Urge una lectura de la poesía que busque la complicidad con el mundo interno del autor. Leer para participar, para ser cómplice de la imaginación poética. Acceder a la mente de un poeta es todo un viaje. No siempre tenemos el boleto ni estamos listos. Leer no solo para recabar una serie de datos, sino para interpretar sensaciones y estados mentales.
En la obra Albor de Masas (2026) de Diófer Vásquez Aguirre ya desde el título y los epígrafes nos aventura su poética: poesía como caballo de troya de un nuevo estado social nacional actual. Algunos poetas son hiperbólicos, otros serenos. La lectura de un poema es el acceso a una mente determinada.
Albor, de alba, de nacimiento, de novedad, irrumpe junto a la palabra masas. Término usado por la izquierda tradicional, aunque, aclara el prologuista, el poeta no se halla dentro de los extremos políticos; lo que confiere una, como anticipamos, impronta política poética. Si leemos los dos epígrafes –Vallejo & Scorza– veremos que se corroboran nuestras sospechas.
Antes, debemos discrepar con el prologuista: Diófer no traduce la realidad, la idealiza, la metaforiza. Así las imágenes de esta obra se vuelven retratos detenidos de un afán de transformación interna, embalsamadas de un optimismo social:
Brilla la voz de los olvidados;
avanza el puño por la plaza,
flamean banderas e himnos
mientras una luz respirable
renace en el alma. (pág. 18)
¿Hasta qué punto la imagen del puño en alto (tan en boga en polos y pancartas y portadas de libros y marchas multitudinarias) es una retórica o, por el contrario, es una fresca y subrepticia imagen que representa la unidad de los pueblos?
Al parecer, aunque es un poeta de corte social, su estilo sigue la retórica modernista, de aquellos bardos que declamaban –con pandereta, tambores, oboes y puños en alto o aplaudiendo–, pero con un fondo ligado a lo social: la redención de la realidad. No es la traducción social de un hecho de lo real, sino una propia versión de la misma, subyugados por los caminos de lo azul; es así que se oye, sin timidez:
Crece el estruendo del disparo
entre los naipes de los versos,
y el puño de los bandoleros del poder
arranca la flor encendida
que custodia el corazón. (pág. 17)
Aquí encontramos una metáfora ontológica (Lakoff & Johnson, 1980) dado que la "flor encendida que custodia el corazón" es, digamos, una forma sutil de relacionar elementos ligados a la existencia.
La "flor encendida" representa la vida y su dignidad; así, ese "puño de los bandoleros del poder" (donde "puño" funciona como metonimia) es la imagen de cómo se impide la construcción de la totalidad hombre en un sistema determinado.
Como se observa, el poeta no traduce, sino elige elementos de la realidad para organizar su discurso. El autor es un metaforizador de lo real: partiendo de la idea de "flor encendida"–que da para un texto más abstracto, donde, incluso, podemos situarnos dentro de la mística de las flores, o rosas, tan cercanas a Angelus Silesius o Martín Adán– hilvana sus versos.
Rompe el tuétano del sistema,
esa maquinaria de hierro
que humilla,
divide y deshumaniza. (ibídem)
Su discurso elige elementos ya formados para volver a utilizarlos, afinando la puntería con un claro propósito: seguir la idea de Gabriel Celaya, quien definió que la poesía es un arma cargada de futuro. Así, Albor de Masas repasa la experiencia del hombre, su vida, sus problemas y su finitud frente al sistema destructor. Para potenciar esa intensidad, el texto recuerda al épico Mayakovski:
¡Enderecen la marcha!
Para palabrerías no hay sitio.
¡Silencio, oradores!
Es suya
la palabra,
camarada máuser.
Basta de vivir con leyes
dadas por Adán y Eva.
El caballo de la Historia reventemos.
