¿Existe realmente un milagro perfecto? La pregunta resuena con fuerza cuando analizamos aquellos acontecimientos extraordinarios. Si definimos tal suceso como algo irrepetible, es lógico suponer que las circunstancias ideales son raras; sin embargo, eso no impide su ocurrencia. Cuando a esos momentos se suma un contexto histórico capaz de engrandecer aún más su dimensión, el hecho permanece para siempre en la memoria colectiva, trascendiendo cualquier imperfección temporal. Si buscamos ese tipo de milagro, difícilmente encontraremos uno más representativo que el ocurrido en el Mundial de Fútbol de 1986, durante el enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra. Es precisamente este episodio el que Juan Cabral y Santiago Franco deciden reconstruir en su documental El partido. La narrativa se basa en una historia ampliamente conocida, pero con matices esenciales. Tras llegar a la máxima cita del fútbol rodeada de cuestionamientos bajo el mando del entrenador Carlos Bilardo, la selección argentina debía enfrentarse a Inglaterra en cuartos de final. La trascendencia de ese encuentro excedía ampliamente lo deportivo. Antes de llegar al duelo, los directores rastrean el origen de la rivalidad, recordando antecedentes como el Mundial de Inglaterra de 1966 que ya había alimentado esa tensión. No obstante, el verdadero peso del enfrentamiento estaba determinado por un hecho mucho más reciente: la guerra de las Malvinas. Apenas cuatro años antes, la dictadura militar encabezada por Leopoldo Galtieri ordenó el desembarco argentino en las islas, desencadenando el conflicto bélico con el Reino Unido. Del otro lado se encontraba el gobierno de Margaret Thatcher, que conduciría la respuesta británica. El resultado fue una guerra que costó la vida de numerosos soldados, muchos extremadamente jóvenes, dentro de un enfrentamiento que probablemente pudo haberse evitado. Es desde ese contexto histórico que el documental comienza a retroceder en el tiempo para comprender el verdadero significado del partido que terminó dando título al filme. A partir de allí, Cabral y Franco reconstruyen aquel episodio mediante imágenes de archivo y, sobre todo, a través del testimonio de quienes participaron directamente en él. Del lado inglés aparecen figuras como Gary Lineker, John Barnes, Bobby Robson y Peter Shilton, el arquero que recibiría los dos goles más recordados de aquel encuentro. Del lado argentino intervienen Jorge Burruchaga, Jorge Valdano, Julio Olarticoechea, Ricardo Giusti y Óscar Ruggeri. Entre todos ellos sobresale, inevitablemente, una ausencia: la de Diego Armando Maradona. Su presencia es palpable en cada palabra de los entrevistados, aunque no pueda ser escuchada en pantalla. La construcción del documental se apoya en la capacidad de estos hombres para narrar no solo un partido, sino una herida abierta que aún sangra. La tensión entre dos países y un mismo recuerdo define el tono de las entrevistas. Cada testimonio aporta una pieza fundamental al rompecabezas histórico. El filme busca entender cómo el fútbol pudo ser el escenario donde se enfrentaron dos naciones con historias tan divergentes. La guerra de Malvinas no fue solo un conflicto militar; fue un trauma nacional que marcó a generaciones enteras. El encuentro en 1986 se convirtió en un símbolo de resistencia y superación para Argentina, mientras que para Inglaterra representaba la necesidad de cerrar heridas antiguas. Los jugadores entrevistados muestran una madurez increíble al hablar del pasado. Reconocen el dolor ajeno sin perder su identidad nacional. Es esta capacidad de empatía lo que hace tan poderoso el documental. No se trata solo de revivir un partido; es sobre cómo dos pueblos pueden sanar sus heridas a través del diálogo y la memoria compartida. La ausencia de Maradona en las entrevistas no resta fuerza al