuestra cinematografía nacional.
Para profundizar en este sendero, escuchad a Farid-ud-Din Attar:
«Los pájaros atraviesan siete valles, repletos de peligros y maravillas. El sexto valle es el lugar del asombro. Allí hace día y noche; al mismo tiempo, vemos y no vemos, se existe y no se existe, las cosas son a la vez vacías y plenas. Si el viajero se aferra con fuerza a sus hábitos, se aferra a lo que siempre ha conocido, estará condenado al desaliento y a la desesperación — el mundo le parecerá absurdo, incoherente, insensato. Pero si el viajero acepta de abrirse a ese mundo desconocido, el mismo le aparecerá en toda su armonía y coherencia.»
Esta lectura sugiere que urge una aproximación a la poesía que busque la complicidad con el mundo interno del autor. Leer para participar, para ser cómplice de la imaginación poética. Leer no solo para recabar una serie de datos, sino para interpretar sensaciones y estados mentales. Acceder a la mente de un poeta es todo un viaje. No siempre tenemos el boleto ni estamos listos.
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De todas las cosas que se han de saber (2021)
De todas las cosas que se han de saber, de Sofía Velázquez (2021)
El cineasta Mario César Castro Cobos es un crítico de cine y autor. Fundó y dirigió el Festival de Cine Lima Independiente así como las revistas Voyeur, Abre los ojos y el blog La cinefilia no es patriota. Además, condujo el programa de radio del mismo nombre en Radio Lima Gris. Ha escrito para Cronopia, Las sumas voces, Butaca, Mabuse, Godard!, Diario 16 y Buensalvaje. Formó parte de los cineclubs del BCR, Biblioteca Nacional, Centro Cultural Arcais, Universidad Científica del Sur, Universidad Cayetano Heredia y Universidad de Ciencias y Humanidades. Acaba de estrenar su cuarto largometraje.
Ciertos poetas se inclinan hacia lo hiperbólico, otros hacia la serenidad. Sin embargo, el acto de leer un poema constituye siempre el acceso privilegiado a una mente determinada. En este sentido, la obra Albor de Masas (2026), firmada por Diófer Vásquez Aguirre, se nos presenta desde su título y sus epígrafes como un manifiesto claro: la poesía opera aquí como un caballo de troya destinado a instaurar un nuevo estado social nacional en el presente. La palabra Albor, que evoca alba, nacimiento y novedad, irrumpe junto a masas. Este último término posee una connotación histórica vinculada a la izquierda tradicional, pero como aclara el prologuista, el autor no se adscribe a los extremos políticos convencionales. Lo que emerge es, tal como anticipamos, una impronta política poética singular.
Si analizáramos los dos epígrafes –Vallejo y Scorza– confirmaríamos nuestras sospechas sobre esta postura. No obstante, debemos discrepar con el prologuista en un punto crucial: Diófer no traduce la realidad tal cual es; la idealiza y la metaforiza. Por ello, las imágenes de esta obra se transforman en retratos detenidos de un afán de transformación interna, embalsamadas en un optimismo social. Observemos cómo brilla la voz de los olvidados mientras avanza el puño por la plaza, flamean banderas e himnos, y una luz respirable renace en el alma (pág. 18).
Surge aquí una interrogante esencial: ¿Hasta qué punto la imagen del puño en alto, tan habitual en polos, pancartas, marchas multitudinarias y portadas de libros, constituye una mera retórica? O bien, ¿es acaso una fresca y subrepticia imagen que representa la unidad de los pueblos? Al parecer, aunque el autor es un poeta de corte social, su estilo sigue la retórica modernista. Recuerda a aquellos bardos que declamaban con pandereta, tambores, oboes y puños en alto, pero con un fondo inconfundiblemente ligado a lo social. No se trata de una traducción social de un hecho, sino de una propia versión de la realidad, subyugada por los caminos de lo azul.
Es así que se oye, sin timidez: «Crece el estruendo del disparo / entre los naipes de los versos, / y el puño de los bandoleros del poder / arranca la flor encendida / que custodia el corazón» (pág. 17). Aquí encontramos una metáfora ontológica, en línea con Lakoff y Johnson (1980), dado que la “flor encendida que custodia el corazón” es una forma sutil de relacionar elementos ligados a la existencia. La “flor encendida” representa la vida y su dignidad; así, ese “puño de los bandoleros del poder”, donde el puño funciona como metonimia, es la imagen de cómo se impide la construcción de la totalidad humana en un sistema determinado.