Como sentencia el cantor de la revolución rusa, no hay lugar para las disertaciones vacías. Y es que, al igual que Vallejo –o Pimentel, Leoncio Bueno, Juan Gelman, Neruda, Zurita, Rosabetty Muñoz, Carmen Berenguer o Benedetti (muy cercano al estilo del autor)–, hay poetas que asumen la escritura como un alegato para convocar la solidaridad, el amor y la lucha. La escritura poética se torna una búsqueda imaginativa que nos acerca a reflexionar y actuar frente a la destrucción social. Diófer se une al coro con esta sentencia:
Vendrá la alborada
a este territorio nocturno,
alzando sus alas de fuego
para hospedar en el pecho del mundo
una semilla de esperanza. (pág. 22)
Según Jakobson, la función poética es violentar el lenguaje ordinario; en ese sentido, la escritura organiza y amplifica los sentidos y símbolos para causar esa extrañeza que buscaban los formalistas, manifestando nuevas metáforas y ampliando las normas establecidas. Fíjense en la maestría de Vallejo: revolución de la forma y del fondo. Ese es el reto central de la poesía social: no solo cantar la violencia contra la "flor encendida", sino agregar, expandir y generar nuevos campos de significación para crear identidad y discurso. Se intenta allí una nueva mística.
A diferencia de Aristóteles, citado por Sontag en Contra la interpretación, el arte no solo es bueno por purgar emociones peligrosas; aquí la poesía no funciona meramente como catarsis, sino que invita a la acción:
Pero tú, compañero,
testigo de las heridas del mundo,
camina por los senderos
que dibujaron los héroes.
Levanta el puño,
levanta la bandera:
todavía respira una esperanza
para salvar la tierra. (pág.23)
Aquí se unen las imágenes de la acción buscada para el cambio social a aquellas ya clásicas, usadas en arengas o popularizadas por cantautores. Un ejemplo claro es el viejo canto de El pueblo unido jamás será vencido de Sergio Ortega Alvarado –integrante de la banda Quilapayún–:
De pie, cantar, que vamos a triunfar.
Avanzan ya banderas de unidad,
y tú vendrás marchando junto a mí
y así verás tu canto y tu bandera florecer.
La luz de un rojo amanecer
anuncia ya la vida que vendrá.
Por eso, el poemario se liga a una vieja tradición, usando elementos similares. Esto podría resultar limitante si nos interesa la poesía como experiencia que amplifica la tradición, pero al mismo tiempo resulta un homenaje a la misma. A estas imágenes clásicas, el autor agrega su Huánuco amado y su gente: profesores, vigilantes, animales, plantas y el cielo en su cúspide de nubes.
Albor de Masas de Diófer Vásquez no se limita a ser solo un purgante espiritual, o una mimesis, ni, claro, un canto social de panfleto; es, en realidad, una epístola comprometida con los otros.
Julio Barco Ávalos, poeta peruano nacido en El Agustino, Lima, fundó el grupo Tajo y redacta para revistas como Literalgia y Asia Sur. Autor de poemarios como Me da pena que la gente crezca (2012) y Respirar (2018), su obra Arquitectura Vastísima obtuvo el primer lugar del Huauco de oro en 2019. También publicó novelas como Semen y Des(c)iertos. Actualmente dirige la web lenguajeperu.pe y activa la editorial Higuerilla, mientras trabaja los espacios Poético Río Hablador.
A propósito de El coloquio de los pájaros, de Sofía Velázquez (2026), se aborda una reflexión sobre el cine. Es bastante tonto olvidar que estamos activamente hechos de olvido, somos retazos siempre tratando de completarnos y sin lograrlo. ¿Cómo pegamos esos fragmentos? O no insistimos y dejamos los huecos, porque esto es lo que es. ¿Cómo no sentimos el vacío universal? Hay que sentirlo bien para tener derecho a hablar.
Ante la división dudosa entre documental y ficción, surge una pregunta crucial: ¿cómo somos honestos si admitimos esta división pantanosa o buscamos 'mezclas' fecundadoramente dispersadoras? El cine opresor dominante predica con fruición que el puzzle sí se puede armar, completar y resolver. Esos vulgares mentirosos —incluyendo gente 'culta'— ya descubrieron la verdad e imponen esa fórmula con trampa.