proyecto, sino que añade una capa más de complejidad al relato. Su figura lo impregna todo, incluso cuando no está presente físicamente. Los otros jugadores hablan de él con respeto y admiración. Ese silencio visual se llena con palabras cargadas de emoción. El documental logra capturar esa esencia única que hace de "El partido" una obra fundamental para entender la historia del fútbol sudamericano. La ausencia del principal protagonista, Diego Maradona, se convierte paradójicamente en uno de los mayores aciertos del documental. Aunque lamentable que el astro argentino solo pueda estar presente mediante imágenes y objetos, esta carencia obliga a la película a desplazar la atención hacia quienes siempre permanecieron a su lado y siguen con nosotros. Son muy pocos los registros que han intentado reconstruir ese partido desde esa perspectiva, otorgándoles la palabra a los demás jugadores que también participaron de aquella gesta y cuya presencia terminó inevitablemente opacada por la figura del astro. Al otorgar una importancia similar a futbolistas argentinos e ingleses, el largometraje ofrece una visión mucho más completa del acontecimiento. Además de recuperar sus alegrías y frustraciones, rescata detalles que suelen quedar relegados, como el papel del árbitro y del juez de línea en una época anterior al VAR. Esa atención al contexto refuerza el enorme valor histórico del registro y deja claro que la obra nunca pretende construir un relato simplista de héroes y villanos. Su interés se encuentra, más bien, en observar cómo un mismo episodio permanece en la memoria de quienes lo experimentaron desde lados opuestos. Eso permite que los directores exploren pequeños detalles que normalmente permanecen ocultos. La preparación del encuentro, los instantes previos al pitazo inicial, el desarrollo mismo del partido y sus consecuencias posteriores adquieren una dimensión completamente distinta cuando quienes los narran son aquellos que compartieron el campo con Maradona. Momentos tan conocidos como la "Mano de Dios" y el llamado «Gol del Siglo» funcionan aquí casi como una enorme sombra que cubre todo el relato. Son imágenes tan repetidas que parecieran haberse independizado de quienes las hicieron posibles. Lo que El partido propone, entonces, es mirar hacia quienes también ayudaron a construirlas. De esa manera, el encuentro aparece en toda su complejidad, alejándose de la idea de una gesta épica protagonizada únicamente por un puñado de jugadores que estuvieron en el lugar indicado para concretar una hazaña imposible. Es en este punto donde cobra sentido regresar a la noción del milagro imperfecto planteada al inicio. El documental reconoce las irregularidades de aquel partido e incluso las cuestiona, sin que eso implique esconderlas para preservar intacta su dimensión legendaria. El enfoque narrativo busca evitar el mito absoluto, mostrando que detrás de los goles históricos hay un equipo completo y contextos específicos que definen la realidad del evento deportivo. Al priorizar las voces secundarias, se logra una comprensión más profunda de la historia, donde cada elemento contribuye al resultado final sin ser eclipsado por la fama individual. La inclusión de figuras como el árbitro y el juez de línea enmarca el juego dentro de su época, recordando que las reglas y los sistemas de decisión han evolucionado desde entonces. La película no oculta las irregularidades ni intenta borrarlas para mantener una imagen perfecta; al contrario, las integra como parte esencial del legado histórico. Este equilibrio entre la leyenda y la realidad permite apreciar el partido en toda su complejidad, reconociendo que fue un evento compartido por múltiples personas. Así, el documental se aleja de los relatos simplistas y ofrece una visión matizada de uno de los momentos más icónicos del fútbol mundial.

