Opinión
Novos amaneceres poéticos: Albor de Masas (2026) de Diófer Vásquez AguirreLee la columna de Julio Barco
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2 horas agoon
17/08/2026By
Julio Barco
Urge una lectura de la poesía que busque la complicidad con el mundo interno del autor. Leer para participar, para ser cómplice de la imaginación poética. Leer no solo para recabar una serie de datos, sino para interpretar sensaciones y estados mentales. Acceder a la mente de un poeta es todo un viaje. No siempre tenemos el boleto ni estamos listos.
Algunos poetas son hiperbólicos, otros serenos. La lectura de un poema es el acceso a una mente determinada. En la obra Albor de Masas (2026) de Diófer Vásquez Aguirre ya desde el título y los epígrafes nos aventura su poética: poesía como caballo de troya de un nuevo estado social nacional actual.
Albor, de alba, de nacimiento, de novedad, irrumpe junto a la palabra masas. Término usado por la izquierda tradicional, aunque, aclara el prologuista, el poeta no se halla dentro de los extremos políticos; lo que confiere una, como anticipamos, impronta política poética.
Si leemos los dos epígrafes –Vallejo & Scorza– veremos que se corroboran nuestras sospechas; aunque antes, debemos discrepar con el prologuista: Diófer no traduce la realidad, la idealiza, la metaforiza. Así las imágenes de esta obra se vuelven retratos detenidos de un afán de transformación interna, embalsamadas de un optimismo social:
Brilla la voz de los olvidados;
avanza el puño por la plaza,
flamean banderas e himnos
mientras una luz respirable
renace en el alma. (pág. 18)
¿Hasta qué punto la imagen del puño en alto (tan en boga en polos y pancartas y portadas de libros y marchas multitudinarias) es una retórica o, por el contrario, es una fresca y subrepticia imagen que representa la unidad de los pueblos?
Al parecer, aunque es un poeta de corte social, su estilo sigue la retórica modernista, de aquellos bardos que declamaban –con pandereta, tambores, oboes y puños en alto o aplaudiendo–, pero con un fondo ligado a lo social: la redención de la realidad, no la traducción social de un hecho de lo real, sino una propia versión de la misma, subyugados por los caminos de lo azul; es así que se oye, sin timidez:
Crece el estruendo del disparo
entre los naipes de los versos,
y el puño de los bandoleros del poder
arranca la flor encendida
que custodia el corazón. (pág. 17)
Aquí encontramos una metáfora ontológica (Lakoff & Johnson, 1980) dado que la “flor encendida que custodia el corazón” es, digamos, una forma sutil de relacionar elementos ligados a la existencia.
La “flor encendida” representa la vida y su dignidad; así, ese “puño de los bandoleros del poder” (donde “puño” funciona como metonimia) es la imagen de cómo se impide la construcción de la totalidad hombre en un sistema determinado.
Como se observa, el poeta no traduce, sino elige elementos de la realidad para organizar su discurso. El autor es un metaforizador de lo real: partiendo de la idea de “flor encendida”–que da para un texto más abstracto, donde, incluso, podemos situarnos dentro de la mística de las flores, o rosas, tan cercanas a Angelus Silesius o Martín Adán– hilvana sus versos:
Rompe el tuétano del sistema,
esa maquinaria de hierro
que humilla,
divide
y deshumaniza. (ibídem)
Así Albor de Masas repasa la experiencia del hombre, su vida, sus problemas, su finitud y el sistema que lo destruye. Su discurso elige elementos ya formados para volver a utilizarlos. Sus versos toman partido, y afinan la puntería, y siguen la idea de Gabriel Celaya: la poesía es un arma cargada de futuro.
Para más intensidad, recordemos al épico Mayakovski:
¡Enderecen la marcha!
Para palabrerías no hay sitio.
¡Silencio, oradores!
Es suya
la palabra,
camarada máuser.
Basta de vivir con leyes
dadas por Adán y Eva.
El caballo de la Historia reventemos.
Para palabrerías, sentencia el cantor de la revolución rusa, no hay sitio.
Y es que, como Vallejo –o Pimentel, Leoncio Bueno, Juan Gelman, Neruda, Zurita, Rosabetty Muñoz, Carmen Berenguer o Benedetti (muy cercano al estilo del autor)– hay poetas que asumen la escritura como un alegato para convocar la solidaridad, el amor, o la lucha.
La escritura poética se torna una búsqueda imaginativa que nos acerca a reflexionar y actuar frente a la destrucción social. Diófer se une al coro y sentencia:
Vendrá la alborada
a este territorio nocturno,
alzando sus alas de fuego
para hospedar en el pecho del mundo
una semilla de esperanza. (pág. 22)
Según Jakobson la función poética es violentar el lenguaje ordinario. En ese sentido, la escritura es una forma de organizar y amplificar los sentidos y símbolos. Causar, como querían los formalistas, una extrañeza. Manifestar nuevas metáforas. Amplificar las normas establecidas. Fijémonos en la maestría de Vallejo: revolución de la forma y del fondo.
Ese es el reto de la poesía social: no solo cantar la violencia contra la “flor encendida” sino que, además, agregar, expandir y generar nuevos campos de significación. Crear identidad y discurso.
Intentar la nueva mística.