Como se observa, el poeta no traduce, sino que elige elementos de la realidad para organizar su discurso. El autor es un metaforizador de lo real: partiendo de la idea de “flor encendida” –que da para un texto más abstracto, donde incluso podemos situarnos dentro de la mística de las flores o rosas tan cercanas a Angelus Silesius o Martín Adán– hilvana sus versos. «Rompe el tuétano del sistema, / esa maquinaria de hierro / que humilla, / divide / y deshumaniza» (ibídem).
Así Albor de Masas repasa la experiencia del hombre, su vida, sus problemas, su finitud y el sistema que lo destruye. Su discurso elige elementos ya formados para volver a utilizarlos. Sus versos toman partido, afinan la puntería y siguen la idea de Gabriel Celaya: «la poesía es un arma cargada de futuro». Para lograr mayor intensidad en esta declaración, recordemos al épico Mayakovski con su llamado a la acción: «¡Enderecen la marcha! / Para palabrerías no hay sitio. / ¡Silencio, oradores!». La obra se cierra así en una resonancia potente entre la tradición lírica y el compromiso social radical.
Según Jakobson, la función poética tiene como propósito violentar el lenguaje ordinario. En ese sentido, escribir es una forma de organizar y amplificar los sentidos y símbolos para causar, como querían los formalistas, esa extrañeza necesaria; manifestar nuevas metáforas y ampliar las normas establecidas. Fíjese en la maestría de Vallejo: allí ocurre una revolución tanto de la forma como del fondo. Ese es el reto central de la poesía social: no solo cantar la violencia contra la "flor encendida", sino que, además, agregar, expandir y generar nuevos campos de significación para crear identidad y discurso. Por eso, el poemario se liga a una vieja tradición y usa elementos similares, lo que podría ser limitante si nos interesa ver la poesía como una experiencia que amplifica la tradición, pero, al mismo tiempo, resulta un homenaje a la misma.
A diferencia de Aristóteles, citado por Sontag en Contra la interpretación, quien sostenía que el arte es bueno solo por purgar emociones peligrosas, aquí la poesía no funciona únicamente como catarsis; invita a la acción. Diófer se une al coro y sentencia: "Vendrá la alborada a este territorio nocturno, alzando sus alas de fuego para hospedar en el pecho del mundo una semilla de esperanza" (pág. 22). La escritura poética se torna así una búsqueda imaginativa que nos acerca a reflexionar y actuar frente a la destrucción social. Hay poetas que asumen la escritura como un alegato para convocar la solidaridad, el amor o la lucha. Como Vallejo –o Pimentel, Leoncio Bueno, Juan Gelman, Neruda, Zurita, Rosabetty Muñoz, Carmen Berenguer o Benedetti (muy cercano al estilo del autor)– Diófer asume esta postura.
Aquí, por ejemplo, vemos que las imágenes de la acción buscada, el cambio social, se unen a las ya clásicas, usadas en arengas o hasta popularizadas por cantautores. Pensemos en el viejo canto de El pueblo unido jamás será vencido de Sergio Ortega Alvarado –integrante de la banda Quilapayún–: "De pie, cantar, que vamos a triunfar. Avanzan ya banderas de unidad, y tú vendrás marchando junto a mí y así verás tu canto y tu bandera florecer. La luz de un rojo amanecer anuncia ya la vida que vendrá". A estas imágenes clásicas, el autor agrega su Huánuco amado y su gente: profesores, vigilantes, animales, plantas y el cielo en su cúspide de nubes.
Es suya la palabra, camarada máuser. Basta de vivir con leyes dadas por Adán y Eva. El caballo de la Historia reventemos. Para palabrerías, sentencia el cantor de la revolución rusa, no hay sitio. "Albor de Masas" de Diófer Vásquez no se limita a ser solo un purgante espiritual o una mimesis, ni, claro, un canto social de panfleto; es, en realidad, una epístola comprometida con los otros.
Y entonces responde a la vieja pregunta hecha por Adorno: ¿para qué la poesía después de la barbarie? Para soñar la nueva lucha. El poeta lo sabe: "Pero tú, compañero, testigo de las heridas del mundo, camina por los senderos que dibujaron los héroes. Levanta el puño, levanta la bandera: todavía respira una esperanza para salvar la tierra" (pág. 23). En ti encomiendo el paso de la tierra: que seas río, que seas cielo, que seas ave, y que reúnas la paz.
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