Sin duda, me alegra que una película peruana no le tema al detritus como materia prima. El ejercicio del 'cine pobre', aunque desafiante, ofrece un gran campo en constante expansión de aventuras sensoriales y mentales. Como alguien diría acerca del cine de Jean Rouch, aquí se pretende incurrir en 'flagrante delito de leyendar'. Buen punto de partida, prometedor y saludable.
No obstante, la teoría y el enunciado se quedan un poco solas sin excesivo coloquio con los altos pájaros de la imaginación. La práctica, o sea la película, resulta más bien débil y vacilante en varios aspectos.
Pero volvamos a lo poético. Y entonces responde a la vieja pregunta hecha por Adorno: ¿para qué la poesía después de la barbarie? Para soñar la nueva lucha. El poeta lo sabe. En ti encomiendo el paso de la tierra: que seas río, que seas cielo, que seas ave, y que reúnas la paz en el sueño de la existencia.
A propósito de El coloquio de los pájaros, de Sofía Velázquez (2026), se invita a entrar a la imaginación de los poetas. No leamos solo poemas, ¡entremos! Dicho sea de paso, articulan bien la idea de poesía comprometida con una causa social y no solo con lo sentimental: "¿Iba a ser la Poesía/ una solitaria columna de rocío?".
Poema Marcha Izquierda, extraído de la web de la UNAM.
(Supuestos) revolucionarios afantasmados y esfumados —anarcopoetas, según se nos dice— de los que no se sabe lo mínimo necesario como para apreciarlos, admirarlos o censurarlos. No siento que sean especialmente relevantes ni siquiera muy interesantes; tampoco funcionan como emblemas, figuras, paradigmas, mitos o metáforas. Tampoco hay datos que den pistas estimulantes o sugerentes acerca de su papel ‘efectivo’ fáctico o ficticio. Tras videos caseros más o menos inocuos huyen y se dispersan, transmutándose inconvincentemente en un álbum de animales vigilantes.
Y por otra parte existe la timidez para encarar y concretar las posibilidades fabulosas y poéticas que se abrían al tomar el camino contrario de la evocación ‘histórica’. Si se deseaba intensificar y fortalecer o decantarse por el aspecto ‘no-realista’, debo insistir en que es justo y lógico pedir o esperar un mayor trabajo y arrojo de la fantasía.
En cuanto a la obra que regaló el título a esta película, creo que en ella hay indicaciones del estado del alma o del bello camino para hacer algo más que la típica película peruana convencional, prescindible y mediocre. No digo que esta lo sea —hay más valles que recorrer— pero estas señales apuntan hacia un horizonte distinto.
¡Cómo no sentir simpatía por la imaginación utópica! Pero se necesitaba más de eso. ¡Y cómo sentir simpatía por una izquierda inoperante! -De la cual quien escribe quizás también forma parte-. En ese sentido, un poco de autocrítica, aunque sea en un amago de análogo de Wonderland, no estaría mal.
Que se escuche o se recite poesía… podemos convenir en que eso no hace forzosamente a la película más -o menos- poética. Hay un momento, sí: cuando el índice de fabulación crece y es una voz radiofónica que emite comentarios satíricos parodiando noticias con elegancia y gracia. Pero es una excepción a lo que sucede con/en la voz en off la mayor parte del tiempo.
En simple síntesis, hay una indecisión (que, ojo, era tematizable, tampoco se hizo) sobre lo que quiere ser la película. Hay un trabajo apreciable con el sonido, que tal vez se podría describir como realizado de afuera hacia dentro —no muy dentro—. No estamos por ejemplo en una película de Lucrecia Martel; no es una obra que tenga como uno de sus pilares éticos y estéticos el sonido o (dicho de otra forma) que emerja del seno de la percepción auditiva. La tentación u opción de encajar escenas o momentos en patrones rítmicos agradables a riesgo de convertirse en un musical o un videoclip también estuvo presente.
Escuchad a Farid-ud-Din Attar:
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