A diferencia de Aristóteles, citado por Sontag en Contra la interpretación, el arte no solo es bueno por purgar emociones peligrosas; aquí la poesía no solo funciona como catarsis, sino invita a la acción:
Pero tú, compañero,
testigo de las heridas del mundo,
camina por los senderos
que dibujaron los héroes.
Levanta el puño,
levanta la bandera:
todavía respira una esperanza
para salvar la tierra. (pág.23)
Aquí, por ejemplo, vemos que las imágenes de la acción buscada (cambio social) se unen a las ya clásicas, usadas en arengas, o hasta popularizadas por cantautores, como el viejo canto de El pueblo unido jamás será vencido de Sergio Ortega Alvarado –integrante de la banda Quilapayún–:
De pie, cantar, que vamos a triunfar.
Avanzan ya banderas de unidad,
y tú vendrás marchando junto a mí
y así verás tu canto y tu bandera florecer.
La luz de un rojo amanecer
anuncia ya la vida que vendrá.
Por eso, el poemario se liga a una vieja tradición, y usa elementos similares, lo que podría ser limitante si nos interesa la poesía como experiencia que amplifica la tradición, pero, al mismo tiempo, resulta un homenaje a la misma. A estas imágenes clásicas, el autor agrega su Huánuco amado y su gente: profesores, vigilantes, animales, plantas y el cielo en su cúspide de nubes.
Albor de Masas de Diófer Vásquez no se limita a ser solo un purgante espiritual, o una mimesis, ni, claro, un canto social de panfleto, sino, es, en realidad, una epístola comprometida con los otros.
Y entonces responde a la vieja pregunta hecha por Adorno, ¿para qué la poesía después de la barbarie? Para soñar la nueva lucha. El poeta lo sabe:
En ti encomiendo
el paso de la tierra:
que seas río,
que seas cielo,
que seas ave,
y que reúnas la paz
en el sueño de la existencia.
Amigos, no leamos solo poemas, ¡entremos a la imaginación de los poetas!
_________________________________
- Que, dicho sea de paso, articulan bien la idea de poesía comprometida con una causa social y no solo con lo sentimental: “¿Iba a ser la Poesía/ una solitaria columna de rocío?”
Podemos entonces situarlo en el ocaso del Modernismo, cuando surgieron libros como Cantos de vida y esperanza.
Poema Marcha Izquierda, extraído de la web de la UNAM.
Comentarios Related Topics:Albor de MasasculturaDiófer Vásquez AguirreLiteratura Don't MissA propósito de El coloquio de los pájaros, de Sofía Velázquez (2026)
Julio Barco
Julio Barco Ávalos (1991) poeta peruano, nacido en el distrito de El Agustino, Lima-Perú. Fundador del grupo Tajo. Redactor de las revistas Literalgia, Asia Sur, The fucking Times. Sus poemas aparecen en diferentes revistas online de Latinoamerica. Autor de los poemarios Me da pena que la gente crezca (2012) , Respirar (2018), Arder (gramática de los dientes de león), La música de mi cabeza volumen 7 (lenguajeperueditores), Arquitectura Vastísima (2019) (Primer puesto Huauco de oro, 2019). Novela: Semen (música para jóvenes enamorados), Des(c)iertos (2020) (editorial Metaliteratura). Participó y participa activamente en ferias, eventos, talleres, recitales a lo largo de todo el Perú. Actualmente trabaja los espacios Poético Río Hablador y dirige la web lenguajeperu.pe. A su vez activa la editorial Higuerilla, colecciones de poesía y prosa.
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Opinión
A propósito de El coloquio de los pájaros, de Sofía Velázquez (2026)Lee la columna de Mario Castro Cobos
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2 horas agoon
17/08/2026By
Mario Castro Cobos
Es bastante tonto (y usual, o ‘normal’) olvidar que estamos activamente hechos de olvido, que somos retazos. Siempre tratando de completarnos y siempre sin lograrlo. ¿Y cómo no seguir insistiendo? ¿Pero cómo pegamos los retazos? (O no insistimos y dejamos los huecos, porque esto es lo que es.) ¿Cómo no sentimos el vacío universal? O hay que sentirlo, y sentirlo bien, solo así se tiene el derecho de hablar. ¿Cómo somos honestos, ya sea que hagamos documental o ficción (admitiendo -fingiendo admitir- tal división altamente dudosa, pantanosa y vidriosa) o ‘mezclas’ unificadoras o fecundadoramente dispersadoras (esto último más difícil)?
El cine opresor dominante (industrial, mainstream, hegemónico, patriarcal, que nos toca destruir) predica una mentira con fruición; la que consiste en que el puzzle sí se puede armar, completar, resolver. O algo cercano a eso. -ELLOS TIENEN LA FÓRMULA. Con trampa, claro-. Esos vulgares mentirosos (incluyo gente ‘culta’) que ya descubrieron la verdad… y la predican e imponen…. Ante tal situación, sin duda, en principio me alegra que una película peruana no le tema (o no tanto) al detritus (sobra, residuo, ‘registro’, fragmento) como materia prima, al ejercicio del ‘cine pobre’ sin embargo con no pocas posibilidades para un gran campo en constante expansión de aventuras y travesuras tanto sensoriales como mentales.
