La reciente cadena de temblores alrededor del mundo en los últimos meses encendió el debate sobre la estabilidad de la Tierra. El 10 de agosto, el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) confirmó un sismo de magnitud 7,4 en Colombia; cinco días después, el Instituto Geográfico Nacional (IGN) reportó un movimiento 3,7 en Zurgena, Almería, España. Casi a la misma hora, Indonesia sufrió una sacudida 7,7 cerca de Ende, un fenómeno que desató sospechas respecto a posibles conexiones telúricas a gran distancia.

Esa sacudida en el país asiático, ocurrida el 15 de agosto, causó al menos 40 muertes y 50 heridos, según reportes de la época. Tanto Colombia como Indonesia pertenecen a zonas de alta sismicidad, donde la tecnología actual difunde cada sacudida en tiempo real. En el territorio español, el IGN monitorea sin interrupción y difunde eventos sentidos o desde magnitud 1,5 en la Península Ibérica, Baleares y Canarias.

Esa abundancia de datos inmediatos crea la percepción de un periodo anormalmente activo, aunque evaluar si existe un aumento real exige revisar las métricas históricas de largo plazo. Los expertos advierten que no se puede predecir futuros terremotos, pero sí monitorear áreas de alto riesgo, como Perú, donde la interacción de placas tectónicas es constante.

La reciente cadena de temblores alrededor del mundo ha generado un debate sobre la estabilidad de la Tierra. Sismos en Colombia, Indonesia y España inquietan a la comunidad científica. El 15 de agosto un sismo de magnitud 7,7 causó al menos 40 muertes y 50 heridos en Indonesia. Foto: AFP

¿Por qué hay tantos terremotos en el mundo, según el USGS?

La percepción de que la Tierra tiembla más de lo habitual responde a la inmediatez informativa de las redes sísmicas modernas: los teléfonos inteligentes notifican al instante los datos de ubicación de cada evento, lo que amplifica su visibilidad. Sin embargo, ese flujo digital no refleja un repunte real en la frecuencia de los movimientos telúricos. De hecho, los datos históricos del Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS) desmienten un aumento atípico en la actividad global: un ciclo normal registra cerca de 16 sismos de gran magnitud cada año, 15 de 7 grados y uno que alcanza o supera el nivel 8.

Así, los recientes eventos en Colombia, Indonesia y España se mantienen dentro de los parámetros esperados de la dinámica terrestre, aunque existan fluctuaciones anuales imprevistas. Cada temblor obedece a factores independientes en las placas continentales y no a una reacción en cadena. El movimiento colombiano de magnitud 7,4 surgió a 110 kilómetros bajo la superficie por deslizamiento lateral, mientras que el temblor indonesio ocurrió a solo 10 kilómetros de profundidad. Esa disparidad en las fallas geológicas confirma que la cercanía temporal de ambos fenómenos resulta meramente casual.

En cuanto a la predicción, el USGS aclara que "ni esa institución ni otros científicos han logrado predecir un terremoto indicando de antemano fecha, lugar y magnitud".

La interacción de la placa de Nazca con la Sudamericana mantiene bajo constante vigilancia tectónica a Perú, Chile, Ecuador y Colombia, aunque la ciencia no formula predicciones sobre cuál será el próximo país afectado por un terremoto. En lugar de pronósticos, los especialistas diseñan escenarios probabilísticos a partir de fallas activas y registros históricos.

En Perú, los análisis del Instituto Geofísico del Perú (IGP) confirman un fuerte acoplamiento de placas frente al departamento de Lima y ubican la máxima aceleración del suelo en la franja costera. Un informe técnico del organismo señala que la energía acumulada generaría un evento de magnitud 8,8 o mayor; dicho estudio describe una estimación de riesgo y descarta un pronóstico con fecha exacta.

Chile y Ecuador enfrentan una vulnerabilidad similar por el proceso de subducción. El Centro Sismológico Nacional chileno vincula su sismicidad frecuente al hundimiento de la masa oceánica, mientras que el Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional ecuatoriana identifica ese mecanismo como el detonante central de sus sismos. Ante aquel panorama, las instituciones priorizan reforzar estructuras y monitorear la amenaza.

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