La ópera prima de Samuel Urbina, proyectada en el 30° Festival de Lima, utiliza la aridez y los espacios despoblados de su natal Piura para explorar una relación marchita entre una madre y su hijo adulto. Lejos del melodrama convencional, el director busca capturar silencios y distancias psicológicas que separan a ambos personajes incluso cuando comparten el estrecho espacio interior de un carro. Aunque el deterioro de la unión es palpable gracias al hermetismo de los actores y la creatividad de las composiciones fotográficas, la extensión del guion resulta insuficiente para justificar este enfoque en dos figuras con trasfondos incompletos y diálogos limitados.

Incluso con solo 76 minutos, Aquella sombra desvanecía se siente larga y ambigua frente a lo poco que ofrece narrativamente. Mientras Sol (Sylvia Majo) vive el ocaso de su monótona vida laboral como tecladista para velorios, su hijo Junior (Santiago Torres Rojas) no puede esperar a terminar la universidad antes de marcharse a Lima y empezar a trabajar. Ante un inminente nido vacío, Sol intenta asustarle sobre sus posibilidades de progresar en la capital; sin embargo, la desolación que Junior siente en Piura alimenta su determinación por migrar.

Madre e hijo viven sus respectivas procesiones por dentro, como consta en una convincente escena de ducha del segundo. A ambos les cuesta verbalizar lo que quieren o esperan el uno del otro, tal como ocurre cuando comparten escenas al interior del carro y en el propio hogar. En cualquier otra película, estos momentos serían un buen complemento para una narrativa familiar más compleja y emotiva. Aquí, ambos actores asumen muy bien el reto de expresar más de lo que el guión les permite decir, confiando en miradas y gestos para comunicar las emociones no dichas.

La fotografía de Carlos Gerardo García actúa como una tercera protagonista indiscutible. Su labor no se limita a registrar la realidad, sino que embellece hasta los espacios más mundanos —ya sean interiores o exteriores, diurnos u nocturnos— para mantener el tono amargo del filme incluso cuando ningún personaje interviene. Un ejemplo claro de esta intención es el llamativo plano-contraplano del inicio, así como la secuencia donde Junior camina por el desierto, la cual parece evocar a la icónica Espejismo (1972) de Armando Robles Godoy. A través de sus composiciones, Gerardo García busca expresar algo más significativo que la mera documentación visual.

No obstante, al margen del mérito artístico y de la consistencia con una visión autoral concreta que demuestran ambos componentes, estos elementos no son suficientes para llenar el vacío dejado por una narrativa más adecuada en un cortometraje. El espectador se convierte en simple testigo de una etapa decadente entre Sol y Junior, sin mayores conflictos ni sorpresas. La única escena recurrente al interior del carro no ofrece pistas sobre lo que alguna vez tuvieron o qué originó su fuerte distanciamiento. Hubiera sido interesante contar con algún recuerdo de la infancia de Junior que arroje luz sobre el misterio de su relación con su madre.

Incluso si la intención de Samuel Urbina era hacer cine lento, este tendría que haber jugado con más elementos del entorno de los personajes para ahondar en el significado de las palabras del título. No basta limitarse a acepciones generales de diccionario; faltan referencias visuales o narrativas que profundicen en esa ambigüedad y den cuerpo real a la historia contada.

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