Además. Como alguien diría, si no recuerdo mal acerca del cine de Jean Rouch, aquí se pretende incurrir en ‘flagrante delito de leyendar’. Buen punto de partida. Muy saludable. Prometedor. Pero luego es el enunciado, la teoría, las que siento que se quedan un poco solas, sin un excesivo coloquio con los altos pájaros de la imaginación, ya que la práctica, o sea la película, me resulta en varios puntos y aspectos más bien débil y vacilante.
(Supuestos) revolucionarios afantasmados y esfumados (anarcopoetas, se nos dice) de los que no se sabe lo mínimo necesario como para apreciarlos, admirarlos o censurarlos y que no siento que sean especialmente relevantes y ni siquiera muy interesantes ni como emblemas, figuras, paradigmas, mitos o metáforas; tampoco hay datos que den muy estimulantes o sugerentes pistas acerca de su papel ‘efectivo’ fáctico o ficticio; tras videos caseros más o menos inocuos huyen, se dispersan, y se transmutan inconvincentemente en un álbum de animales vigilantes.
Y por otra parte la timidez para encarar y concretar las posibilidades fabulosas y poéticas que se abrían al tomar el camino contrario de la evocación ‘histórica’. Si se deseaba intensificar y fortalecer o decantarse por el aspecto ‘no-realista’, debo insistir en que es justo y lógico pedir o esperar un mayor trabajo y arrojo de la fantasía.
Que se escuche o se recite poesía… podemos convenir en que eso no hace forzosamente a la película más -o menos- poética.
Hay un momento, sí, cuando el índice de fabulación crece, es una voz radiofónica que emite comentarios satíricos parodiando noticias con elegancia y gracia. Pero es una excepción a lo que sucede con/en la voz en off la mayor parte del tiempo.
En la película, en simple síntesis, hay una indecisión (que, ojo, era tematizable, tampoco se hizo) sobre lo que quiere ser.
Hay un trabajo apreciable con el sonido, que tal vez se podría describir como realizado de afuera hacia dentro (no muy dentro), no estamos por ejemplo en una película de Lucrecia Martel, no es una película que tiene como uno de sus pilares éticos y estéticos el sonido o (dicho de otra forma) que emerja del seno de la percepción auditiva.
…La tentación u opción de encajar escenas o momentos en patrones rítmicos agradables a riesgo de convertirse en un musical o un videoclip…
¡Cómo no sentir simpatía por la imaginación utópica! Pero se necesitaba más de eso.
¡Y cómo sentir simpatía por una izquierda inoperante! -De la cual quien escribe quizás también forma parte-.
En ese sentido. Un poco de autocrítica, aunque sea en un amago de análogo de Wonderland, no estaría mal.
En cuanto a la obra que regaló el título a esta película pues creo que en ella hay indicaciones del estado del alma o del bello camino para hacer algo más que la típica película peruana convencional, prescindible y mediocre (no digo que esta lo sea, pero hay más valles que recorrer).
Escuchad a Farid-ud-Din Attar:
“Los pájaros atraviesan siete valles, repletos de peligros y maravillas. El sexto valle es el lugar del asombro. Allí hace día y noche; al mismo tiempo, vemos y no vemos, se existe y no se existe, las cosas son a la vez vacías y plenas. Si el viajero se aferra con fuerza a sus hábitos, se aferra a lo que siempre ha conocido, estará condenado al desaliento y a la desesperación — el mundo le parecerá absurdo, incoherente, insensato. Pero si el viajero acepta de abrirse a ese mundo desconocido, el mismo le aparecerá en toda su armonía y coherencia.”
Más de Sofía Velázquez
De todas las cosas que se han de saber (2021)
De todas las cosas que se han de saber, de Sofía Velázquez (2021)
Opinión
¿El Cusco tiene dueño?Lee la columna de Edwin Cavello
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15 horas agoon
17/08/2026By
Edwin Cavello Limas
Alberto Beingolea llegó al Cusco, se quedó casi una semana y dejó una pregunta flotando en el aire: ¿quién manda realmente en la Dirección Desconcentrada de Cultura de Cusco?
La visita del ministro de Cultura coincidió con el partido entre Cienciano y Botafogo por la Copa Sudamericana. Hubo reuniones con alcaldes, encuentro con el gobernador regional, presentación ante los trabajadores de la Dirección Desconcentrada de Cultura (DDC) y una visita a Machu Picchu. Mucha agenda, muchos encuentros y, por ahora, ninguna modificación.
Según fuentes internas consultadas, Maritza Rosa Candia continuaría al frente de la DDC de Cusco. No habría cambios estructurales. Y aquí comienza el verdadero partido.
Porque la permanencia de Candia genera interrogantes entre funcionarios que conocen los entretelones del sector. Las fuentes sostienen que su continuidad no obedecería a una evaluación de gestión, sino a intereses vinculados al negocio turístico que gira alrededor de Machu Picchu, la gallina de los huevos de oro.
Entonces aparece la pregunta incómoda: ¿quién protege a Candia?
En los pasillos de la DDC se menciona al ministro Rogers Valencia como una pieza de ese tablero. También se habla de Ernesto García Calderón, señalado como persona cercana a Valencia y esposo de Gloria Choque Centeno, quien ha sido vinculada, según denuncias fiscales, a cuestionamientos por la construcción del Hotel Sheraton y sus efectos sobre el patrimonio arqueológico.
