El joven, estudiante universitario que busca empleo part time cerca del campus, postuló a un llamado en el sector de Cercado. El centro laboral ofrecía modalidades laborales variadas —semi full y full time— y la ubicación estratégica permitía llegar caminando desde la universidad. Durante la selección, asistieron siete personas: tres hombres y cinco mujeres, todos destinados al mercado español. La capacitación inicial se extendió por tres días con un enfoque claro: venta de servicios de gas y luz. Sin embargo, el candidato percibió desde el inicio que la dinámica operaba como una estafa; el discurso requería respuestas rápidas y directas, lo cual impedía que los clientes comprendieran el contexto completo de la oferta, priorizando únicamente el cierre de la venta.
Durante estos días formativos, se observó un ambiente caótico. Mientras las explicaciones transcurrían en el cuarto de capacitación, al lado se encontraban los cubículos activos. La escena era inquietante: muchos espacios permanecían vacíos y, simultáneamente, se escuchaban gritos constantes que interrumpían la atención. A pesar de ser una persona introvertida con experiencia previa en cobranzas preventivas —donde el tono exigente también era común—, esta nueva etapa como vendedor le generó mucha ansiedad. Comenzó el día siguiente con la expectativa de iniciar sus funciones en ventas, pero la realidad lo sorprendió al entrar.
El supervisor indicó abrir su cuenta de correo y entregó un nuevo guion para las llamadas, mientras él regresaba a su asiento. El trabajador quedó solo junto a una colega venezolana y pronto notó que el ambiente era hostil. En cada llamada, los compañeros insultaban; si no eran ellos quienes gritaban, otro supervisor exigía resultados con tono agresivo. La concentración era casi imposible debido al volumen de las voces ofensivas que resonaban en la oficina. El ruido tóxico y las constantes demandas superaron su límite de resistencia. No pudo soportar ni media hora en ese entorno hostil.
Finalmente, decidió cerrar su sesión y comunicarle a su supervisor que el puesto no era adecuado para él, retirándose inmediatamente del lugar. La conclusión es clara: se recomienda evitar trabajar en call centers dedicados al público español para la venta de servicios energéticos. El establecimiento se ubicaba cerca de la Plaza San Martín, al costado de un Tambo. La experiencia fue tan negativa que el empleado abandonó las funciones antes de completar su jornada inicial, dejando atrás una capacitación incompleta y un entorno laboral profundamente tóxico donde la presión por vender chocaba con la falta de ética en el trato al cliente y la salud mental del personal.
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