El evento Inside Perú 2026, organizado por Moody’s, dejó un mensaje que estuvo lejos del triunfalismo: la economía peruana aparece mejor posicionada que varias de las grandes economías de América Latina, pero el fenómeno de El Niño ya está alterando la composición del crecimiento y exponiendo debilidades estructurales que el país arrastra desde hace varios años.

Según las proyecciones presentadas en el evento, Perú crecería más que Brasil (2,0%), Chile (1,5%) y México (1,1%) en 2026, y también por encima del promedio latinoamericano, estimado en 2,5%. La calificadora destacó que la economía peruana mantendría uno de los mayores ritmos de expansión de la región, con un avance de 3,4% este año y de 3,2% en 2027, cuando el país volvería a ubicarse entre las economías con mayor crecimiento.

Esa resiliencia se apoya en un entorno macroeconómico relativamente estable: inflación contenida, un tipo de cambio menos volátil que el de sus vecinos y un elevado nivel de reservas internacionales. Sin embargo, el propio diagnóstico presentado sugiere que el dato de crecimiento no cuenta toda la historia. Moody’s advirtió que El Niño está golpeando sectores fundamentales como pesca, agro y energía, y que la baja productividad sigue siendo el principal límite para un crecimiento más sostenido.

Perú crecería más que Brasil y Chile en 2026, pero alerta por el impacto de El Niño en pesca, agro y energía.

Perú crecería más que Brasil, Chile y México en 2026.

El análisis presentado en Inside Perú 2026 revela un cambio en la composición del crecimiento: pesca, agro, minería e hidrocarburos pierden fuerza, mientras servicios, construcción, comercio y consumo privado ganan peso. La diferencia es importante. Los sectores no primarios crecerían alrededor de 3,6% este año, mientras que el PBI primario retrocedería cerca de 2%. Es decir, el avance de la economía descansaría cada vez menos en las actividades ligadas a los recursos naturales y a las exportaciones.

La minería también afrontaría un año menos dinámico, con menores volúmenes previstos de zinc, plata y plomo. En hidrocarburos, a su vez, persisten restricciones operativas que han afectado el rendimiento de algunos lotes petroleros, mientras las interrupciones recientes en la producción de gas natural añaden presión a un sector que ya enfrenta dificultades.

El dato importa porque pesca y agro no se miden únicamente por su aporte al PBI. Detrás de ellos hay empleo, ingresos en las regiones y alimentos que llegan a los mercados. Un menor desempeño en estas actividades puede terminar sintiéndose en los bolsillos y en las economías locales, incluso si el resultado agregado sigue siendo positivo.

La economía peruana seguirá creciendo, pero el panorama dista de una nueva bonanza. El motor ya no es el mismo: las actividades ligadas a los recursos naturales y a las exportaciones ceden protagonismo, y el impulso proviene de otros sectores.

El factor de riesgo más visible es el fenómeno de El Niño. La proyección de crecimiento del PBI para 2026 incorpora un menor desempeño de los sectores primarios, asociado principalmente a los efectos de un escenario de El Niño fuerte, que el Banco Central ya incluyó en sus proyecciones y que golpea con efectos directos sobre pesca, agricultura, manufactura primaria y energía.

En pesca, las condiciones cálidas del mar han reducido las cuotas de captura de anchoveta en la zona norte-centro y han generado suspensiones frecuentes durante la primera temporada. La anchoveta es clave para la producción de harina y aceite de pescado, uno de los principales rubros exportadores del país.

En agricultura, el impacto es más amplio. El BCRP menciona mayores temperaturas, alteraciones en el ciclo de lluvias y mayores costos de fertilizantes. Entre los productos con mayor riesgo aparecen los frutales de la costa, la papa, el arroz y la carne de ave. El efecto no necesariamente implica desabastecimiento, pero sí puede traducirse en menor producción y presiones sobre algunos precios de alimentos.

La proyección de crecimiento del PBI para 2026 incorpora un menor desempeño de los sectores primarios, asociado principalmente a los efectos de El Niño fuerte.

El componente energético añade otra capa de preocupación. En marzo se registró una emergencia vinculada al sistema de gas natural y posteriormente se produjeron suspensiones temporales de extracción en lotes destinados a exportación, asociadas a trabajos de mantenimiento en la planta de licuefacción de Melchorita. Para el lector no especializado, la licuefacción es el proceso que convierte el gas natural en líquido para poder transportarlo y exportarlo. Interrupciones en esa cadena pueden afectar producción, exportaciones y actividad industrial.

El riesgo climático, además, no parece acotado al corto plazo: las proyecciones del ENFEN indican que el Niño Costero podría extenderse hasta abril de 2027, con probabilidad significativa de alcanzar magnitud fuerte y sin descartar escenarios extraordinarios hacia finales de 2026. Frente a ese panorama, la presentación de Moody’s dejó un punto de fondo: el reto del Perú ya no pasa tanto por contener la inflación, sino por encontrar la forma de crecer a un ritmo mayor y sostenerlo en el tiempo.

El BCRP advierte que el crecimiento potencial se ha desacelerado por el menor avance de la productividad y la inversión. Por eso, mantener una inflación baja, un tipo de cambio relativamente estable y reservas internacionales cercanas al 28% del PBI no basta: son fortalezas que permiten afrontar mejor los golpes externos, pero no resuelven por sí solas el problema de fondo. Para elevar ese potencial, el país sigue necesitando avances en infraestructura, educación, innovación, digitalización y calidad de las instituciones.

Ahí está la paradoja: Perú conserva una posición macroeconómica sólida y podría crecer más que sus principales vecinos en 2026, pero esa ventaja pierde peso si no consigue convertirla en mayor productividad e ingresos. La solidez fiscal y monetaria actual funciona como un colchón ante choques externos, pero el verdadero límite sigue siendo la productividad, no la inflación.

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