Nada de esto es nuevo para los actores del sector, pero sí para Beingolea. Con la llegada de Roger Valencia al Mincetur, es tiempo que las autoridades aclaren vínculos, decisiones y responsabilidades. El patrimonio no puede administrarse mediante padrinazgos.
Pero hay otro movimiento que despierta preocupación: la posibilidad de que la venta de boletos a Machu Picchu pase al Ministerio de Comercio Exterior y Turismo. Si la propuesta avanza, estaríamos ante una modificación que puede alterar el equilibrio entre protección patrimonial y explotación turística.
Y aquí Beingolea enfrenta su primera prueba de fuego. Si el ministro no puede decidir sobre su propia estructura en Cusco, entonces su cargo corre el riesgo de convertirse en una oficina decorativa.
El poder real, como siempre, no necesariamente aparece en el organigrama. Puede esconderse detrás de negocios, operadores y favores políticos. Mientras Machu Picchu siga produciendo millones, todos querrán administrar la caja. La pregunta es quién protegerá el patrimonio de quienes quieren convertirlo únicamente en un botín.
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Propiedad, libertad y dignidad: el derecho a construir una vida propia en el Perú y América LatinaLee la columna de Raúl Allain
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2 días agoon
15/08/2026By
Raúl Allain
Hay una idea que durante demasiado tiempo ha sido presentada como si fuera patrimonio exclusivo de una determinada corriente política: la preocupación por los pobres. Conviene discutirla. Porque preocuparse por la pobreza no significa necesariamente defender un Estado cada vez más grande, más burocrático y más intervencionista. Tampoco significa convertir al ciudadano en beneficiario permanente de programas públicos.
Desde mi perspectiva, una sociedad verdaderamente digna es aquella en la que una persona puede trabajar, ahorrar, emprender, adquirir una vivienda, abrir un negocio, invertir, heredar lo que construyó y decidir sobre los frutos de su propio esfuerzo. Eso no es egoísmo. Es libertad. Y también es dignidad humana.
La propiedad privada no es una concesión graciosa del Estado. El artículo 17 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece expresamente que toda persona tiene derecho a poseer bienes individualmente o en asociación con otros y que nadie debe ser privado arbitrariamente de su propiedad.
¿Por qué resulta tan importante recordar algo aparentemente elemental? Porque en América Latina todavía existe una narrativa según la cual la propiedad privada, el lucro y la empresa serían conceptos moralmente sospechosos. Desde determinados sectores de la izquierda regional se ha instalado durante décadas la idea de que el Estado es el gran protector de los pobres y que el mercado, por definición, favorece a los ricos.
A mi juicio, esa explicación es demasiado cómoda.
Si el mercado fuera simplemente un mecanismo para enriquecer a unos pocos, ¿cómo explicaríamos que millones de latinoamericanos hayan mejorado sus condiciones de vida mediante el empleo privado, el emprendimiento, el comercio y el acceso a bienes y servicios que antes estaban fuera de su alcance?
La discusión debería ser más seria.
El capitalismo no consiste solamente en grandes corporaciones. También es la bodega de la esquina, el pequeño restaurante familiar, el agricultor que produce para vender, la persona que compra una máquina para ampliar su taller, la costurera que transforma su habilidad en un negocio, el joven que desarrolla una aplicación desde su computadora o el trabajador que ahorra durante años para comprar su primera vivienda.
Eso es lo que llamo capitalismo popular: la posibilidad de que la propiedad y el capital dejen de ser patrimonio exclusivo de grandes grupos y se conviertan en instrumentos al alcance de ciudadanos comunes.
El problema es que en buena parte de nuestra región hemos construido economías donde emprender puede convertirse en una carrera de obstáculos. Licencias, trámites, impuestos complejos, regulaciones contradictorias y burocracias interminables terminan castigando precisamente a quien menos capacidad tiene para sortearlas.
Y entonces ocurre algo paradójico. El Estado proclama que quiere proteger al pequeño ciudadano, pero muchas veces termina empujándolo hacia la informalidad.
En el Perú conocemos perfectamente esa historia. Millones de personas trabajan fuera de la formalidad no porque desprecien las leyes, sino porque el sistema formal puede resultar costoso, lento y difícil de comprender. La respuesta no debería ser perseguir eternamente al informal, sino preguntarnos qué estamos haciendo mal para que formalizarse no sea una opción atractiva.
Aquí aparece una diferencia fundamental entre dos maneras de entender el desarrollo. Una pretende solucionar la pobreza principalmente mediante transferencias y programas estatales. La otra considera que la asistencia puede ser necesaria en situaciones concretas, pero que el objetivo final debe ser que la persona pueda sostenerse por sí misma mediante empleo, propiedad, emprendimiento y oportunidades.
No tengo nada contra una ayuda pública bien diseñada. Sería absurdo negar que existen familias que necesitan asistencia temporal, especialmente ante emergencias o situaciones de extrema vulnerabilidad. El propio Banco Mundial reconoce que los programas de protección social han desempeñado un papel importante en América Latina y que algunos han contribuido a reducir vulnerabilidades.
Pero una cosa es una red de protección y otra muy distinta construir una sociedad dependiente de ella.
El asistencialismo permanente puede convertirse en una trampa. Cuando la política pública se limita a entregar recursos sin crear condiciones para que las personas produzcan, trabajen y acumulen patrimonio, se corre el riesgo de administrar la pobreza en lugar de reducirla estructuralmente.