Ahí están, los dos goles ya mencionados: el segundo precedido por una posible falta que, de haber sido sancionada, habría detenido el juego antes de la célebre carrera de Maradona. La película entiende que ambos episodios pertenecen a una época distinta, marcada por otras formas de arbitrar y comprender el fútbol. Son acciones que hoy probablemente serían revisadas de inmediato, mientras que en aquel contexto simplemente ocurrieron y terminaron dando origen a algunos de los momentos más recordados de la historia del deporte. Lo extraordinario no necesita ser impecable para convertirse en un acontecimiento irrepetible.

Creo que esa perspectiva convierte a El partido en un documental especialmente valioso. Para hablar exclusivamente de Diego Armando Maradona ya existen cintas que lo retratan con mayor profundidad, como el documental dirigido por Asif Kapadia. Los directores, en cambio, deciden correr el foco. Sin necesidad de volver a construir la figura de un individuo, lo que les interesa es retratar a un grupo de personas e incluso a dos naciones enteras. Este evento deportivo deja entonces de ser únicamente un partido para convertirse en el punto de encuentro entre dos historias nacionales que parecen haber quedado inevitablemente ligadas por el conflicto.

Por momentos da la impresión de que Argentina e Inglaterra estuvieran destinadas a cruzarse una y otra vez, ya fuera sobre un campo de fútbol o en un campo de batalla. Las circunstancias cambian, pero las tensiones permanecen. Con el paso del tiempo, muchos de los protagonistas directos lograron dejar atrás aquellos enfrentamientos y encontrar una forma distinta de relacionarse entre sí. A pesar de ello, continúan existiendo intereses mucho más grandes que ellos, fuerzas políticas e históricas capaces de alimentar esa confrontación incluso cuando quienes la vivieron en primera persona ya intentaron superarla.

Es cierto que, desde esa perspectiva, El partido podría parecer por momentos ingenua, complaciente e incluso, si se quiere, carente de un trasfondo político más prominente. Sin embargo, reclamarle que ahonde en ese terreno supondría pedirle que fuera algo que evidentemente no busca ser, además de que existen otras obras capaces de abordar aquellos acontecimientos desde esa dimensión. Cabral y Franco prefieren aproximarse a ellos desde un carácter abiertamente pasional, escapando de una mirada fría o cínica. Si se acepta ese registro, todavía es posible encontrar el goce que propone la película: asistir a la gestación de ese milagro imperfecto y comprender por qué, décadas después, continúa ocupando un lugar tan importante en la memoria.

La inclusión del poema Juan López y John Ward, de Jorge Luis Borges, otorga un sentido profundo a la narrativa. Tal como se declama en el filme, dos personajes nacidos en mundos opuestos —un argentino y un inglés— pueden crecer separados por miles de kilómetros, aprender realidades dispares e incluso ignorar la existencia mutua. Sin embargo, el destino conspira para reunirlos en circunstancias que nadie eligió y que responden a decisiones externas. Esos encuentros, a menudo trágicos, también pueden dar origen a algo completamente distinto.

No es necesario ser fanático del fútbol ni argentino para comprender la propuesta de El partido. Esta obra no se centra en el deporte per se, sino en cómo el tiempo y el lugar adecuados permitieron que ocurriera lo imposible. En la historia, la mayoría de las veces favorece a los poderosos, quienes poseen los medios para imponer su voluntad; probablemente eso no cambiará. No obstante, tal vez solo por un instante, las cosas sean diferentes. Durante ese lapso, aquellos que parecían destinados al dominio terminan siendo burlados y caen ante el rival menos pensado.

Que este milagro ocurriera dentro de un mundial de fútbol fue una casualidad que permitió al mundo entero presenciarlo. En medio de la desgracia y una rivalidad destinada a perpetuarse, surge también el orgullo capaz de prevalecer. Es desde esa dimensión emocional que El partido trasciende el terreno deportivo para convertirse en una reflexión sobre la memoria, la historia y cómo los grandes acontecimientos acaban perteneciendo tanto a sus protagonistas como a quienes los recuerdan.

Quizá justo por eso todavía seguimos hablando de él. El milagro nunca fue perfecto. Esa imperfección es lo que mantiene viva su vigencia en el tiempo. La película deja para la posteridad el recuerdo de una ocasión única donde las reglas del juego cambiaron temporalmente, demostrando que incluso en los escenarios más hostiles, un instante puede alterar por completo el curso de los hechos y dejar una huella imborrable en la conciencia colectiva.

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