Y aquí conviene mirar los datos sin prejuicios ideológicos.
El Banco Mundial señala que la pobreza en América Latina y el Caribe alcanzó en 2024 su nivel más bajo del siglo XXI bajo una de sus líneas internacionales de medición. La reducción reciente estuvo asociada, entre otros factores, al aumento del empleo y de los ingresos laborales, además de las transferencias públicas.
Ese dato es revelador. Las transferencias ayudan, pero el empleo y los ingresos provenientes del trabajo también son determinantes. No hay política social más poderosa que una economía capaz de generar millones de empleos productivos y sostenibles.
En el Perú, el desafío continúa siendo enorme. El Banco Mundial reporta que la economía peruana creció 3,4 % en 2025, impulsada por una fuerte inversión privada y el consumo, y proyecta un crecimiento de 3,1 % para 2026. También señala que la pobreza, medida con la línea de US$8,30 diarios por persona, se ubicó en 36,2 % en 2024.
¿No deberíamos preguntarnos entonces cómo conseguir más inversión privada, más empleo formal y mayor productividad?
Ese debate, lamentablemente, suele quedar atrapado entre consignas.
La inversión privada necesita algo que parece poco romántico, pero es absolutamente decisivo: seguridad jurídica. Nadie arriesga sus ahorros en un país donde un contrato puede desconocerse fácilmente, donde la propiedad puede quedar atrapada durante años en un litigio o donde las reglas cambian constantemente.
El empresario no necesita privilegios. Necesita reglas.
El pequeño propietario tampoco pide que el Estado le regale una empresa. Necesita saber que su vivienda, su terreno, su local comercial o su pequeño capital están protegidos por la ley.
Por eso la defensa de la propiedad privada es inseparable de la defensa del Estado de derecho. Una propiedad sin protección jurídica es una propiedad precaria. Y una economía sin seguridad jurídica termina castigando especialmente a quienes menos recursos tienen.
Aquí encuentro uno de los grandes errores del discurso estatista: confundir Estado fuerte con Estado grande.
Un Estado fuerte es aquel que garantiza justicia, seguridad, infraestructura, educación, salud, contratos y derechos. Un Estado grande puede ser simplemente una maquinaria burocrática costosa. No necesitamos más oficinas por el simple hecho de tenerlas. Necesitamos instituciones que funcionen.
La libertad económica tampoco significa ausencia de reglas. Significa que las personas puedan tomar decisiones económicas dentro de un marco de leyes claras, competencia y responsabilidad. El Estado debe impedir el fraude, sancionar la corrupción, combatir los monopolios ilegales y garantizar la competencia. Pero no debería convertirse en empresario de todo.
Cuando el funcionario decide quién puede producir, cuánto puede cobrar, a quién puede contratar o qué actividad merece existir, el poder económico termina concentrándose en la burocracia. Y eso tampoco beneficia al ciudadano.
La historia latinoamericana debería habernos enseñado algo después de tantas décadas: los experimentos estatistas no han eliminado la pobreza. En algunos casos incluso terminaron destruyendo la capacidad productiva de sociedades enteras.
Venezuela es el ejemplo que resulta imposible ignorar. Un país extraordinariamente rico en recursos naturales terminó atravesando una devastadora crisis económica y social después de años de controles, expropiaciones, deterioro institucional y concentración del poder. No es necesario idealizar ningún modelo capitalista para reconocer esa lección.
Pero también debemos evitar el extremo contrario. Una economía de mercado no funciona automáticamente. Necesita instituciones, competencia, educación, infraestructura y un sistema judicial confiable. El mercado no sustituye al Estado de derecho; necesita de él.
Por eso me parece insuficiente la vieja caricatura según la cual quienes defendemos la libertad económica queremos un Estado ausente. No es así. Queremos un Estado que haga bien aquello que realmente debe hacer y que deje espacio para que la sociedad produzca, innove y prospere.
En el fondo, se trata de devolver confianza al ciudadano.
Hay una diferencia profunda entre decirle a una persona “yo, desde el Estado, resolveré tu vida” y decirle “voy a garantizar que puedas construir tu propia vida”. Prefiero lo segundo.
Porque cuando una familia consigue comprar su primera casa, no solamente adquiere paredes y un techo. Adquiere seguridad. Cuando alguien abre un negocio, no solamente busca ganar dinero. Está creando autonomía. Cuando un trabajador ahorra e invierte, está construyendo un futuro para sus hijos.
Eso es dignidad.
En mis reflexiones sobre la realidad peruana, siempre me ha llamado la atención una contradicción: hablamos constantemente de inclusión, pero muchas veces olvidamos que no existe verdadera inclusión si una persona no puede convertirse en propietaria, emprendedora o protagonista de su propio desarrollo.
El objetivo debería ser una sociedad de propietarios, trabajadores, emprendedores y ciudadanos libres. Una sociedad donde el acceso al capital no dependa exclusivamente de los contactos políticos ni de pertenecer a una gran empresa. Donde el crédito, la formalización y la propiedad puedan convertirse en herramientas de movilidad social.
El capitalismo popular puede desempeñar allí un papel decisivo.
No se trata de prometer riqueza instantánea. Se trata de crear condiciones para que el esfuerzo tenga recompensa. Una persona que trabaja diez años debería poder aspirar a estar mejor que cuando empezó. Un pequeño empresario debería poder contratar a su primer trabajador sin sentirse perseguido por una maraña regulatoria. Un joven debería poder crear una empresa sin necesitar un padrino político.
Eso es movilidad social.
Y América Latina necesita recuperar precisamente esa expectativa.
El Banco Mundial ha advertido que la región mantiene un crecimiento relativamente débil y que la inversión, tanto pública como privada, continúa deprimida en comparación con las necesidades de desarrollo. También identifica como prioridades reformas en infraestructura, educación, regulación, competencia y política tributaria.
No necesitamos reinventar la rueda. Necesitamos dejar de ponerle piedras en el camino.
Defender la propiedad privada, la libertad económica y la iniciativa individual no significa despreciar a los pobres. Al contrario: significa confiar en que los pobres pueden dejar de ser pobres.
Y esa quizá sea la diferencia más profunda.
La izquierda regional ha pretendido durante demasiado tiempo monopolizar el lenguaje de la justicia social. Es hora de disputar ese terreno con argumentos, no con insultos. La justicia social también puede significar propiedad, empleo, ahorro, emprendimiento, seguridad jurídica y libertad para prosperar.
El Perú no necesita ciudadanos eternamente dependientes del Estado. Necesita ciudadanos capaces de depender cada vez más de su propio trabajo y de las oportunidades que una economía libre puede ofrecerles.
La propiedad privada no debe ser vista como un privilegio. La libertad económica tampoco. Son instrumentos de autonomía humana.
Al final, la verdadera pregunta no debería ser cuánto puede hacer el Estado por nosotros, sino cuánto espacio estamos dispuestos a garantizar para que cada peruano pueda hacer algo por sí mismo.
Esa es, en mi opinión, una agenda de libertad que América Latina todavía tiene pendiente.
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FIL 2026: ¿El fin de una era?Lee la columna de Hans Rothgiesser
Published
3 días agoon
14/08/2026By
Redacción Lima Gris
Por Hans Rothgiesser
Hasta el año pasado, la Feria Internacional del Libro de Lima era una fiesta que buscaba equilibrar varios objetivos. Por un lado, cumplía con ser un encuentro entre familias que buscaban buscar libros y los puestos que los ofrecían. Estos podían ser los mismos de siempre o productos novedosos. En ese sentido, este evento cumplía también el objetivo de darle espacio a nuevos talentos que ponían sobre el tapete material novedoso: libros peruanos que probaban géneros poco explorados, autores de perfiles poco comunes, editoriales especializadas dirigidas por lectores fanáticos, etc.
Otro aspecto de este evento que pocos veían era el encuentro propio de una industria en crecimiento. Había sesiones con técnicos sobre nuevas tendencias de la impresión, estudios de marketing sobre nuevos mercados que se estaban abriendo, exposición de oficinas del Estado hablando de nuevas regulaciones, etc. Todo eso que a un lector casual no tiene por qué interesarle, pero a emprendimientos que están creciendo ciertamente sí.
Pero hay una función más que las ediciones pasadas de la FIL habían estado impulsando: el espectáculo publicitario de autores y de libros. Es decir, la oportunidad para que los encargados del marketing de las editoriales grandes o sus agentes de relaciones públicas coloquen historias en la prensa promocionando el producto. Así es como autores que nadie lee o que nadie defiende terminan siendo los más vendidos de estos eventos. Porque toman la FIL y lo usan como catapulta comercial. Esto, por supuesto, no tiene nada de malo. Si queremos que la industria editorial peruana levante, tienen que existir estas ocasiones.
Sin embargo, cada uno de estos objetivos tiene sus propias complicaciones. Por ejemplo, un stand orientado a vender libros de historia no puede tener la misma estrategia y presentación que uno que ofrece libros infantiles. Por supuesto que tiene que haber reglas, pero éstas deben ser flexibles, porque se quiere que haya variedad. Queremos que haya heterogeneidad entre los géneros, los estilos, las formas. O por lo menos, nosotros queremos eso.
Pero, ¿los organizadores de la FIL 2026 también quieren eso? No me queda tan claro. Como lector celebro que por fin haya editoriales peruanas que publiquen ciencia ficción escrita por peruanos, así como libros de terror también escritos por peruanos. No obstante, el nuevo formato de FIL y las recientes decisiones de la Cámara Peruana del Libro parece que no comparten mi interés. Todo lo contrario.
No hubo sección de stands regionales. No hubo zona de stands de cómics. No hubo stands temáticos. Han subido el costo de participar del evento, excluyendo a las pequeñas que iban con las justas. Se han puesto más duros con la participación de editoriales que no son parte de la cámara. Y entendamos algo. La Cámara Peruana del Libro es un gremio privado. Pueden hacer lo que les dé la gana con su evento. Pero no sé qué tan estratégico sea para la industria convertir la FIL, que era la principal fiesta de la celebración de la lectura en el Perú en otro Hay Festival para celebrarse entre ellos los logros de unas pocas editoriales grandes que si, por último, estuvieran haciendo las cosas bien, marcarían el camino a seguir. Pero ése no es el caso. Siguen ofreciendo básicamente lo mismo de siempre y pareciera que hacen uso de los recursos que tienen a su alcance para cerrarle el paso a la competencia.
Con una FIL así de corporativa y cuadriculada, supongo que ya no es el tiempo de pedir extensión de la ley del libro que las exonera de pagar impuestos. O de otros apoyos y auspicios que recibe la Cámara Peruana del Libro porque supuestamente promueve la lectura y la industria editorial en este país.
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La brigada canina de Miraflores y su valiosa proyección a la comunidadLee la columna de Marisol Verónica Giordano Silva
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3 días agoon
14/08/2026By
Redacción Lima Gris
Por Marisol Verónica Giordano Silva
Este 16 de agosto la Brigada Canina del distrito de Miraflores cumple 27 años de creación, donde su existencia es sinónimo de buen servicio, disciplina y compromiso con la comunidad.
Para la Municipalidad de Miraflores y para el vecino se trata de una fecha significativa y emblemática por su identificación con la institución edil y el vecino desde el año 1999. Asimismo, representa una fortaleza de primer orden desde la Gerencia de Seguridad Ciudadana hacia el vecino.
El binomio ser humano-perro, con una relación en la historia de miles de años, se renueva en Miraflores como un paradigma verdadero para la prevención, la protección y el servicio a la ciudadanía, como también frente a todos los distritos del país, máxime cuando la Municipalidad de Miraflores es un referente positivo.
En el presente año la brigada está conformada con más de 20 ejemplares, entre ellos perros de razas como dóberman, rottweiler y pastor alemán, todos entrenados para contribuir al fortalecimiento de la seguridad en Miraflores. Pero su labor en realidad va más allá de este objetivo, pues sus funciones trascienden la seguridad y el patrullaje, amén de su praxis en el resguardo y la prevención frente el delito.
Ahí está también la función de búsqueda y el rescate de personas, como resultado de una preparación especializada y un disciplinado entrenamiento de la brigada canina para participar en situaciones que requieren localización y asistencia en el distrito o en otras circunscripciones según lo requieran los hechos y las emergencias.
Como pedagoga también destaco un ángulo muy especial, y es cuando esa brigada canina visita las instituciones educativas y se presenta ante alumnos de los niveles de Educación Inicial, Primaria o Secundaria generando bienestar, alegría, optimismo y sentido del deber al conocer que esa brigada es de gran ayuda para todos.
Expreso mi congratulación a los integrantes de dicha brigada y a los funcionarios de la Municipalidad de Miraflores, al equipo humano que le da sentido, movimiento, preparación y continuidad, donde los canes merecen especial aplauso, junto a sus entrenadores, médicos veterinarios, policías y serenos.
¡Feliz 27° aniversario y que vengan muchos más!
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Fiscalía tras Johny IslaLee la columna de Edwin Cavello
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4 días agoon
14/08/2026By
Edwin Cavello Limas
En Nasca, el patrimonio tiene dos enemigos: quienes excavan para llevarse lo que no les pertenece y quienes, desde el Estado, deberían impedirlo, pero terminan mirando hacia otro lado. Ahora la Fiscalía parece haber decidido mirar de frente.
Fuentes del Ministerio Público informaron a este medio que se habría presentado un requerimiento de suspensión preventiva de derechos contra el arqueólogo Johny Isla Cuadrado, quien ocupa el cargo de responsable del Sistema de Gestión para el Patrimonio Cultural del Territorio de Nasca y Palpa, en la Dirección Desconcentrada de Cultura de Ica.
El documento fiscal sugiere suspender temporalmente del cargo mientras se investiga el supuesto delito contra el patrimonio cultural y paleontológico, por el incumplimiento de las obligaciones de los funcionarios públicos, que afecta al Estado peruano.
Conviene decirlo con claridad: una solicitud fiscal no equivale a una condena. Isla deberá ejercer su derecho a la defensa y corresponderá a la justicia determinar responsabilidades.
La abogada Noemy Castañeda ha denunciado públicamente la existencia de una presunta red de corrupción vinculada a funcionarios y operadores relacionados con la protección del patrimonio. Sus acusaciones deberán ser investigadas y probadas por las autoridades competentes. Pero justamente para eso existe la Fiscalía: para seguir el dinero, reconstruir decisiones, identificar responsabilidades y determinar si detrás de la negligencia existe algo más que incompetencia.
Primero fueron los daños, las invasiones, los desmontes y la maquinaria. Ahora aparece un requerimiento fiscal contra el arqueólogo del Mincul que tenía responsabilidades directas en la gestión de Nasca y Palpa. ¿Coincidencia? ¿Negligencia? O tal vez algo más grave.
Queda claro que en Nasca los funcionarios de la DDC de Ica no han cumplido con sus deberes. Pero si existiera una estructura organizada para permitir, encubrir o facilitar el deterioro del patrimonio, entonces no bastará con suspender a un funcionario. La fiscalía tendrá que desbaratar la presunta red de corrupción. Nasca no necesita funcionarios intocables. Necesita custodios.
Mientras la Fiscalía avanza, al Ministerio de Cultura se le sigue escapando la tortuga. Lo triste es que siempre fue así.
Finalmente, nos damos cuenta que al nuevo ministro Alberto Beingolea, le tiembla la mano cuando se trata de personajes oscuros. ¡Basta de blindajes!
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Hiedra, de Ana Cristina Barragán (2025)Lee la columna de Mario Castro Cobos
Published
4 días agoon
13/08/2026By
Mario Castro Cobos
La cámara es o puede ser usada (preferentemente y más intensamente) como un ojo, pero no como un ojo cualquiera sino como uno que se acerca más, que toca, y que casi se confunde o se funde con el objeto que mira. Quienes usan cámaras deberían hacerlo más. ¿Un ojo que actúa como mano, como piel contra piel? Sí, y de varios modos. Pero por qué será que no lo hacen más. ¿Tienen miedo a esta cercanía, proximidad, intimidad, promiscuidad (‘falta de distancia’, ‘experiencia-conocimiento por inmersión’) cuando viven o cuando ven o cuando hacen películas? Mejor sería al contrario. No sean idiotas. No teman al cuerpo.
María Cristina Barragán por su parte, no parece que tenga ningún miedo. Eso me resulta maravilloso. Abre caminos. Da vida. Y la aburrida construcción de siempre por supuesto que no va a quedar indemne ante esta operación. Hay cortes misteriosos. Transiciones sugestivas… Sección de preguntas para quien lee. ¿Estás tan en la mala costumbre o tu entrenamiento sistemático en la discapacidad cognoscitiva ha sido tal como para no poder soportar una construcción multilineal?
Creo que solo tienes que recordar tus crisis o el caos propio de la vida para encontrar verdad bullente en esta clase de películas. Y eso que Hiedra no es el pico de la cosa más visceralmente laberíntica con que te puedas encontrar.
Fascinaciones, perturbaciones, desorientaciones, desacomodamientos, tienen que ver más con nuestra humanidad al percibir las cosas del mundo… Entonces, el estado de semi-ensoñación que nos da esta película es después de todo de lo más realista.
Contraposición (como de pasadita, apenas ‘un toque’, y a la vez) ruda, de las caras marrones de los chicos del orfanato (y encima al borde de ser expectorados de ahí) versus las caras más blancopálidas de jóvenes de su misma edad. Con una punta de maldad, o de bondad, la directora no quiso mostrarnos las caras necesariamente más bellas o sexys. Sí se puede decir que cuestiona el canon de corrección de belleza (incluyendo la corrección Benetton). Así que que los chicos babean y se masturban casi unos en la cara de los otros.
Hay una franqueza erótica, sin que sea una película erótica. Sientes que ‘podría pasar cualquier cosa en cualquier momento’. La búsqueda del hijo; el encuentro con ese otro que ella quiere amar, es de veras creíble, problemático, matizado, complejo.
Trailer
Opinión
Poetas obreros chinosLee la columna de Rodolfo Ybarra
Published
6 días agoon
11/08/2026By
Redacción Lima Gris
Hace unas semanas, el poeta y repartidor de delivery Wang Jibing ha ganado el premio más importante de China: el Lu Xun en honor a uno de los escritores considerado el padre de la literatura china moderna. Imponiéndose sobre académicos, universitarios y otros más dedicados al arte de los aedas.
De hecho, Jibing ha tenido trabajos lejos de la formalidad. Ha sido reciclador de basura, cartero, repartidor de comida rápida y otros “oficios menores” que no le daban tiempo para nada, solo para subsistir; por lo que su poesía se escribe en el autobús, en el tren o cuando tiene que parar con la bicicleta. Sus trazos están sobre servilletas, sobre comprobantes de pago, facturas y pedidos. Y, sin embargo, su excelencia prevalece: «¿Quién dice que extender las alas significa volar alto? Volar bajo también es volar», reza uno de los versos de sus poemas. “(…)¿Quién diría que las canciones más ‘elevadas’ tienen que encontrar pocos cantantes/El sonido, bien pegado al suelo/Es la sinfonía para todo lo que está luchando por subir/Si hay una quinta estación en el mundo humano/Tiene que ser primavera para los repartidores”.
Otro de los poetas chinos que ha tenido relevancia estos últimos años es Xu Lizhi, un obrero con una poesía exquisita y dosis de sarcasmo y que se arrojó a los 24 años desde el piso 17 de un edificio de Shenzhen cercano a la fábrica Foxconn donde laboraba. “Tragué una luna de hierro/Tragué una luna de hierro,/que llaman tornillo./Tragué vertidos industriales y formularios de paro,/me incliné ante las maquinas, ¡que pronto mueren nuestros jóvenes!/Tragué trabajo, tragué pobreza,/tragué puentes peatonales, tragué toda está vida oxidada./Ya no puedo tragar nada más./Todo lo que trago se atraganta en mi garganta./Hago llegar a todo mi país/este poema de vergüenza”.
Pero esta nueva poesía china no es solo exclusividad de los varones. Zheng Xiaoqiong es una poeta que nos habla de las maquiladoras, de las obreras que con sus manos pequeñas construyen esa supuesta “modernidad” que otros disfrutan: “Ella podría haberse convertido en una máquina en operación,/pero al no poner atención,/se convirtió en un pequeño clavo de hierro, (…)ahora clavada en la pared, es doblemente desventurada/pero ella nunca se queja o resiente, ha aceptado indulgentemente/su destino; porque ella sabe que estar viva es ser más valiente y pacífica que estar muerta.
Definitivamente, estos bardos configuran la nueva poesía hecha por los que construyen el mundo.
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